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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A SU MAJESTAD MARGARITA II, REINA DE DINAMARCA*

Viernes 11 de noviembre de 1977

 

Majestad:

Nos sentimos lleno de gozo al recibiros y queremos en primer lugar agradeceros esta visita que habéis deseado hacernos, y que nos recuerda la de vuestro ilustre padre el Rey Federico IX.

Desde hace cinco años ocupa Vuestra Majestad el trono de Dinamarca, y sabemos el justificado afecto que le profesa el pueblo danés. Nos asociamos a estos sentimientos presentándoos nuestro homenaje respetuoso y los votos fervientes que hacemos por vuestra persona, por la familia real y por el éxito de vuestro reinado.

Nuestro saludo cordial se extiende a vuestro querido pueblo. Vuestros compatriotas, pacíficos y laboriosos en su trabajo, han sabido alcanzar un elevado nivel de vida en el aspecto civil, económico y social. Les deseamos felicidad y prosperidad. Vuestro país ha sabido integrarse activamente no sólo en el Consejo Nórdico por su afinidad con los países escandinavos, sino también en el entramado económico, cultural y político de las Comunidades Europeas y del Consejo de Europa. Vuestra Majestad no ignora el interés que sentimos por la vitalidad de estas Instituciones, al ver en ellas una oportunidad de solidaridad beneficiosa para el afianzamiento de la paz, para el progreso humano de los países miembros de ellas, para el servicio común de las regiones menos favorecidas y para el esplendor de su patrimonio espiritual.

Este progreso espiritual ocupa de hecho el centro de nuestras preocupaciones. Y porque tenemos una misión universal en este aspecto, nos sentimos cerca de las poblaciones danesas. A partir de su evangelización en el siglo IX, Dinamarca ha conocido una gran vitalidad religiosa, que durante la Edad Media testimoniaron., entre otras cosas, numerosos monasterios y Santos que merecen una mención especial: el Rey Knud, Kjeld de Viborg, el Abad Guillaume. Más recientemente, en el siglo XVII, el obispo Niels Stense, célebre por su cultura científica y aún más por sus virtudes, adquirió tal fama de santidad que se ha introducido su causa de beatificación. Actualmente los católicos daneses, aunque muy reducidos en número, son felices de vivir allí su fe en la paz y de trabajar con sus hermanos de la Confesión luterana, por el respeto y la promoción de los valores religiosos.

Todos los cristianos son portadores de un mensaje cuyo objetivo primero es el desarrollo de las relaciones del hombre con el Dios vivo, y que puede también ayudar en gran manera a la sociedad contemporánea a superar el materialismo práctico en que corría el riesgo de encerrarse y hundirse, perdiendo toda esperanza. En efecto, el Evangelio proporciona a los hombres las más actas razones de vida, afina las conciencias, desarrolla su responsabilidad en materia de paz, de justicia y de amor; en una palabra, los orienta hacia un humanismo pleno abierto al Absoluto, que hace considerar todos los bienes de este mundo según la verdadera jerarquía de valores.

¿Quién no desearía este despertar o este progreso espiritual y moral que corresponde al anhelo profundo de la humanidad, inscrito en los corazones por el Creador y reavivado por Jesucristo, nuestro común Salvador? Creemos que Vuestra Majestad es sensible en este aspecto, porque va en ello el alma de su país, de su nobleza. La iglesia católica, tratando de vivir estas exigencias, que son en definitiva las de la caridad, entiende que así presta su colaboración, junto con los demás creyentes y los hombres de buena voluntad, al mejor servicio de la sociedad, y se siente dichosa al hacerlo en Dinamarca, en un clima de libertad religiosa por el que Vos veláis.

Rogamos al Señor que asista a Vuestra Majestad en tan alto cargo, y derrame sus bendiciones sobre vuestra persona y sobre los miembros de vuestro séquito, sobre los que colaboran con Vuestra Majestad en el bien común de la nación, y sobre todo el pueblo danés.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.47, p.2.



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