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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS NUEVOS RECLUTAS DE LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA


Sábado 6 de mayo de 1978

 

El saludo que nos brota espontáneamente del corazón siempre que acogemos a quien viene a visitarnos, se hace esta mañana especialmente afectuoso y complacido al acogeros a vosotros, jóvenes reclutas de la Guardia Suiza, que os disponéis a prestar juramento solemne de servicio leal a esta Sede Apostólica. Haciendo honor a una tradición de siglos de adhesión ferviente al Sucesor de Pedro habéis aceptado con generosidad el asumir la tarea de proteger nuestra persona y guardar nuestra casa, siguiendo el ejemplo de compatriotas vuestros de cuya fidelidad y valor la historia nos da tan gloriosos testimonios.

Al expresares nuestro agradecimiento paterno, deseamos poner de manifiesto la alta consideración que nos merece la contribución que prestáis a la realiza. del ministerio pastoral que nos ha confiado Cristo respecto de toda la Iglesia.

¡La Iglesia! Quisiéramos —y ésta es nuestra felicitación— que el tiempo de permanencia en la casa misma del Papa os ayudase a cada uno a adquirir conciencia cada vez más fuerte del misterio de la Iglesia, que tiene el centro visible en el Vicario de Cristo, y en toda esta ciudad desarrolla las manifestaciones más solemnes e impresionantes, como bien podéis constatar vosotros mismos que tenéis la suerte de presenciar la afluencia constante de peregrinos procedentes de todas las partes del mundo.

Dedicamos un saludo particular a vuestro comandante, al rvdo. capellán, a los representantes de la Asociación de ex-Guardias, y a todos vuestros familiares que han querido participar de vuestro gozo y están aquí con vosotros para prestarnos el homenaje de su devoción. Descienda sobre todos, con abundantes consuelos celestiales, nuestra bendición apostólica.

Con esta gran celebración demostráis hoy ante Dios y ante los hombres que estáis dispuestos a cumplir noble y fielmente vuestro servicio de custodia exterior de nuestra persona y de nuestra misión. Vais a escribir un importante capítulo de vuestra vida en el lugar mismo en que el Apóstol Pedro concluyó su vida terrena, y donde hoy el Supremo Pastor y Maestro de la Iglesia realiza su función de servicio a la unidad en Cristo. Todo esto dará a vuestra vida de fe un aire especial que llegará hasta vuestras familias y hasta el círculo de vuestros amigos más íntimos. Esto es lo que os pedimos a vosotros y a vuestros queridos compañeros. Que nuestra bendición apostólica os ayude a hacerlo realidad.

A vosotros, jóvenes reclutas de nuestra querida Guardia Suiza y a vuestros familiares aquí presentes, felicitamos cordialmente y expresamos nuestro agradecimiento y nuestro saludo afectuoso.

Hoy vais a prestar un juramento de gran importancia, pues sanciona vuestra incorporación a nuestra Guardia; pero sobre todo debe significar vuestra fidelidad a la Santa Iglesia. ¡Ojalá impulse ésta vuestra vida entera! Así lo pedimos al Señor, y os damos a vosotros y a vuestros seres queridos nuestra bendición apostólica.

 

 



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