Index   Back Top Print


DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR MANUEL LARREA RIBADENEIRA,
EMBAJADOR DE ECUADOR ANTE LA SANTA SEDE
*

Martes 13 de julio de 194
8

 

Señor Embajador:

La semana de Navidad de 1944 tuvimos la satisfacción de recibir las Cartas Credenciales del primer Embajador de la República Ecuatoriana ante la Santa Sede.

Tres días antes, circundados por los fieles de Nuestra amada Roma y por incontables representantes de Nuestros hijos de todos los continentes, habíamos ofrecido el Santo Sacrificio sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles y pedido al Omnipotente con ardiente plegaria que, para bien no de este o de aquel pueblo, sino de toda la humanidad, quisiese abreviar los días de la tribulación y encauzar finalmente a amigos y enemigos por los senderos de una paz duradera y constructiva.

Estaba vivo aún en Nuestro corazón el recuerdo de aquella inolvidable Misa de media noche, cuando acogíamos a su ilustre predecesor, que tan grata memoria y alta estima ha dejado en Nos.

La palabras que entonces pronunciamos querían reflejar la preocupación y el ansia producidas por el seguro presentimiento de la última e inminente fase de la guerra, en cuantos no se forjaban ilusiones acerca de las formidables dificultades que la solución final del conflicto habría de traer consigo.

Hoy, al dar de todo corazón la bienvenida al nuevo Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, que la confianza del Excmo. Sr. Presidente de la República del Ecuador Nos envía, podemos perfectamente comprobar que aquellas preocupaciones han sido dolorosamente confirmadas por el desarrollo de los acontecimientos.

Efectivamente; si hay algo característico en la hora que vivimos, es precisamente la escasez en frutos, por no decir la esterilidad, de los esfuerzos realizados hasta ahora en esta postguerra, para conseguir una paz verdadera, sólida y definitiva, que dé y que garantice a todos, hasta a los débiles, lo que a cada uno le corresponde.

Es un camino donde se atraviesan los impedimentos y los obstáculos, haciendo inútil toda diligencia en los negociadores, toda acomodación puramente aritmética y toda discusión condicionada por la fuerza.

La cosa, realmente, procede de una raíz: de que falta la conciencia de una norma, reconocida por todos, que sea moralmente obligatoria y por lo tanto inviolable, cuya aplicación a los problemas concretos de la paz detenga y paralice ese pulular de los intereses particulares y egoístas y de las ansias desordenadas de poder.

Doquiera la fe en Dios y la convicción de no poder substraerse jamás a las normas de su ley conserva todavía fuerza suficiente para conseguir que su irradiación llegue desde la conciencia de los individuos hasta el campo de la vida pública, el contraste entre las opiniones divergentes puede componerse en una atmósfera de seriedad moral y de mutua lealtad, que abre el camino a la solución acertada, hasta de los problemas más espinosos.

Doquier en cambio se ha perdido el contacto vivo entre lo que es terrenal y lo que es eterno, falla también en las negociaciones aquel fuerte impulso moral que en el duro conflicto de los intereses es indispensable para conseguir elevarse hasta aquella altura donde la justicia y la paz, feliz y fraternalmente, se dan cita.

Los tratados de paz, en cuya gestación se olvidó o conscientemente se negó el respeto a las leyes no escritas del pensamiento y de la acción moral, se ven privados de aquella fuerza interior obligatoria, que es la primera de todas las premisas para conseguir su deseada vitalidad ; porque la fidelidad a los pactos no se puede esperar ni estar seguro de ella si ambas partes contrayentes no llevan profundamente impreso en su alma el sentimiento de su obligatoriedad.

Por eso la humanidad tiene hoy que lamentar la vida efímera de ciertos tratados solemnes, que al concertarse fueron saludados como hitos fundamentales en el progreso jurídico internacional y en el camino hacia una prudente previsión de la futura paz.

De esta manera los problemas y los peligros mundiales son, o serán bien pronto, problemas y peligros para todos.

Vuestra Excelencia, Señor Embajador, como sus elocuentes y elevadas expresiones claramente demuestran, está profundamente penetrado de semejantes convicciones.

Por eso Nos sirve de especial satisfacción el oír de sus labios que Nuestras incesantes solicitudes por la paz entre las naciones hallan tan cordial comprensión en un país come el Ecuador, ante cuya evocación es difícil permanecer indiferente, pues en él, como en los escarpados y blancos de esos Andes que, más que su osamenta, son casi su robusto cuerpo todo, la elevación, la tendencia a lo alto y a lo grande se diría que son como algo connatural ; «bello, majestuoso, sublime» en su cielo y en su suelo, —para decirlo con frase de un geógrafo poeta—, pero no menos bello ni menos sublime en las almas de sus hijos —una azucena de Quito, la flor cándida y mortificada que poco a poco va acercándose a los supremos honores de los altares; un García Moreno, el gobernante genial, el fiel hijo de la Iglesia, el mártir de su fe— ; ni menos bello tampoco en el buen decir de su inspirada poesía, en cuyos primeros balbuceos fue actor principal nada menos que un Lorenzo de Cepeda, hermano del estático Serafín del Carmelo.

Pertenece también Vuestra Excelencia a una nación, de cuya historia no pueden separarse la herencia de la cultura y de la tradición jurídica latina y el rico patrimonio de la religión cristiana ; un país y un pueblo que viven bajo la protección de aquel Corazón Divino, «que ha amado tanto a los hombres», y que será siempre fiel, estamos seguros, a sus tradiciones espirituales y a sus principios morales básicos.

Con tan consoladora esperanza invocamos las mejores bendiciones del cielo sobre el Excmo. Señor Jefe del Estado, sobre el Gobierno, sobre el católico pueblo de la República y de manera especial sobre Vuestra Excelencia, su dignísimo Representante, mientras que le aseguramos que, en sus gestiones, encaminadas a conseguir que las relaciones entre la Santa Sede y el Ecuador sean cada vez más confiadas y fructuosas, hallará siempre en Nos el apoyo más solícito y cordial.


* AAS 40 (1948) 338-339.

L’Osservatore Romano 14.7.1948, p.1.

Discorsi e radiomessaggi X, p.159-161

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana