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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS MIEMBROS DE LA COMISARÍA DE POLICÍA
QUE SE HALLA JUNTO AL VATICANO


Lunes 30 de enero de 1978

 

Nos sentimos sinceramente feliz de encontrarnos también este año con vosotros, beneméritos miembros del Ispettorato Generale di Pubblica Sicurezza presso il Vaticano, para esta audiencia que se ha hecho ya tradicional y resulta por eso especialmente familiar y agradable a vuestro corazón y al nuestro.

Señor Inspector general, le damos las gracias por las palabras de felicitación que nos ha dirigido también en nombre del personal civil y militar en servicio en dicha Inspección. Sabemos bien que sus palabras interpretan fielmente los sentimientos de devoción que siente cada uno de los miembros de la Inspección, sentimientos que alientan su empeño solícito y responsable en el cumplimiento del deber de todos los días. Hacemos nuestros, pues, sus votos confiando al Señor el ferviente deseo que nos brota del corazón: un año próspero y fecundo, dichoso por la sencilla pero auténtica felicidad que proporciona el deber cumplido, la serenidad familiar y la amistad sincera.

Os deseamos un año de paz. Hemos escuchado agradecido las nobles expresiones con las que usted ha querido gentilmente poner de relieve la acción que desempeñamos en favor de la paz y de la cooperación internacional, y el respeto tributado a esta Sede Apostólica por los responsables de las naciones que cuando vienen a esta ciudad no dejan de honrarnos con su visita deferente y cordial. No le ocultamos que constatar esta atención por parte de los humildes y de los poderosos hacia nuestro ministerio de concordia y de paz, nos proporciona gran consuelo, ya que nos confirma el anhelo común hacia el bien fundamental de la convivencia social.

No obstante somos consciente de las graves insidias a que está expuesta todavía la paz, especialmente en este tiempo en el que la fiebre de la violencia ha contagiado los ánimos de tantos, especialmente entre los jóvenes. Los trágicos acontecimientos recientes que una vez más han turbado la vida de esta ciudad, entre todas tan querida para nosotros, son confirmación dramáticamente elocuente. Es necesario el compromiso de todas las personas de buena voluntad para poder formar una barrera frente a tales fermentos disgregadores del tejido social. Es necesario sobre todo el empeño de quienes como vosotros tienen la función específica de tutelar el orden público, es decir, de vigilar para que la vida social se desarrolle ordenadamente, garantizando la observancia de la ley, previniendo las infracciones y reprimiendo —cuando sea el caso— sus violaciones, con el objetivo de promover en los ciudadanos el respeto a los derechos de los demás que hace de un pueblo un nación civilizada.

Sabemos con cuánta fidelidad tratáis de conseguir cada día esos objetivos, estimulados también a ello por la conciencia de la responsabilidad singular que tiene el actuar junto al centro vivo de la catolicidad, la Sede de Pedro, hacia la que convergen creyentes de toda lengua y color provenientes de todo el mundo.

Queremos manifestar nuestro agradecimiento sincero por la diligencia y espíritu de sacrificio que distinguen vuestro servicio junto a nuestra morada. Estamos seguro de que el Señor os recompensará abundantemente con gracias celestiales por todo lo que hacéis con generosidad sobrepasando con frecuencia lo estrictamente debido para convertirse en testimonio sincero de fe.

Elevamos al Señor nuestra oración por todos vosotros, mientras de todo corazón impartimos la propiciadora bendición apostólica que con gusto hacemos extensiva a vuestras familias, a vuestros hijos y a todos vuestros seres queridos.

 

 



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