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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
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Jueves 2 de junio de 1977

 

Excelentísimo señor Embajador:

Nos proporciona una particular alegría poderle saludar hoy, al aceptar sus Cartas Credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federal de Alemania ante la Santa Sede. Le damos sinceramente la bienvenida, con ocasión de su primera visita oficial al Vaticano, y correspondemos de corazón a la expresión de solidaridad y aprecio que acaba de manifestar en sus palabras.

Las actuales relaciones de confianza, reforzadas hoy con vuestro nombramiento, y los encuentros amistosos con tantas personalidades de la política y de la cultura de vuestro país, que nos han visitado durante nuestro pontificado, son un testimonio elocuente no sólo del buen entendimiento entre la República Federal de Alemania y la Santa Sede, sino también de la ordenada relación y fructuosa cooperación entre el Estado y la Iglesia en vuestro país. Queremos dejar constancia de ello en esta ocasión con satisfacción y reconocimiento.

El fundamento que hace posible tal colaboración entre la Iglesia y los Estados Modernos, incluso en nuestro tiempo, consiste en el hecho consolador de que las metas esenciales de la mayoría de las constituciones de los Estados – como son, la protección de los derechos humanos, la promoción de la justicia y del progreso social, la paz y la comprensión entre los pueblos – coinciden bajo muchos aspectos con las aspiraciones que persigue la Iglesia, de acuerdo con su misión ante el mundo y la sociedad humana. En esta coincidencia, como usted mismo ha indicado hace poco, reconocemos el eco de una multisecular tradición cristiana. Las relaciones de amistad que mantiene la Santa Sede con un gran número de Estados están basadas fundamentalmente sobre la confianza en la activa colaboración de la Iglesia en el fomento y defensa de los valores espirituales y morales comunes, sin los cuales no es posible construir realmente una comunidad nacional o internacional digna del hombre.

En este espíritu de solidaridad y de confianza mutua, la Iglesia y la Santa Sede ofrecen a vuestro país y a su Gobierno su colaboración solícita y sincera. Seguimos de cerca de un modo especial, con gran interés y confianza, la discusión actual entre responsables del Estado y de la Iglesia sobre el debido reconocimiento y la salvaguardia en la sociedad de los valores fundamentales que obligan a todos sobre la protección de la familia, así como sobre el fomento de la moral pública. La Santa Sede, en el límite de sus posibilidades, apoya las justas esperanzas del pueblo alemán en el interior y en la comunidad internacional. Por su parte, espera igualmente el valioso apoyo y colaboración del Gobierno Federal, para convertir finalmente en realidad, mediante el común esfuerzo de todo el mundo: el profundo anhelo de la humanidad por un orden social más justo y una paz duradera. Las innumerables iniciativas y acciones de socorro en las que se ha empeñado ya en el pasado la República Federal de Alemania, y especialmente los católicos alemanes, en favor de las necesidades y el desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo, aseguran a vuestro país un puesto de honor en la decisiva lucha de las naciones por un mundo más humano y fraterno del mañana.

Señor Embajador, es nuestro deseo sincero que, mediante vuestra actividad diplomática que ahora iniciáis oficialmente como Embajador ante la Santa Sede, el buen entendimiento actual y la colaboración llena de confianza entre la República Federal de Alemania y la Santa Sede puedan profundizarse y desarrollarse tanto en el ámbito de las relaciones recíprocas, como en relación con los importantes problemas internacionales. Para ello le aseguramos el mismo apoyo que ofrecimos a vuestro apreciado antecesor, y acompañamos vuestra actividad futura con nuestros mejores deseos y nuestra oración.

Correspondemos con corazón agradecido a las felicitaciones llenas de veneración que nos habéis transmitido de parte de vuestro señor Presidente de la República, e imploramos para usted y para sus colaboradores una especial protección y ayuda de Dios.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.24 p.4.



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