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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS MUCHACHOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA JUVENIL ITALIANA


Sala Nervi
Sábado 20 de mayo de 1978

 

Queridísimos muchachos:

Es verdaderamente grande nuestra alegría al encontrarnos hoy con vosotros, al comprobar vuestra fe y vuestro entusiasmo, y al ver con qué gozoso estrépito y con cuánta intensidad de sentimientos representáis aquí a todos vuestros amigos de la Acción Católica Juvenil Italiana. Os damos nuestra más cordial bienvenida y con vosotros saludamos, con paternal afecto, a vuestros beneméritos educadores y a los responsables centrales de la Asociación, y de modo especial a moras. Marco Cé y al prof. Mario Agnes.

Vuestra presencia, numerosa y festiva, dice ya por sí sola cuán generosamente os habéis adherido no sólo a la propuesta cristiana que os ofrecía la vida asociada de esta organización católica, sino también al encuentro nacional de estos días y a la cita de hoy con nosotros: de corazón os expresamos nuestra complacencia y nuestra sincera gratitud.

¿Cómo no reconocer en vosotros, según lo que escribimos ya en el Mensaje para la jornada mundial de la Paz del pasado 1 de enero, a los "muchachos del tiempo nuevo"? En efecto, sois un signo reconfortante de la presencia viva y dinámica en la Iglesia de aquel Señor que, según el profeta Isaías, hace nuevas todas las cosas, produciendo retoños densos de vida y de promesas (cf. Is 43, 19).

Queridos muchachos, hace sólo unos pocos días que hemos celebrado la solemnidad de Pentecostés, es decir, la fiesta del Espíritu Santo, que es el único capaz de "renovar la faz de la tierra" (Sal 104, 30). Y todos vosotros sabéis cuánta necesidad de renovación tiene nuestro tiempo, tan marcado por actos de inhumana violencia, los cuales son signos tristes de decadencia y generadores de muerte. Pues bien, ¿qué podéis hacer vosotros para rejuvenecer a esta sociedad? Ciertamente mucho, si os dejáis guiar dócilmente por el Espíritu de Dios (cf. Rom 8, 14).

Es el Apóstol Pablo quien nos ilumina sobre lo que se pide a nuestro comportamiento diario, vivido bajo el signo de aquel acontecimiento extraordinario de Pentecostés, que no sólo se verificó en Jerusalén, en los primeros tiempos de la Iglesia, sino también en cada uno de vosotros ya por el bautismo y después, con plenitud, por el sacramento de la confirmación.

Oíd lo que nos dice San Pablo: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, generosidad, benevolencia, bondad, lealtad, mansedumbre, dominio de sí" (Gál 5, 22).

Comprendéis enseguida que no hay ideal más alto que éste, nada más entusiasmante y tampoco nada más fecundo y constructivo en el plano de las relaciones humanas.

Sería demasiado largo meditar sobre cada uno de los nueve frutos del Espíritu que nos propone el Apóstol. Nos contentamos ahora con explicar brevemente los tres primeros, que son también los más fundamentales.

Ante todo el amor: de él bien podemos decir que no es sólo una virtud entre las demás, sino que encierra en sí la recopilación entera de todo lo que compone la novedad cristiana.

En efecto, "nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3, 14). Este es el testimonio del que tiene absoluta necesidad el mundo.

Nuestro objetivo es construir una "civilización del amor"; pero acordaos bien de que nada puede construir un mundo de amor sino el amor mismo, el cual es a la vez el fin y el medio y, por consiguiente, la sustancia única del vivir humano a escala cristiana.

En segundo lugar, el Espíritu crea alegría (cf. Act 13, 52), y la alegría es difusiva.

También éste es un testimonio que vosotros podéis y debéis ofrecer a los hombres de nuestro tiempo, a los que el egoísmo a mentido hace fríos y desdichados.

Vuestro gozo no proceda tan sólo de vuestros años jóvenes, que desafortunadamente pasan, sino tenga sólidas garantías de duración sin ocaso por estar arraigado "en el Señor" (Flp 3, 1;  4, 4. 10), en Aquel a quien el salmista canta como "el Dios de mi alegría jubilosa" (Sal 42, 4), porque asegura a todos su adorable misericordia.

Y finalmente la paz.

Vosotros sabéis sin duda cuán cerca del corazón llevamos este tema. Como dijimos en el Mensaje citado, en la parte dedicada a vosotros, la paz hace a los cristianos "capaces de luchar por la justicia y de resolver tantas cuestiones con la generosidad, más aún, con el genio del amor".

Sed también vosotros, queridísimos muchachos, artífices de paz, vosotros que sois la esperanza de un mañana mejor, en la medida en que ya hoy vivís con empeño una vida no sólo de respeto, sino de auténtica . bondad para con todos.

Para terminar, no queremos pasar por alto una última característica esencial del Espíritu Santo, que es la de suscitar apóstoles, consagrados a proclamar la salvación que nos viene de Jesucristo.                              

En efecto, para nosotros el amor, el gozo y la paz no son sentimientos superficiales, sino que deben llevar en sí el sello indeleble de Cristo y de su Espíritu.

Así, pues, también vosotros, muchachos de Acción Católica, estáis llamarlos desde ahora a una obra de evangelización, en los modos y formas que vuestra Asociación os propone.

Así es como vuestro crecimiento cristiano asegura a la Santa Iglesia de mañana el rostro antiguo y siempre nuevo de una comunidad radicalmente fiel a su Señor, mas lama bien abierta y disponible al servicio de los hombres.

Nuestro deseo final es que "el Espíritu de la vida en Cristo Jesús" (Rom 8, 2) os colme de su fuerza y os guíe por los caminos del mundo, haciéndoos descubrir la reconfortante presencia de quien "camina con vosotros cada día" (Mt 28, 20).

Os acompañamos de corazón con nuestra paterna bendición apostólica, que hacemos extensiva a vuestros educadores, a vuestros padres y a todos vuestros seres queridos.


Estaba presente en la Sala Nervi una representación de la "Societa corale Arnatese" de Gallarate (Milán), que celebra este año las bodas de oro de fundación.

Un afectuoso saludo deseamos dirigir también a los miembros de la "Sociedad coral Arnatesa" de Gallarate, que han querido celebrar con un encuentro con el Sucesor de Pedro las bodas de oro fundacionales de la benemérita institución.

Conocemos desde hace tiempo, queridísimos hijos, vuestro entusiasmo, vuestra entrega, vuestra seriedad. Os manifestamos, pues, nuestra paterna complacencia por todo lo que ha realizado vuestra coral en estos tiempos, mediante varias y múltiples iniciativas. Pero mirando al futuro, deseamos que vuestro canto sea no sólo expresión de delicada sensibilidad cultural, sino sobre todo plegaria ferviente e intensa que anime, fecunde y espolee vuestro empeño, siempre creciente y reavivado, de ser testigos alegres y serenos de Cristo, viviendo las exigencias evangélicas a escala personal, familiar y comunitaria, en una sociedad que a veces parece hostil, sorda e indiferente a los valores cristianos.

Con estos deseos os impartimos de corazón una especial bendición apostólica, que hacemos extensiva a vuestros familiares y a todas las personas que os son queridas.

 

 



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