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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS*

Sábado 9 de julio de 1977

 

Señor Secretario General:

Sea Usted bienvenido a esta casa, con todos sus acompañantes. Nosotros nos sentimos felices, siempre que le recibimos en ella. Deseamos escuchar la voz del representante autorizado de la Organización de las Naciones Unidas; deseamos ser testimonio de los esfuerzos realizados por esta Organización y recoger el fruto de su experiencia cotidiana, es decir, el eco de las preocupaciones de los gobiernos y de los pueblos, de sus esperanzas, y también de los obstáculos que dificultan la paz. Y no nos parece menos importante hacerle partícipe de nuestros pensamientos en torno a problemas de los que los católicos y en particular la Santa Sede, son más vivamente conscientes, así como también prometerle de nuevo nuestros esfuerzos para apoyar la obra humana de la justicia, de la paz y del desarrollo, que sigue constituyendo el ideal de la Organización de las Naciones Unidas.

No hemos cesado ni un momento de manifestar nuestra estima y nuestra confianza en el camino abierto por esta Organización, en un espíritu de libre negociación y colaboración entre los pueblos. Es verdad que no ignoramos las limitaciones, tanto de orden institucional como práctico, que reducen sus posibilidades de intervención eficaz frente a situaciones difíciles. Quisiéramos también que las resoluciones tomadas por los delegados de los Estados en la Sede de la Organización resultaran siempre determinadas por el bien objetivo de todos y en primer lugar de las poblaciones más afectadas por la miseria, el hambre, la injusticia o los malos tratos y no por las perspectivas egoístas o nacionalistas o por los solos intereses económicos. Es evidente que esto presupone una voluntad política de los Estados, imparcial y clarividente, firmemente decidida a prevenir los conflictos o a encontrarles soluciones razonables y a poner eficazmente en obra lo que es exigencia de los derechos del hombre y de la solidaridad. ¿No es cierto que todos deberían compartir dicha voluntad?

Pero todo esto no hace otra cosa sino subrayar aún más el servicio bienhechor e irreemplazable que corresponde a la Organización de las Naciones Unidas y a sus instituciones especializadas. Nos complace rendir homenaje a la forma con que Usted mismo está realizando su tarea, difícil y delicada al mismo tiempo, de Secretario General, para la que se le ha renovado recientemente la confianza. Conocemos la paciencia de la que Usted hace gala, la multiplicidad y tenacidad de sus esfuerzos mediadores, de acuerdo con el mandato recibido y en toda la amplitud que le es otorgada, con el fin de deshacer la complicada maraña de la violencia o de la desconfianza y de hacer prevalecer el sentido humanitario en numerosos puntos conflictivos de nuestro globo terráqueo. Seguimos también con interés la preparación de la sesión extraordinaria de la Asamblea General de la O.N.U. sobre el desarme que tiene por finalidad la de hacerlo más efectivo, dentro del marco general de los esfuerzos ya iniciados con la misma finalidad. Formulamos nuestros mejores deseos a fin de que las posibilidades de acción de la Organización sean aún mejoradas, gracias a mecanismos jurídicos más apropiados para realizar de forma eficaz, dentro del respeto legítimo de la soberanía de los pueblos, lo que es una exigencia del bien común universal. Deseamos, ante todo, que la O.N.U. sea la expresión por excelencia y el contrafuerte de estos derechos humanos, que ella proclamó con toda solemnidad hace casi treinta años.

Sería necesario un aumento de conciencia para convertir estos derechos en el criterio de una civilización realmente humana y para realizar de verdad, sin exclusión de ninguna raza ni de ningún pueblo, aquella solidaridad que se impone entre hermanos, creados todos a imagen de Dios. Usted conoce los esfuerzos y las intenciones de los cristianos coherentes con su fe al respecto: la Iglesia quiere entregarse sin descanso a la tarea de afinar las conciencias y de abrir los corazones. Pero este trabajo es inseparable de la plegaria, que nosotros elevamos al Señor para conseguir su Espíritu, sin el cual los hombres no podrían llegar a reconciliarse y a vivir juntos en el respeto y en el amor.

Queremos expresarle una vez más, señor Secretario General, nuestro aprecio y nuestro aliento, nuestros deseos y esperanzas. Y pedimos al Señor que le bendiga, a Usted y a todos sus colaboradores.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.30, p.3, 4.



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