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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE RUANDA
ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 20 de noviembre de 1972

 

Señor Embajador:

Queremos expresarle la satisfacción que nos han proporcionado las amables palabras con las cuales, en el umbral de su nueva responsabilidad, nos ha traído el saludo y los buenos deseos de Su Excelencia el Presidente Kayibanda. Hemos apreciado particularmente el calor y la amplitud de visión de este saludo, y le rogamos que transmita al señor Presidente nuestras más vivas gracias.

¿Cómo no desear que se mantengan y que aumenten la comprensión mutua y la cooperación entre la Iglesia y la República de Ruanda? Si las autoridades de un Estado tienen como razón de ser el servicio al bien común, la primordial misión de la Iglesia es la de trabajar hasta el fin de los tiempos, con vistas a la salvación en el desarrollo espiritual del hombre, es decir, en el cultivo y afirmación de lo que posee como propiedad más elevada. Nosotros vemos aquí una convergencia que nos incita a buscar juntos, a suscitar eventualmente, y a sostener siempre los gérmenes de paz, de caridad y de justicia, de las cuales los hombres tienen tanta necesidad.

A este respecto, la Santa Sede se alegra de reconocer, en algunas de las solicitudes más apremiantes de su noble país, a nivel internacional, unos valores hacía los cuales ella no cesa de llamar la atención de los pueblos del mundo. Nos referimos a la instauración progresiva del desarme general, y a la utilización de los recursos naturales y de las energías humanas en favor de las naciones menos favorecidas, a fin de que en el universo reinen efectivamente la armonía y la fraternidad.

En la misma línea, expresamos el deseo de que los responsables y los fieles de la Iglesia católica de Ruanda continúen promoviendo, de manera cada vez más eficaz, la causa, tan importante, de la concordia en el interior del Estado, y se esfuercen por establecer relaciones de buena vecindad con todos, en el respeto de los intereses de cada uno. Sabernos que podemos contar con ellos, con su entrega y con su celo.

Señor Embajador, al recibirle hoy con alegría, podemos asegurarle que nuestro pensamiento y nuestra oración se extienden a menudo a sus queridos compatriotas. Ninguna cosa de su vida, nada de lo que ellos esperan, es extraño a nuestra solicitud pastoral ni a nuestras preocupaciones. Invocando una vez más sobre ellos las gracias del Señor, le impartimos de corazón, para que lleve a cabo felizmente su alta misión, nuestra paterna bendición apostólica


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.49 p.11.

 



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