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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL SACRO COLEGIO CARDENALICIO


Viernes 23 de junio de 1978

 

Venerados hermanos del Sacro Colegio:

Os debemos sincero agradecimiento a cada uno de vosotros por este afectuoso testimonio de congratulación que nos habéis presentado, tanto con ocasión de nuestra fiesta onomástica, en esta vigilia de la natividad de San Juan Bautista, como por las conmemoraciones relacionadas con nuestro ya largo servicio pontifical. Y de modo muy particular damos las gracias al señor cardenal Decano, que ha recogido e interpretado estos mismos parabienes, dándoles no sólo la forma y expresión conveniente, sino también un relieve más acentuado en consideración precisamente de los tres lustros transcurridos desde la fecha de nuestra elección.

Por nuestra parte, ¿cómo podríamos pasar en silencio o echar en olvido el valor, el peso, la responsabilidad literalmente "única" de la misión apostólica que nos fue conferida una mañana luminosa de junio, hace exactamente quince años?

Este recuerdo está siempre vivo y nítido en nosotros, y es tal que mantiene despierta y trepidante nuestra conciencia frente a la carga formidable que desde entonces vino a gravitar sobre nuestros hombros.

Y la conciencia se dirige inmediatamente a ella, la Iglesia, que aquel día nos fue encomendada, para que la amásemos con amor inextinguible, como la amó Jesucristo (cf. Ef 5, 25), como la amó el Apóstol Pedro (cf. 1 Pe 5, 2-3), y para que —en calidad de Vicario del Uno y Sucesor del otro— la rigiésemos aquí en la tierra en su itinerario hacia la patria celeste (cf. Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17).

Permitid, pues, que en ella, sí, en la Santa Iglesia, Madre y Esposa, pensemos preferentemente en este encuentro, y a ella ofrezcamos las palabras congratulatorias que amablemente se nos acaban de dirigir.

Permitid que la atención, aun tan digna de aprecio, prestada a nuestra humilde persona, se aparte de ella, y todos nosotros la concentremos en la Iglesia.

¿Cuántas veces, queridísimos hermanos, en las audiencias análogas de años anteriores, hemos pensado en ella, meditando su misterio esencial, así como —dada la conexión inseparable— las fases de su aventura a través del tiempo?

También hoy tenemos delante a la Iglesia de Cristo, o mejor, la tenemos en el corazón. Por eso queremos contemplarla, más que en la crónica y en la historia exterior, en su vitalidad interna y en su dinamismo, garantizados por la promesa del Fundador, infundidos por el soplo indefectible del Espíritu y realmente comprobables —diríamos— en la base lo mismo que en el vértice, tanto en las múltiples células y comunidades que la constituyen, como en los órganos más amplios de este místico cuerpo: en las familias cristianas, en los institutos religiosos, en el orden de los sacerdotes, en el Colegio Episcopal; pues de su acción, cohesión y unidad es de donde proviene el crecimiento del conjunto (cf. Ef 4, 16).

Y nosotros mismos, dentro de esta comunión, ¿no tenemos acaso la misión de estimular, desarrollar y favorecer tal vitalidad, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, que vino precisamente para que las ovejas tuvieran vida, y vida pujante (cf. Jn 10, 10)?

I. Vitalidad del Pueblo de Dios

En primer lugar hemos de reconocer que la Iglesia de Cristo es una realidad viva y vital, a pesar de las voces que no de ahora, ni sólo desde fuera, se complacen en subrayar sus achaques, acreditar la impresión de su letargo y presagiar su agonía y su fatal descomposición.

Se trata, como es obvio, de una crítica contestataria, la cual excede ampliamente la saludable necesidad que tiene la Iglesia de purificarse continuamente para avanzar por el camino de la cruz hacia la resurrección. Ciertamente, conocemos los hechos que en distintos lugares afligen a la Iglesia: tanto en los países donde se pretende sofocar la libertad religiosa, como en aquellos otros donde la libertad misma que se le garantiza es utilizada por algunos de sus miembros para desnaturalizar su credo y socavar sus instituciones.

No queremos, sin embargo, que semejantes situaciones, muy dolorosas para todos los miembros responsables de la Iglesia, impidan admirar la vitalidad del Pueblo de Dios, el cual camina en un mundo que tan a menudo se muestra carente de referencias esenciales y de finalidades distintas de las del simple consumismo. Recurriendo a las palabras del Apóstol Juan en su primera Carta (1, 1), no tememos confiaros que todos los días, en el trabajo y en la oración, contemplamos con nuestros ojos y palpamos casi con nuestras manos la profunda vitalidad de la Iglesia, que brota de la fidelidad de su Fundador a la promesa suprema: "Mirad que Yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

El Pueblo de Dios, llamado por el Concilio Vaticano II a nuevas responsabilidades en la vida eclesial, ha respondido con mucha generosidad. Han surgido en todas partes millares de catequistas para encaminar o guiar a los niños y a los adolescentes al descubrimiento y a la experiencia de Cristo y de su mensaje transcendente. ¡Y cuántos. en ese quehacer apostólico, han probado ellos mismos la feliz necesidad de ahondar sus conocimientos y su vida de fe! ¡Cuántos seglares además, han asumido en el culto litúrgico el puesto que les corresponde, para preparar las celebraciones y participar en ellas activamente, sin reducir, por lo demás, la función de los ministros ordenados! En muchos ambientes, junto a monasterios florecientes, han despuntado férvidos centros y grupos de oración: son pequeñas células de vida eclesial, muchas veces discretas y hasta ignoradas, que difunden en nuestro mundo, insidiado por el inmanentismo materialista, el oxígeno vitalizante de las alturas espirituales.

Y además de los seglares, no podemos olvidar a los religiosos y religiosas que perseveran en su consagración total al inestimable empeño de la oración, o al precioso trabajo de la educación católica, o a las actividades socio-caritativas. ¿No se trata acaso de otros tantos testimonios valiosísimos en favor del Evangelio de Cristo?

Nos agrada igualmente recordar a las comunidades de base, a las dignas de tal nombre (cf. Evangelii nuntiandi, 58), que en algunos países se multiplican y hacen posible a las personas residentes en la misma barriada urbana o aldea, o vinculadas por afinidades socio-sicológicas, llevar en fraterna solidaridad su existencia espiritual y humana.

Pensamos también en la variedad de los Movimientos apostólicos que, en situaciones humanas muy diversas, se esfuerzan por influir en la vida de las personas y en las circunstancias, facilitando el progreso de la verdad y de la caridad en los corazones, a fin de que la justicia y la paz triunfen en las estructuras sociales de sus países y en las relaciones entre las naciones.

Apreciamos asimismo el trabajo intelectual de tantos teólogos y pensadores cristianos como se afanan por impedir que se excave una zanja peligrosa entre la fe tradicional y las culturas de nuestra época, frágiles y a veces ambiguas, al tiempo que procuran abrir éstas últimas al Espíritu de Pentecostés.

Y podríamos seguir enumerando iniciativas, formas de participación y responsabilidades asumidas, que son a la vez signo y causa de una vitalidad creciente, de la cual nos alegramos deseando que se desarrolle más todavía.

II. Fidelidad total al Evangelio de Jesús

Este vigor vital, fruto de la fidelidad de Cristo a su Iglesia, exige a su vez, por parte de los cristianos, una fidelidad sin reservas a Cristo y a las realidades eclesiales, instituidas por El o maduradas, a través de los siglos, en la línea de su mensaje.

La Iglesia está viva allí donde los obispos, sucesores de los Apóstoles, son rigurosamente fieles a su misión de doctores y pastores, y los fieles, por su parte, no se sustraen a la tarea de cooperar lealmente en esta misma misión.

La Iglesia está viva allí donde el Evangelio y los sacramentos son respetados en su integridad y recibidos con la preparación debida.

La Iglesia está viva allí donde los miembros del Pueblo de Dios, que han recibido vocaciones distintas y complementarias, son fieles por completo a los compromisos libremente asumidos ante Dios y ante los hermanos.

