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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE BRASIL ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 28 de agosto de 1973

 

Señor Embajador:

Vuestra Excelencia acaba de expresarnos los altos sentimientos que le inspiran al comienzo de su misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Brasil ante la Santa Sede. Le damos vivamente las gracias, así como al General Emilio Garrastazu Médici, Presidente de la República, del que usted nos ha transmitido los nobles deseos.

En términos espléndidos, habéis evocado las aspiraciones a la justicia, a la paz, a la libertad y al progreso que comparten vuestros queridos compatriotas. Sí, vuestro país constituye una gran nación, cuya importancia en el concierto de los pueblos es cada día más manifiesta. Los católicos brasileños, por su parte, ocupan un lugar especial en la Iglesia universal, por el número de sus bautizados, de sus obispos, así como por la riqueza de su profundo sentimiento religioso que ellos están llamados a hacer fructificar. Nosotros seguimos con un afecto particular los esfuerzos meritorios de estos hijos y de estos hermanos para profundizar su propia fe y para realizar las exigencias familiares, profesionales y cívicas. Nosotros estamos al lado de sus Pastores, de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que colaboran con ellos para confirmar su esperanza: descubrir todos los dones espirituales y humanos que Dios ha depositado en vuestro pueblo, para gloria de éste y para el servicio de la Iglesia universal.

Vuestro país, decíais, trabaja con decisión por el progreso, el bienestar, la elevación del nivel de vida y de educación. Nosotros sabemos, en efecto, las amplias transformaciones que se han acometido para aumentar la producción agrícola e industrial, para ordenar vuestro inmenso territorio, para satisfacer el hambre de instrucción. La Iglesia comprende la necesidad de promover tales iniciativas. Ella anima a sus hijos a trabajar en este campo audazmente, con desinterés, con el afán de ver a las distintas categorías de ciudadanos participar en las responsabilidades y en los frutos de este desarrollo. Porque, cuando se habla de desarrollo, el progreso social importa tanto como el crecimiento económico (cf. Populorum progressio, 34). El mismo bien común no se alcanzará más que en la medida en que se garanticen los distintos derechos y deberes de la persona humana, de los cuales nuestro predecesor Juan XXIII trazó un cuadro sorprendente, hace diez años, en la Encíclica Pacem in terris. Fuera de la justicia y del respeto de la dignidad de todos los hombres sin distinción, como subrayó Vuestra Excelencia, no se dará una paz verdadera ni un progreso auténtico. La vitalidad cristiana de los creyentes, su piedad inseparable de la caridad, aparecen por tanto como una aportación capital para la búsqueda de las soluciones profundamente humanas y para el establecimiento de, una verdadera fraternidad según las normas evangélicas. No dudamos que vuestro país, de tradiciones cristianas, se adhiere a este tipo de humanismo del que nuestro mundo tiene gran necesidad.

Tales son los deseos cordiales que albergamos para vuestro pueblo y sus gobernantes, en el respeto de su competencia, al mismo tiempo que le aseguramos la asistencia espiritual que está en nuestro poder para iluminar y fortificar la conciencia de los cristianos y de los hombres de buena voluntad. A usted mismo, señor Embajador, le deseamos, ante la Santa Sede, una Misión feliz y benéfica. Pedimos, para Vuestra Excelencia, para todo el pueblo del Brasil y los dirigentes de este querido país, la bendición del Altísimo.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.35 p.2.

 



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