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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL SEÑOR SALAH OMAR AL-ALÍ,
EMBAJADOR DE IRAK ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 3 de diciembre de 1977

 

Señor Embajador:

Al recibir las Cartas Credenciales de Vuestra Excelencia como Embajador de la República de Irak, acogemos el preciado gesto de S. E. el Presidente Hassan Albakr, cuya bondadosa felicitación estimamos profundamente y hacemos nuestra hacia su persona con toda cordialidad; saludamos al representante del pueblo iraquí y de su Gobierno, herederos de tradiciones que pueden ser fuente de inspiración para hacer avanzar la paz verdadera, posible sólo con la justicia y respeto hacia la persona humana.

Confiamos en el válido aporte que vuestro país puede prestar a esta causa especialmente en Oriente Medio. Demasiado tiempo esta parte del mundo ha constituido el centro de recelos, odios y conflictos. Abrigamos la esperanza de que ahora se hará todo lo posible para evitar las injusticias y rencores, y para edificar una base de entendimiento y generosidad sobre la que pueda descansar una paz duradera. Rogamos a Dios que los pueblos del Oriente Medio, que conocen la grandeza y el amor de un Dios único, puedan comenzar pronto a vivir juntos fraternalmente, con respeto recíproco y cordial de los derechos humanos y religiosos de todos, particularmente en la Ciudad Santa de Jerusalén.

La Iglesia católica no dejará de hacer todo lo que pueda por fomentar esta esperanza, de acuerdo con los principios del cristianismo que ella debe enseñar. Es deber de la Iglesia educar a sus miembros en el conocimiento y práctica de dichos principios En las escuelas de las que de algún modo es responsable, "crea un ambiente, de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad... Así, pues, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del reino de Dios" (Gravissimum educationis, 8). El cristiano educado según esta fe es adorador devoto de Dios y ciudadano leal de su país, y sabe que es deber suyo procurar el bien de la patria.

V. E. puede contar con la plena colaboración de la Santa Sede en el cumplimiento de su misión, para conseguir fines tan nobles y para hacer más profunda la amistad entre la Santa Sede y la República de Irak, colaborando ambas por el bien de todos. Invocamos las bendiciones y la guía del Todopoderoso sobre el querido pueblo iraquí y sus gobernantes.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1978 n.2, p.11.



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