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PALABRAS DEL PAPA PABLO VI
AL FINAL DEL CONCIERTO POR SUS XV AÑOS DE PONTIFICADO


Sábado 17 de junio de 1978

 

No podemos dejar esta sala sin manifestar nuestro aplauso, el aplauso de todos que siento palpitar en cuantos han disfrutado de este momento de belleza y felicidad espiritual. Lo debemos ante todo a quien ha organizado y nos ha ofrecido este momento, esta hora de dicha espiritual y de fruición artística: a la Radiotelevisión italiana, a su director, a quienes la representan, a quienes la forman, a los artistas que tenemos ante nosotros; con la seguridad de interpretar a los presentes, agradecemos y alabamos al maestro Carlo Maria Giulini y a todos los artistas que nos han dado saborear con gozo espiritual, en toda su profundidad, estas bellezas recordadas de nuevo después de 150 años, que pertenecen a la historia de nuestro mundo y de nuestra civilización.

A Schubert, al joven Schubert, nuestro recuerdo y nuestro aplauso. Un joven espontáneo, —yo diría— pleno, fervoroso hasta ser capaz de comunicar a los otros lo que él había vivido y lo que había saboreado y hecho saborear a los demás. Gracias a este genio inmortal de la música que honra la civilización europea y es honor del catolicismo austríaco. Estamos muy agradecido a todos los artistas. Quisiéramos poder expresar con palabras más sublimes y sentimientos más elevados nuestro agradecimiento y admiración.

Saquemos de este momento de interrupción —diría yo— de nuestras ocupaciones ese sentimiento de ansia casi, de deseo de superar y trascender la visión del mundo en que vivimos, que es visión de sufrimientos y de fatiga, perturbado por tantos problemas. Pero sobre todo ello flota lo que la Iglesia nos ha ofrecido y estos artistas han interpretado tan magistralmente, es decir, la capacidad de levantarse hasta la belleza del arte o, mejor aún, a la trascendencia de la oración. Y allí recordaremos el agradecimiento obligado a cuantos nos han proporcionado este acto. Sobre todo, lo repetimos, a la Radiotelevisión italiana y a los artistas que están aquí ante nosotros, a los que tenemos el honor de ver, saludar y bendecir.

 



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