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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS OBISPOS DE CUBA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves, 22 de junio de 1978

 

Venerables hermanos en el Episcopado:

Sentimos hoy gran satisfacción al recibiros en esta audiencia, Pastores del pueblo de Dios en las diócesis de Santiago de Cuba, Camagüey y Cienfuegos-Santa Clara, venidos a Roma para la visita «ad limina Apostolorum».

En vosotros saludamos con muy particular afecto no sólo a vuestros diocesanos, sino también a todo el noble pueblo cubano, a vuestros hermanos en el Episcopado, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, seglares comprometidos en el apostolado y especialmente a los jóvenes cubanos, cuya generosidad y valores bien conocemos y apreciamos.

El recuerdo de vuestro amado pueblo, con su pasado y su presente, ocupa un puesto destacado en nuestro ánimo. La historia es testigo calificado de la contribución preciosa prestada por la Iglesia al crecimiento integral de vuestra nación. En efecto, ella llama a sus hijos constantemente para que sean hombres nuevos en la justicia, en la verdad, en la caridad; educa la conciencia social de los fieles, favoreciendo su activa colaboración al bien común, enseñando a todos a vencer el propio egoísmo, fortificando la unidad de la familia y los valores que ella encierra. Sí, la fe cristiana no hace del creyente un ciudadano inferior, sino que lo eleva hacia los valores más nobles y positivos.

Habéis celebrado recientemente en Cuba los aniversarios de la fundación del convento de San Juan de Letrán y de la Universidad de San Jerónimo, que tanta parte han tenido en el desarrollo cultural, social y espiritual de vuestra nación. Habéis recordado asimismo los ciento veinticinco años de la muerte de un gran sacerdote y ciudadano, el p. Félix Varela y Morales, iniciador de la conciencia nacional cubana. Son metas importantes en vuestra historia pasada. Mirando al presente de vuestro pueblo brota en nuestro ánimo el vivo deseo y aflora la esperanza de que los frutos del pasado sigan ejerciendo su vigoroso influjo en el momento actual, de modo que los católicos, dentro de un justo espacio de libertad para la fe en sus expresiones personales y comunitarias, —como decíamos en nuestro discurso al Cuerpo Diplomático a comienzo de este año— puedan contribuir eficazmente al bien cívico y social del País.

En una perspectiva amplia del futuro, queremos exhortaros hoy a mantener una sólida unión, no sólo con la Sede de Pedro, sino también entre los Pastores y con vuestros colaboradores en el campo del apostolado y con los fieles todos, que esperan ser orientados en su fe.

Cuidad con gran esmero las vocaciones a la vida consagrada, atendiendo con diligencia a la formación de la familia cristiana y enseñando a los jóvenes la generosidad evangélica. Educad asimismo la piedad popular de las gentes sencillas para que se adentren cada vez más en la fe auténtica.

Y sobre todo, venerables hermanos, llevaos nuestra palabra de paterno aliento y de profundo aprecio, que extendemos de corazón a toda vuestra grey, por vuestra fidelidad a Cristo aun en medio de las bien conocidas dificultades. Sabed que os estamos siempre cercano, uniendo nuestra plegaria a la vuestra y pidiendo al Señor, por intercesión de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, que os conceda permanecer siempre «firmes en la fe».

Con estos sentimientos impartimos a vosotros, a vuestros diocesanos e hijos todos de vuestra querida patria, nuestra cordial bendición apostólica.

 

                                       



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