Index   Back Top Print

[ EN  - ES  - FR ]

DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL SEÑOR CALLIXTE HATUNGIMANA
NUEVO EMBAJADOR DE RUANDA ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 10 de julio de 1978

 

Señor Embajador:

Con viva satisfacción acogemos los propósitos de Vuestra Excelencia al comenzar su función de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Ruanda ante la Santa Sede.

Al expresaros nuestra gratitud, os confiamos el encargo de dar también las gracias a S. E. el General Juvenal Habyarimana, de quien sois representante. Conservamos un excelente recuerdo de su visita y renovamos de corazón los votos que formulamos, hace dos años, para su persona y su obra de paz y progreso en servicio de todo el pueblo ruandés.

Con gran realismo, señor Embajador, habéis destacado muchas de las condiciones de ese progreso, que han llamado nuestra atención. Aludimos, por de pronto, a la movilización de todas las fuerzas vivas de Ruanda para una acción positiva: la de aprovechar al máximo los recursos del país para asegurar a la población los alimentos que necesita. Nos agrada constatar que a este noble programa, y bajo el impulso del Gobierno, pueden ya colaborar las diversas etnias, tras los meritorios esfuerzos que han realizado para entenderse cada vez más; y, junto con vosotros, nos alegramos de que la paz se afirme, que todos puedan beneficiarse de ella y que se refuerce la unidad dentro del respeto legítimo de las peculiaridades regionales. Habéis dicho que algunos límites naturales hacen difícil y lento el desarrollo económico; pero habéis subrayado con razón el valor del pueblo ruandés, decidido a superar la precariedad de la situación con el trabajo, la coordinación de esfuerzos y el buen entendimiento con otras naciones. Y también así lo esperamos mediante una comprensión internacional que salvaguarde vuestra independencia.

Por otra parte, vosotros no queréis un progreso material en condiciones que no tengan en cuenta el respeto a las personas, la libertad racional, los valores espirituales y morales. Nos alegra escuchar tal afirmación y sabemos, en efecto, que, por ejemplo, en ciertas graves cuestiones familiares, vuestro Gobierno tiene el acierto de contar con las convicciones de los creyentes. Una civilización solamente es grande por su espíritu. Es un honor para Ruanda comprenderlo así. Vuestro pueblo puede enorgullecerse de este criterio valiente y claro.

Queremos pensar que la Iglesia católica contribuye, en parte considerable, a estas orientaciones. Ella reconoce en vosotros una notable fuerza no sólo por el número impresionante de sus hijos, sino también por su vitalidad. Ciertamente, su misión debe siempre seguir siendo distinta de la del Estado; la Iglesia, en efecto, se preocupa del anuncio del Evangelio, la salvación integral de los hombres y su participación en la vida divina con Jesucristo. Pero es evidente que su mensaje, cuando es respetado, asimilado y vivido, tiene como consecuencia elevar las fuerzas espirituales y morales, favoreciendo un clima de respeto y fraternidad para todos, el espíritu de servicio, la honradez en el trabajo y las relaciones sociales, el valor en la adversidad. Y no sabría la Iglesia predicar la caridad sin ponerla ella misma en práctica entre los sectores prioritarios de su especial competencia, como la enseñanza, la asistencia sanitaria y benéfica. No duda V. E. en expresar su satisfacción por la afirmación de la Iglesia católica en su país, así como por el testimonio y la ayuda que presta. Deseamos también que las autoridades civiles continúen teniendo relaciones amistosas y fructíferas con la Iglesia local que gozan de nuestra estima y afecto, así como con la propia Santa Sede.

Con estos sentimientos, señor Embajador, formulamos los mejores votos para vuestra misión en el centro de la catolicidad. Asegurándoos nuestra simpatía, invocamos para vuestra persona, vuestro país y sus gobernantes, las abundantes bendiciones del Señor.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.29, p.4.

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana