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MISA POR EL ETERNO DESCANSO DEL ALDO MORO

ORACIÓN DE SU SANTIDAD PABLO VI

Basílica de San Juan de Letrán
Sábado 13 de mayo de 1978

Y ahora nuestros labios, cerrados como por un obstáculo enorme, semejante a la gran piedra colocada a la entrada del sepulcro de Cristo, se quieren abrir para entonar el De profundis, es decir, el grito y el llanto del dolor inefable que ahogan nuestra voz ante esta tragedia.

¡Señor, escúchanos!

¿Quién puede escuchar nuestro lamento una vez más, sino Tú, Dios de la vida y de la muerte? No has atendido nuestra súplica por la incolumidad de Aldo Moro, de este hombre bueno, apacible, sapiente, inocente y amigo; pero Tú, Señor, no has abandonado su espíritu inmortal  marcado con la fe en Cristo, que es la resurrección y la vida. Por él, por él.

¡Señor, escúchanos!

Oh Dios, Padre de misericordia, haz que no se quiebre esta comunión que perdura todavía, en medio de las tinieblas de la muerte, entre los difuntos que dejaron esta existencia temporal y nosotros que vivimos todavía la jornada de un sol que tramontará inexorablemente. No resulta vana la perspectiva de nuestra existencia de redimidos. ¡Nuestra carne resucitará, nuestra vida será eterna! Que nuestra fe corra pareja ya desde ahora con esta realidad prometida. ¡Veremos de nuevo a Aldo y a todos los que viven en Cristo, cuando gocemos de la bienaventuranza del Dios infinito!

¡Señor, escúchanos!

Y mientras tanto, Señor, haz que nuestro corazón cauterizado por la virtud de tu cruz acierte a perdonar el ultraje injusto y mortal infligido a este hombre tan querido, y a cuantos han experimentado la misma suerte cruel; haz que todos nosotros recojamos en el sudario límpido de su noble recuerdo la herencia perdurable de su rectitud de conciencia, de su ejemplo humano y cordial, de su entrega a la redención social y espiritual de la querida nación italiana.

¡Señor, escúchanos!

Esta conmovedora plegaria de súplica, de perdón, de fe y de esperanza, oración dirigida al "Dios de la vida y de la muerte", fue escuchada con impresionante silencio por la distinguida asamblea internacional presente en el templo lateranense. Terminada tan solemne invocación, el Papa quiso subrayar todavía su paterna participación en el dolor de todos con las siguientes palabras dirigidas a los que se encontraban en la basílica, a la multitud reunida en la plaza de San Juan de Letrán y a los que seguían la ceremonia por radio o televisión:

Antes de que termine el rito de sufragio en el que hemos orado por la paz eterna de este hermano nuestro, levantamos los brazos para bendecir a cuantos están presentes en este templo, a quienes han quedado en la plaza por no haber tenido sitio dentro, y también a todos los que están unidos desde lejos a nosotros espiritualmente; en especial queremos abrazar asimismo con este gesto paterno a cuantos tienen el corazón destrozado y dolorido por algún familiar víctima de igual violencia cruel. Por estas víctimas se eleva también nuestra oración afligida. Sobre todos invocamos la asistencia del Señor que conforta y trae serenidad y esperanza.

 

 



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