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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL EMBAJADOR DE NIGERIA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 28 de enero de 1977

 

Nos alegra dar la bienvenida a Vuestra Excelencia como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federal de Nigeria ante la Santa Sede, recibir las Cartas con las que Su Excelencia el General Olusegun Obasanjo os acredita para esta función. Aceptamos con gratitud los deferentes saludos que nos habéis transmitido de parte de vuestro Jefe de Estado, y os rogamos que en reciprocidad le hagáis llegar nuestros cordiales saludos.

Apreciamos la deferencia hacia nuestra persona, deferencia que usted ha expresado en su discurso, y el profundo respeto que ha manifestado por los esfuerzos de nuestro pontificado para favorecer soluciones justas a los problemas del mundo. Igualmente resulta confortante oír vuestra alabanza a la activa y benéfica presencia de la Iglesia en vuestro país.

Ha subrayado usted los fines comunes en los que colaboran Nigeria y la Santa Sede. Nos encontramos unidos en el intento de alcanzar la meta más elevada, la de liberar al hombre de todo lo que lesiona su auténtica humanidad; de todo lo que lesiona la verdad, la justicia, el amor y la paz. Más aún, podernos añadir: todo lo que lesiona los planes del Creador sobre la humanidad.

El hecho de que la Constitución de Nigeria incluya el derecho a la libertad religiosa, es una condición básica para nuestra cooperación. Nos agrada comprobar que miráis a la religión como portadora de idealismo y de energía para la promoción y unificación de la vida nacional, pues la religión, con sus exigencias morales, no puede sino ejercer una saludable influencia en la vida de un país. Confiamos en que nuestros queridos hijos e hijas católicos en Nigeria continuarán dando pruebas de su generosidad y entrega al servicio de la causa del desarrollo.

Finalmente, aprovechamos con gozo esta oportunidad para volver a expresar otra vez nuestro particular afecto hacia el pueblo de Nigeria, al que tuvimos la dicha de visitar en su propia tierra, y pedimos al Dios Todopoderoso que derrame abundantes bendiciones sobre ellos y sobre sus dirigentes. Igualmente pedimos que el nombramiento de Vuestra Excelencia como Embajador ante la Santa Sede se revele feliz para usted y provechoso para todos.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.9, p.11.



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