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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A UNA MISIÓN MILITAR ARGENTINA


Jueves 15 de febrero de 1940

 

Os damos Nuestra bienvenida más cordial a vosotros, queridos hijos e hijas de la Argentina, que Nos presenta el Excmo. y muy estimado Señor Embajador. Después de aquella Nuestra visita a vuestra patria, después de las emociones conmovedoras, que sentimos en aquella manifestación grandiosa del Congreso Eucarístico de Buenos Aires, vuestra presencia en Nuestra casa es como el saludo que del suelo patrio Nos envían por vosotros los hijos Nuestros tan amados de las tierras del Plata.

La Argentina es un país de grandes posibilidades, en cuyo suelo ha depositado el Creador inagotables riquezas; un país de amplios espacios; una nación cuyas juventudes, si logran desarrollar con bravura sus egregias cualidades, pueden asegurarla un porvenir de los más prósperos. Vosotros Argentinos, y en particular los que veis los trances de angustia por que atraviesan otros pueblos, tenéis sobrado fundamento para agradecer a Dios Providente el amor paterno con que vela por vosotros. La estatua de Cristo, que en la cima de los Andes recuerda y bendice vuestro pacto de amistad con los pueblos vecinos, es el símbolo de paz verdadera, que Dios quiera veamos erigir pronto en las cumbres más altas de Europa.

Conservad celosamente y por encima de todo los sentimientos religiosos de vuestra vida. El Congreso Eucarístico de Buenos Aires felizmente Nos ha hecho comprender lo profundamente arraigada que está la fe católica en vuestro pueblo. Confiamos en Dios y ardientemente le suplicamos, que esa fe persevere siempre viva entre vosotros y que logréis con ella hacer impenetrables vuestras fronteras al moderno alejamiento de Dios. Este alejamiento de Dios es el fundamento de los males que afligen la humanidad. Donde quiera que él prende, es como un incendio, que todo lo devasta; no solamente seca las almas y las despoja de su eterna dicha, sino además llega hasta destruir la seguridad, el sosiego y el orden en la vida pública de los estados.

Vosotros y cuantos pertenecéis a las clases directoras de vuestra nación, tenéis en esto una grave responsabilidad, pero también una misión elevada: la de ir delante del pueblo con el ejemplo de vuestra religiosidad, la de mantener firme por convicción la fe santa que heredasteis de vuestros padres, la de dar prueba de ella en los sentimientos y en las obras de caridad fraterna, y la de hacer que florezca vigorosa en la vida de la gracia, principalmente por medio de la sagrada Eucaristía. ¡Cuán múltiples y oportunas ocasiones os ofrece para ello vuestra vocación militar, que se desarrolla precisamente entre los jóvenes de vuestro pueblo! Esta misión, de que os hablamos, es —nos diréis, vosotros— de orden religioso. Verdad es. Pero al mismo tiempo es también el mejor servicio que podéis prestar a la patria querida y a vuestro amado pueblo.

En prenda de abundantes gracias, que os conforten en esta elevada misión, a vosotros con vuestras esperanzas y aspiraciones, a vuestras familias, a todo el pueblo argentino y sobre todo a sus juventudes, os damos de la plenitud de Nuestro corazón de Padre la Bendición Apostólica.

 



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