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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR PEDRO TRONCOSO SÁNCHEZ,
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
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Lunes 20 de junio de 194
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Señor Embajador:

El cambio en la dirección de la Embajada Dominicana ante Nos, que por disposición del Excelentísimo Señor Presidente de la República pasa de su ilustre predecesor a las expertas manos de Vuestra Excelencia, Nos ofrece la grata ocasión de recordar una vez más los estrechos vínculos que, desde los días del descubrimiento, unen a los hijos e hijas de su hermoso país con el centro de la Iglesia católica.

Historia, varias veces centenaria, de cristianismo y de fidelidad, que parecen proclamar los viejos muros de vuestra, insigne catedral, comenzada ya en los principios del siglo XVI, de los que penden lienzos vetustos donde, entre Murillos y Velázquez, campean gravemente los auténticos retratos de aquellos Reyes Católicos, que se propusieron, como motivo fundamental de sus empresas, la propagación de la fe y la dilatación del Reino de Cristo en la tierra; historia nunca interrumpida, que incluso podría servir para mostrar la eficacia social y educativa de una doctrina que fue capaz de transformar la legendaria Quisqueya en la Atenas del Mundo Nuevo.

Las felices expresiones con que Vuestra Excelencia ha reconocido y reafirmado esta unión tradicional, no sólo en nombre propio sino también en el de su Gobierno y pueblo, han suscitado en Nuestro corazón tanto reconocimiento y satisfacción como legítimo gozo. Son sentimientos que, si posible fuera, reforzarían todavía más Nuestra disposición, siempre atenta y vigilante, en favor de cuanto pueda servir para promover y cultivar las relaciones entre esta Sede Apostólica y su nación, en todos los campos de la vida religiosa, cultural y social; de cuanto pudiera favorecer el verdadero progreso y la sincera prosperidad de un país tan ricamente dotado como el suyo, de esa isla privilegiada donde parece que la mano de Dios quiso volcar sus encantos y sus dones, a lo largo de sus dilatadas y accesibles playas, en sus montañas coronadas de nubes sobre las que reina en silencio el majestuoso Yaque, en sus incontables y frescas venas que, alegrándolo y fecundándolo todo, parecen haberse dado especialmente cita en vuestra maravillosa Vega Real, sumario de prosperidad, de gracia y de frescura.

En los graves peligros, que hoy día proyectan su sombra siniestra sobre la humanidad, Vuestra Excelencia, cuya mirada ciertamente habrá adquirido agudeza especial en sus largas incursiones por los campos de la filosofía, puede atisbar una enérgica y urgente invitación a estrechar, cada vez con más fuerza, los útiles contactos con el centro de la fe y del supremo magisterio de la vida cristiana, a fin de que la sociedad humana, debilitada por su superficialidad y por sus errores, logre aprovecharse, lo más que pueda, de la verdad y de las enseñanzas contenidas en el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Una gran parte de la humanidad, que todavía no ha sido iluminada. por la verdad cristiana, y por desgracia también algunos sectores de la Cristiandad manifiestan, en el terreno religioso y moral, claros síntomas de una anemia perniciosa, en parte incipiente y en parte no poco avanzada.

No se ve la posibilidad de poner remedio a este mal sin una espiritual transfusión de sangre de proporciones más que ordinarias. Pero ¿quién ha de ser el salvador, quién el espiritual donador de sangre en favor de esta humanidad enferma? ; y ¿quién podría serlo sino Aquél, del cual el gran pensador y Doctor Sto. Tomás de Aquino, hace cantar en estos mismos días a su Iglesia orante que una sola gota de su sangre puede salvar a todo el mundo de cualquier mal?

El universo católico tiene puestos ahora los ojos en el inminente Año Santo. Desde todos los continentes, desde las remotas islas del Atlántico y del Pacífico nos llega el eco jubiloso que en el mundo entero ha suscitado la Bula de indicción, publicada el día de la Ascensión del Señor.

Nos esperarnos que también Nuestros devotos hijos de las lejanas Antillas —eclesiásticos y seglares, gentes de toda condición, de toda edad, de toda estirpe y de toda clase social— en tan memorable ocasión se pondrán, con profunda convicción, con ardiente resolución y energía, al servicio de aquellos altos ideales de los que Nos, en este año del gran retorno y del gran perdón, esperamos tan rica mies de gracias y de paz.

En tan consoladora confianza presentamos a Vuestra Excelencia, Señor Embajador, la más cordial bienvenida, mientras que le rogamos que transmita al Excelentísimo Señor Presidente de la República y a los miembros del Gobierno Nuestros mejores deseos y de todo corazón da­mos a todos los amados hijos de su tierra feliz, y de manera especial a Vuestra Excelencia, en este fausto comienzo de su alto oficio, Nuestra Bendición Apostólica.


* AAS 41 (1949) 365-367.

L’Osservatore Romano 20-21.6.1949, p.1.

Discorsi e radiomessaggi XI, p.127-129.

 



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