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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LA SRA. LOMBE PHYLLIS CHIBESAKUNDA,
EMBAJADORA DE LA REPÚBLICA DE  ZAMBIA ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 5 de mayo de 1978

 

Excelencia:

Nos complacemos en recibir las Cartas Credenciales con las que S. E. el dr. Kenneth Kaunda, Presidente de la República de Zambia, os nombra Embajadora de vuestro país ante la Santa Sede. Al recordar su grata visita del año pasado, os expresamos nuestro agradecimiento por el amable saludo de que Vuestra Excelencia se hace portadora de parte del Presidente y del pueblo de Zambia; y os rogamos le transmitáis nuestro interés profundo por su bienestar y nuestros deseos de felicidad, acompañados de la oración.

Vuestra Excelencia ha hablado elocuentemente de las consecuencias perjudiciales para la felicidad de vuestro pueblo que se siguen del rechazo a reconocer el puesto de Dios en la vida de los seres humanos. Dios es el fundador y el perfeccionados de la dignidad humana; y la razón más sublime de esta dignidad es su llamamiento a la comunión con El. Es completamente natural, por tanto, que todo intento de excluir a Dios repercuta en detrimento del hombre como individuo y como miembro de la sociedad. Al prescindir de Dios, el individuo tiende a hacerse sordo a los dictados de la ley que Dios ha escrito en su corazón para ir llevándolo constantemente a la nobleza más alta. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo coronó de gloria y honor, y lo hizo señor de las obras de sus manos. Pero en una sociedad que no reconoce a Dios sinceramente, como lo demuestran demasiados ejemplos, se intenta despojar al hombre de esta grandeza dada por Dios: se le desplaza de su posición central, se le maneja como medio para conseguir otros fines y se le subordina a aquello precisamente que debiera estar a su servicio.

Reconocer a Dios que es Padre de todos, quiere decir reconocer también la hermandad de los seres humanos y su igualdad fundamental, sin discriminación de origen o raza A este respecto, en enero último, dirigiéndonos al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, hablamos de la preocupación que sentimos ante algunas situaciones de discriminación racial en el continente africano. La Iglesia, dijimos, "no puede ciertamente estimular ni justificar la violencia, que derrama sangre, siembra destrucción, da al odio proporciones desmesuradas y desencadene represalias y venganzas. Pero tampoco puede silenciar su enseñanza, es decir, la afirmación de que toda teoría racista es contraria a la fe y al amor cristianos; es precisamente el horror que los cristianos sienten ante la violencia lo que debe impulsarles a reafirmar con mayor claridad y valentía la dignidad igual de todos los hombres (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 22 de enero de 1978, pág. 11).

Confiamos en que el pueblo de Zambia sabrá valorar y defender las bases imprescindibles de la auténtica felicidad. Nos llevan a esta confianza, no sólo el compromiso cristiano de muchos ciudadanos del país, sino también el pensamiento de que no querrán ser infieles a sus tradiciones inmemoriales, que no han considerado jamás al hombre como algo circunscrito simplemente a la vida terrena. Pedimos a Dios abundantes bendiciones para quienes construyen sobre estos fundamentos tan preciados.

Asimismo rogamos a Dios que dé éxito a la importante misión de Vuestra Excelencia, en cuya realización puede contar con nuestra cooperación plena y con la de nuestros colaboradores.

 


*ORe n.21 p.4.

 



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