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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
DURANTE SU VISITA OFICIAL*

Lunes 26 de marzo de 1973

 

Ilustrísimo Señor Presidente:

Nos le saludamos respetuosamente a usted y a las personalidades de su séquito, y Nos le damos las gracias por las palabras que Nos ha dirigido en nombre propio y en el de la República Federal Alemana.

Como usted mismo lo ha indicado, su visita es una nueva prueba de las amistosas relaciones que unen desde hace tiempo a la República Federal de Alemania y a la Santa Sede. Estas relaciones, confirmadas también por acuerdos mutuos, se basan en una estima recíproca y en una armoniosa y larga colaboración a nivel nacional e internacional.

Nos dirigimos también un cordial saludo a su patria, que Nos visitamos hace años, recordando con gusto el hermoso paisaje alemán, sus ciudades, con sus antiguas y veneradas catedrales e iglesias, sus laboriosos y tenaces habitantes.

Pero en este momento Nos quisiéramos mencionar también a las universidades y escuelas superiores, que dan a su pueblo un puesto de honor en la historia de la civilización y de la cultura y que prestan una preciosa colaboración a Europa y a todo el mundo. También el progreso económico y técnico de su patria suscita nuestra justa admiración.

Es nuestro deseo que este progreso técnico vaya acompañado de un progreso espiritual. La historia de todos los siglos enseña a los hombres que el verdadero bienestar de un pueblo, sus legítimas aspiraciones políticas, económicas y culturales deben basarse necesariamente sobre un fundamento moral. Como indicaba Nuestro Predecesor Juan XXIII en su Encíclica Pacem in terris, este fundamento lo constituyen los principios de la verdad, la justicia, el amor y la libertad (cf. AAS LV, 1963, p. 257-304).

En él se basan también las esperanzas de una paz auténtica, digna del hombre y duradera. Por es Nos tenemos gran confianza en el pueblo alemán y alimentamos la esperanza de que pueda realizar una valiosa e importante aportación al mantenimiento de la paz en Europa y en el mundo.

En este contexto, Nos quisiéramos resaltar una idea que Nos llevamos muy dentro. La mayoría de la población de la República Federal Alemana pertenece a confesiones cristianas. Esta realidad no puede pasar desapercibida al Estado. De hecho, aunque hoy vivamos en una sociedad de formación y orientación pluralista, siguen siendo válidos los principios morales que Dios ha puesto en la naturaleza humana, ante todo la dignidad y los derechos de toda persona.

Nos manifestamos también nuestro deseo de que la juventud alemana se oriente siempre hacia estos principios. La juventud, por la que Nos sentimos gran simpatía y una especial comprensión, adopta a menudo actitudes muy críticas frente a la Iglesia y frente a las actuales estructuras sociales. Con frecuencia sólo ve en ellas una serie de prescripciones y prohibiciones y el perdurar de concepciones anticuadas. La juventud busca caminos nuevos, con un entusiasmo y un desinterés de los que sólo ella es capaz. Pero existe el gran peligro de que desperdicie sus energías y persiga falsos ideales. Por consiguiente, todos debemos esforzarnos por ofrecer a los jóvenes unos valores a los que merezca la pena entregarse.

Nos queremos agradecerle, Ilustrísimo Señor Presidente, la gran ayuda que el pueblo alemán, con genuina caridad cristiana, está prestando desde hace años a los países del Tercer Mundo en vías de desarrollo. Gracias también por todas las medidas tomadas en favor de los miles de obreros extranjeros que viven y trabajan en Alemania. También a ellos se aplican las palabras que Nos pusimos como lema de una de las últimas jornadas mundiales de la paz: «Todo hombre es mi hermano».

Al final de este encuentro, que Nos sea permitido, Ilustrísimo Señor Presidente, manifestarle a usted y a su consorte, al señor ministro de Asuntos Exteriores y a su esposa, y al Embajador ante la Santa Sede Nuestra más profunda estima.

Con el deseo de que su patria siga gozando de paz y prosperidad Nos invocamos de corazón sobre el Gobierno de la República Federal de Alemania y sobre todo el pueblo alemán, al que tanto Nos estimamos, la continua protección y bendición de Dios.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.13, p.11.

 



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