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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE BURUNDI
EN VISITA "AD LIMINA APSOTOLORUM"


Jueves 6 de abril de 1978

 

Queridos hermanos en Cristo:

Al evocar la vitalidad religiosa de vuestro país habéis reafirmado la voluntad de comunión con el Sucesor de Pedro, y toda vuestra visita ad Limina consolida estos lazos de unión con la Iglesia de Roma. Os acogemos con gran gozo y agradecemos este testimonio. Saludamos con afecto especial a los obispos que han venido ahora aquí por primera vez y a mons. Roger Mpungu, que acaba de asumir el cargo que le hemos confiado de administrador apostólico de la diócesis de Muyinga. Bienvenidos seáis. Nuestro pensamiento incluye también con vosotros al querido mons. Joseph Martin, antiguo obispo de Bururi, que ha consagrado la vida entera a vuestro país; nos gozamos de que hayáis unido vuestra solicitud a la nuestra, a fin de que se reconozcan sus méritos.

En este tiempo pascual nuestra mirada se vuelve hacia Cristo resucitado, continuamente presente en su Iglesia después de haber padecido la prueba de la pasión y de haberle infundido el Espíritu Santo.

Los progresos grandes y rápidos de la Iglesia católica en Burundi, al cabo de algo más de setenta y cinco años de apostolado misionero, son signo manifiesto de esta presencia.

Vuestros compatriotas han sabido acoger la fe cristiana y constituir una Iglesia viva valiéndose de medios de expansión propios de la Iglesia, como el catecumenado, las escuelas y los seminarios. "El que comenzó en vosotros la buena obra, la lleve a cabo", como deseaba el Apóstol Pablo a los cristianos de Filipos (cf. 1, 6).

Las breves palabras que añadiremos ahora no quieren sino subrayar vuestras propias preocupaciones y alentar vuestros esfuerzos.

La fe cristiana ha echado raíces rápidamente en el corazón de muchos fieles; ahora es cuestión de seguir ahondando cada vez más en ella. Esto es fruto de una catequesis adecuada, cuya importancia habéis captado estupendamente, una catequesis que os hará entender mejor según vuestra sensibilidad africana, la maravilla de la salvación de Cristo Jesús, y os guiará a celebrarla y vivirla personal y comunitariamente,

Evangelizar no es sólo anunciar esta salvación y suscitar gestos religiosos; evangelizar es confrontar constantemente nuestra vida, nuestro comportamiento, nuestra mentalidad y nuestros proyectos con el código de las bienaventuranzas y con las exigencias del amor que Cristo espera de sus discípulos. Es una obra de larga duración, y en este aspecto queremos felicitaros por vuestro celo en formar las conciencias. Debemos ser testimonio de una vida nueva que Cristo hace posible y que se eleva valientemente por encima de los usos de este mundo, como lo subraya el Apóstol de las Gentes al final de cada una de las Epístolas (cf. Col 3).

Esta obra de catequesis y moral requiere medios que ofrezcan el mayor número de probabilidades de impacto en adultos y jóvenes.

Los adultos cristianos tienen necesidad de formación doctrinal para dar razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3, 15), y para acertar en la aplicación eficaz de principios sociales coherentes con la fe, sin caer en la tentación de ceder a ideologías y prácticas extrañas, que podrían destruir la vida cristiana y el humanismo de su vida social, puesto que a pesar de sus promesas son incapaces de conseguir el desarrollo integral y equitativo de todos.

Para bien de los niños y los jóvenes no hay duda de que vale la pena mantener los centros católicos de enseñanza. incluso a costa de ciertos sacrificios, pues como lo muestra la experiencia de muchos países, estos centros hacen posible la realización profunda y constante de la simbiosis entre fe y cultura, que ha de combinarse con la educación de los padres y de las comunidades cristianas.

Todo cuanto hacéis, sobre todo para consolidar la comprensión, la paz, la colaboración, la justicia, es decir, el amor entre las diferentes familias y grupos étnicos de Burundi, constituye ciertamente un testimonio específicamente cristiano, y un servicio trascendental para el porvenir del país.

Esta unidad debe resplandecer ante todo entre vosotros, Pastores, entre vuestros sacerdotes, entre religiosos y religiosas, entre las comunidades cristianas. Es la señal del Espíritu Santo que os ha constituido custodios a fin de que apacentéis la Iglesia de Dios (cf. Act 20, 28). Esta unidad es testimonio de la originalidad de los cristianos; prolonga la experiencia típica de la Iglesia primitiva "Ved cómo se aman" (Tertuliano, Apologeticus, 39; PL 1, 471); es una exigencia del bien común de la Iglesia. Nos gozamos, por tanto, en todo cuanto hagáis por suscitar la colaboración fraterna en la pastoral.

Sin dejar de tener en cuenta la valiosa colaboración que os siguen prestando vuestros hermanos extranjeros, os exhortamos a continuar vuestros esfuerzos laudables por preparar tantos Pastores que necesita vuestra Iglesia, tanto sacerdotes seculares como religiosos. Constatamos con satisfacción que florece la vida religiosa femenina. Es buena señal y esperanza para el porvenir. Es-tamos enterado también de la ayuda de primer orden que os prestan los catequistas y laicos que tienen a su cargo un sector del apostolado; formarles y sostenerlos constituye una función importante del ministerio sacerdotal.

De este modo se aunarán las fuerzas vivas de la Iglesia de Burundi en favor del progreso religioso y humano de vuestro pueblo, de lo que resultará un ejemplo para toda esta parte de África.

En todos los campos que hemos mencionado, la solicitud de la Santa Sede, puesta de manifiesto claramente por medio de nuestro Nuncio Apostólico, sólo desea fortalecer  esta cohesión, sostener vuestra valentía y consolidar vuestra esperanza; en una palabra, ayudaros siempre dentro del respeto de vuestras peculiaridades y en comunión con el conjunto de la Iglesia.

Acompañamos nuestros votos paternos con una bendición apostólica especial para cada uno de vosotros, que hacemos extensiva muy de corazón a vuestros colaboradores y a todos vuestros diocesanos.



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