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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE NICARAGUA
ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 6 de julio de 1972

 

Señor Embajador:

Hemos escuchado con atención las palabras que acaba de dirigirnos al presentar las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Nicaragua ante la Santa Sede.

Agradecemos vivamente a Vuestra Excelencia las deferentes expresiones sobre la acción nuestra y de la Iglesia en favor de la paz y del progreso social. Es este un terreno en que la Iglesia está empeñada decididamente porque «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (Gaudium et Spes, 1).

Es su misión sobrenatural la que impulsa a la Iglesia en esta tarea de iluminar a la humanidad, la cual tiene su meta de plenitud en la eternidad, pero ha de ayudar a los hombres a llegar a ella a través del camino por este mundo, viviendo desde ahora en una tensión de esperanza definitiva. Tal esperanza engendra aspiraciones profundas y universales que, abarcando a todos los hombres y a todo el hombre, conllevan la exigencia de una vida plena y de una vida realmente libre, digna del ser humano.

En su trabajo para ayudar a la humanidad, la Iglesia no busca intereses propios o ventajas humanas, sino que tiene el único deseo de servir generosamente. Por eso considera de justicia - como dice el Concilio Ecuménico Vaticano Segundo - poder «en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas» (Ibid. 76). Es ésta una tarea delicada y difícil, que la Iglesia ejerce inspirada por el amor y las enseñanzas del Evangelio, teniendo bien presentes las diversas circunstancias y situaciones, para poder ser verdaderamente luz y fermento en seno a la sociedad.

En esta línea maestra quiere la Iglesia seguir desarrollando su acción, para permanecer siempre fiel a sí misma y poder cumplir su elevada misión al servicio de toda la comunidad nicaragüense, en la cual no puede menos de reflejarse positivamente la seria renovación de la vida eclesial y la serena palabra de quienes el Señor ha puesto como Pastores de su grey.

Señor Embajador: al formularle fervientes votos por el feliz cumplimiento de su alta misión y asegurarle nuestra benevolencia, nos complacemos en corresponder agradecido al saludo que nos ha expresado en nombre de las Autoridades de su País, mientras de corazón impartimos a todos nuestros amadísimos hijos de Nicaragua nuestra paternal Bendición Apostólica.


*AAS 64 (1972), p.506-507;

Insegnamenti di Paolo VI, vol. X, p.724-725;

L’Attività della Santa Sede 1972, p.245-246;

OR 7.7.1972, p.1;

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.29 p.9.

 



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