Por tanto, no llamamos a los hijos de la Iglesia a una responsabilidad menor, sino a un sentido más vivo de los deberes relacionados con ese status suyo: un sentido que los impulse a interrogarse espontáneamente acerca de su fidelidad personal, de su coherencia con la fe objetiva de la Iglesia y con las costumbres evangélicas por ella inculcadas; y esto sin esperar a que los obispos o el Papa, en cumplimiento de su mandato pastoral, intervengan para ponerlos en guardia contra desviaciones deplorables.

Sí, todos los que toman la iniciativa de ser más activos dentro de la Iglesia —¡y quiera Dios que sean cada vez más numerosos!— deben preguntarse: ¿es verdaderamente la Iglesia de Jesucristo lo que yo trato de edificar?

¿Son su mensaje, su doctrina y su tradición auténtica el gozne donde se articulan mi investigación teológica, mi predicación y mi catequesis? ¿O se trata más bien de una ideología religiosa de mi invención, o de una opinión personal, elaborada a impulso de la razón, tentada siempre de reducir el misterio de la Revelación, sugestionada muchas veces por análisis filosóficos ajenos a la fe, propensa a seguir los gustos subjetivos y acaso también la sensibilidad del auditorio?

¿No existe quizás el peligro de que mi lenguaje haya "desvirtuado la cruz de Cristo": Ut non evacuetur crux Christi (1 Cor 1, 17)? ¿Es el modo de obrar evangélico —el del sermón de la montaña— el verdadero punto de referencia para mi acción apostólica? ¿O por el contrario me acomodo, al menos en parte, al modo de obrar de este mundo en materia de violencia, impureza e idolatría de la riqueza? En breve, ¿construyo sobre la arena movediza de este mundo o sobre la roca del mensaje evangélico (cf. Mt 7, 24-27)? ¿Y, cuáles son los materiales que aporto al edificio de la Iglesia, teniendo en cuenta que —como dice San Pablo— la obra de cada uno será juzgada y como probada mediante el fuego (cf. 1 Cor 3, 10-15)? Es cuestión de coherencia, de autenticidad y —¿por qué no?— de honradez.

Como veis, lo que se necesita en la Iglesia, tanto a nivel de los fieles como de los Pastores, es mantenerse en una actitud de auténtica fidelidad.

Esta se basa en un conocimiento serio de la historia de la Iglesia; supone dotes de perspicacia y de discernimiento en la valoración del tiempo presente; exige la virtud de la humildad, que hace recurrir continuamente a la luz de Dios y buscar el enlace con aquellos a quienes el Espíritu Santo ha constituido Pastores (cf. Act 20, 28). Nada tiene en común con el subjetivismo que desprecia el pasado, con la innovación fantasiosa, con la acción demagógica y publicitaria.

Así la creatividad que resulta de tal actitud es constructiva, porque se trata, en definitiva, de una fidelidad que, mientras engarza sólidamente con la tradición multisecular y viva de la Iglesia. se adelanta con impulso generoso hacia un porvenir coherente.

Pero podemos llevar más allá nuestra reflexión.

La acción del cristiano no es sólo fruto de una conformidad exterior con las normas de la Iglesia, ni de un compromiso al servicio del prójimo; debe ser la resultante de un dinamismo interior, que se deriva de una relación profunda e íntima con el Señor, madurada en la oración, en la ascesis, en el amor, en el deseo de la salvación propia y de los demás: "El amor de Dios inunda nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que se nos ha dado (Rom 5, 5).

A este amor es necesario corresponder, pues en él se encuentra el manantial de aquella vida divina, de aquella gracia, de aquella linfa interior merced a la cual es posible dar fruto, en comunión con los demás bautizados.

La vitalidad exterior de la Iglesia sería una fachada engañosa o, al menos, una obra demasiado frágil, si no se cimentase y se articulase en el coherente desarrollo espiritual de sus miembros, en la vitalidad interior, misteriosa y real a la vez, que es —repetimos— fidelidad a Cristo, vivo y presente en medio de ellos.

III. Garantizar la autenticidad y la unidad de la fe
así como la circulación de la caridad

Deseamos proponer una última reflexión: esta vitalidad y esta fidelidad sólo se hacen efectivas en la comunión profunda con el conjunto del Cuerpo de Cristo.

