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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL EMBAJADOR DE HAITÍ ANTE LA SANTA SEDE
 

Jueves 23 de marzo de 1972

 

Señor Embajador:

Agradecemos a Vuestra Excelencia sus amables palabras y recibimos complacido los fervientes votos que acaba de hacer por el bien de la Iglesia católica y por nuestra persona. Le encargarnos transmitir nuestro respetuoso saludo y nuestra gratitud al señor Presidente de la República de Haití, a la que usted representa.

Al momento de asumir el cargo de representante de vuestro noble país como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, formulamos los mejores deseos por el éxito de vuestra alta misión, para que podáis contribuir a estrechar los lazos entre la República de Haití y la Santa Sede, y a allanar, si fuera necesario, las dificultades que puedan surgir.

Es un hecho que la Iglesia católica se ha establecido rápida y sólidamente en Haití. Su mensaje de salvación ha sido acogido por la mayoría de la población, la fe ha marcado su sensibilidad religiosa y suscitado no solamente manifestaciones culturales apreciables, sino también un empeño por seguir el camino de Cristo que es Verdad, Justicia y Amor. Sabéis que los católicos no piden otra cosa que disfrutar de una libertad religiosa que les permita difundir esta fe y vivir este empeño, ayudados por sus pastores, sean autóctonos o misioneros.

Es nuestra convicción que en tales condiciones, ellos pueden contribuir grandemente a promover en su propio país esos bienes de importancia vital que Vuestra Excelencia evocaba: el clima de calma, de concordia, de paz, la preocupación por la honestidad y la justicia social, en colaboración activa y leal con todas las fuerzas vivas de la sociedad, la búsqueda de un desarrollo en todos los campos, el respeto a los derechos inalienables de la persona humana, una apertura fraterna a los otros miembros de la comunidad mundial, una alta estima y práctica asidua de los valores morales y espirituales que dan a un pueblo su razón de ser, su dinamismo y su esperanza, en conformidad con el plan de Dios Creador.

Estos son los votos que no cesarnos de formular a nuestros hijos católicos, y también a todos los hombres de buena voluntad del mundo entero. No dudamos que por esta vía el querido pueblo de Haití encontrará la felicidad, el progreso, y su merecido puesto en el concierto de las naciones que nosotros le deseamos de corazón. Y nos sentimos felices de expresar, por medio de la persona de Vuestra Excelencia, la estima y afecto que sentimos por el pueblo de Haití. Para él, lo mismo que para usted y para todos los que tienen la responsabilidad del bien común en vuestro país, imploramos la abundancia de las bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.16 p.8.

 



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