Esto es verdad, ante todo, para cada cristiano en particular, que debe unirse siempre a una comunidad, siendo en ella miembro activo, como exigen los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la Eucaristía, recibidos por él.

Es verdad, asimismo, para cada comunidad cristiana, que jamás puede pretender ser fuente autógena de su propia fe y término de su propio dinamismo.

El sacerdote, encargado de atender a esa comunidad, tiene la función específica de ser en medio de ella el testigo de la Iglesia y de abrir a sus miembros hacia una dimensión universal.

Eso es verdad, también, para cada Iglesia local. Ciertamente, la mayor parte de las cuestiones pastorales puede encontrar solución adecuada dentro de su ámbito, bajo la vigilancia del obispo propio; pero en los sectores primarios de la fe, de la ética cristiana y de la disciplina eclesiástica, cada Iglesia local ha de buscar, si es hacedero y como sea posible, la armonía con las otras Iglesias locales, y ponderar las repercusiones que en la vida eclesial pueden tener sus iniciativas.

Está en tela de juicio su propia vitalidad; está en tela de juicio aquella solidaridad orgánica entre los miembros del Cuerpo, querida por Cristo y subrayada con tanto vigor por el Apóstol Pablo (cf. 1 Cor 12; Ef 4, 1-16).

Es verdad, finalmente, para la comunión entre las Iglesias locales y la Santa Sede.

A doce años de la conclusión del Concilio Vaticano II, es consolador comprobar cómo las Iglesias locales han ahondado más en el conocimiento de sus responsabilidades, aun manteniendo con la Santa Sede la cohesión necesaria en el plano de la fe, de la caridad y de la obediencia.

Quedan por dar, indudablemente, pasos en esta dirección: la Santa Sede deberá valorar, con mayor atención todavía, la diversidad de los problemas de las Iglesias particulares, y éstas, a su vez, querrán comprender aún mejor que la preocupación de la Santa Sede y de sus órganos es garantizar la autenticidad y la unidad de la fe, la circulación de la caridad y la armonía más perfecta posible entre los miembros vivos de la indivisa Iglesia de Cristo.

En orden precisamente a esta conexión siempre necesaria, queremos recordar que en breve se cumplirá el X aniversario de nuestra Encíclica Humanae vitae.

Fue éste un documento sufrido de nuestro pontificado, no sólo a causa del tema tratado, grave y delicado, sino también, y tal vez más, por cierto clima de expectación por el que, entre los católicos y en el círculo más amplio de la opinión pública, se había originado la idea de presuntas concesiones, o facilitaciones, o liberalizaciones en la doctrina moral y matrimonial de la Iglesia.

Nos parece que el decenio transcurrido desde su promulgación es un período suficientemente amplio para enjuiciar mejor —después de las confirmaciones provenientes de la ciencia más seria—el alcance de las decisiones que entonces tomamos coram Domino, y es ocasión, asimismo, para recalcar los importantes principios que, siguiendo los pasos del Concilio poco antes terminado, enunciamos con formulación más precisa: el principio del respeto a las leyes de aquella naturaleza que —por decirlo con Dante— "procede / del divino intelecto y de su arte" (cf. Infierno, XI, 99-100); el principio de una paternidad consciente y éticamente responsabilizada.

No sólo en lo tocante a esta mención específica de un importante texto magisterial, sino también en lo referente a cuanto hemos dicho en general sobre la vitalidad de la Iglesia, cual dote intrínseca susceptible de felices incrementos, contamos con la aportación iluminada y diligente de cada uno de vosotros, como también de todos nuestros hermanos en el Episcopado.

El empeño generoso y la entrega concorde tanto de vosotros, que nos coadyuváis de cerca en nuestro servicio, como de todos los que tienen la responsabilidad directa de una parcela de la Iglesia de Cristo, asegurarán el fluir abundante de la linfa en el tronco de este árbol secular, que extiende sus ramas por todas las regiones de la tierra (cf. Mt 13, 31 ss.).

Al confiaros estas reflexiones y estos deseos, os renovamos la expresión del vivo reconocimiento que ocupa nuestro espíritu, al tiempo que, implorando la efusión de copiosos favores celestes, os impartimos de corazón la propiciadora bendición apostólica.

 

 



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