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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR FELIPE S. PORTOCARRERO,
NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL PERÚ
*

Sala del Consistorio del Palacio Pontificio de Castelgandolgo
Miércoles 17 de agosto de 194
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Señor Embajador:

Es cosa que hace honor a las cualidades de observador y el espíritu reflexivo y perspicaz de Vuestra Excelencia, atraído siempre por todo aquello que es esencial, el que en el solemne comienzo de su alto oficio de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Peruana, haya querido notar en este centro de la Cristiandad, como una de las notas características que más le ha impresionado, su inalterable tranquilidad, serenidad y confianza.

Es una calma, alimentada por pensamientos divinos y rebosante de sosiego y de seguridad, cuyo lenguaje resulta todavía más elocuente si se la considera frente a un mundo agitado e inquieto, perdido continuamente en la búsqueda estéril de nuevas fórmulas de paz, pero que nunca dejará de chocar siempre también con focos nuevos de discordia, mientras no llegue al reconocimiento y a la aplicación de aquellas verdades, sin las cuales es imposible embocar un puerto seguro que abra finalmente el paso a las plácidas llanuras donde se asienta la paz.

Vuecencia, Señor Embajador, viene a Nos como representante e intérprete de un país de tan rancio abolengo católico, que precisamente en su territorio surgió la primera diócesis de toda la América del Sur; de un pueblo, cuya historia forjaron con épicos arranques aquellos titanes de fe tan robusta como sus brazos incansables en la pelea, o como sus pechos forrados de acero, y cuya cultura puede decirse que nació con la vieja Universidad mayor de S. Marcos de Lima, la más antigua de su clase en América, donde florecieron la Teología y el Derecho Canónico y donde sus graduados juraban defender el dogma de la Inmaculada; de una nación, cuyos hijos ven en el cultivo de las confiadas y cordiales relaciones con esta Sede de Pedro una de las tradiciones nacionales que quisieran custodiar con más amor y diligencia, para ponerla al seguro de todo riesgo y de todo daño.

Viene a Nos, en un momento en que otras regiones del mundo pueden servir de ejemplo —¡y bien doloroso!— que demuestre cuán funesto es para los pueblos el que los principios y las intenciones antirreligiosas de algunas modernas corrientes sociales consigan apoderarse de la credulidad o del interés de algunas clases, conquistando así el poder y no temiendo desde él, una vez obtenido, abandonarse a lamentables excesos.

Viene a Nos, precisamente cuando la palabra maternal de la Iglesia, implorada y esperada desde hace mucho, ha llevado a cabo la necesaria división entre el campo de Jesucristo y el de sus adversarios, mostrando a las conciencias católicas, sedientas de verdad y de luz, dónde está el camino franco, luminoso y seguro que conduce a la salvación, y dónde las tortuosas y obscuras sendas que llevan al error.

Pocas veces, acaso, se ha sentido la Iglesia tan tranquila y tan serena en su interior, como se siente en estos momentos, después de que su voz maternal ha resonado por todo el mundo y cuando sus hijos han de decidir el eco que en sus inteligencias, en sus corazones y en sus conciencias debe tener esta palabra, que si en verdad contiene también una amonestación, no por eso deja de estar inspirada tan sólo por el amor y el deseo de su salvación.

Los graves y elevados términos con que Vuecencia ha acompañado, tan dignamente, la presentación de sus Cartas Credenciales, son para Nos como un reflejo del espíritu que alienta en el fiel pueblo peruano, espíritu que ha de conducirle, sin duda, a progresos cada vez más renovados y mayores.

Las amistosas relaciones entre su noble nación y esta Sede Apostólica ganarán siempre en profundidad y cordialidad, si en su amada nación van siendo cada vez más numerosos los que se muestran prácticamente convencidos del lazo indisoluble, que une al rico patrimonio espiritual de su país con los insustituibles valores que emanan de la religión de Jesucristo.

El Perú es una tierra recia, que ha sido comparada a una fortaleza colosal, coronada por dos torreones. En él se admiran justamente sus inconmensurables y fosforescentes playas, tan ricas en refugios naturales, desde la bahía de Paila hasta el puerto de Ilo, y tan generosamente refrigeradas por la fresca corriente peruana; la grandeza de sus cimas andinas, cuyas frentes acarician las tormentas; los encantos de sus lagos tranquilos, de sus alegres cascadas y de sus valles escondidos; las riquezas inagotables de sus bosques, verdadero don de Dios. Y donde un día campearon razas fuertes y numerosas, vive hoy y trabaja un pueblo cordial y hogareño, que tiene a gala ser estimado por sus virtudes domésticas y por su cumplida cortesía.

Otra muchas naciones hermanas forman con él lo que, con frase feliz, ha sido llamado el continente latino del Nuevo Mundo, que, si las apariencias no engañan, podría ser conducido a no tardar por las oscilaciones de la historia y las acciones y reacciones de las energías que en ella se agitan, a una valorización cada vez mayor del puesto que le corresponde, dentro del juego de las fuerzas mundiales. Lo que antes pedía siglos, hoy puede suceder en pocos años, pues tanto para el bien como para el mal vivimos horas de posibilidades siempre crecientes y de términos constantemente acelerados.

Por eso, alimentamos el íntimo deseo, y así lo pedimos al Dios Omnipotente con ardiente plegaria, de que El se digne dar y conservar a los pueblos de la América Latina, y en especial al amadísimo Perú, aquella fuerza, clarividencia y vigilancia, que han de servir para su prosperidad material en este mundo y para su rápido progreso por los caminos de la libertad y de la paz; de este modo, aquellos valores cristianos que ellos llevan consigo, crecerán también con grandeza nueva y renovado esplendor.

Esperándolo así, imploramos la protección y la asistencia divina en favor de Su Excelencia el Señor Presidente de la República, del Gobierno y del pueblo peruano y damos a Vuecencia, Señor Embajador, a su familia y a todos sus colaboradores, con toda la efusión de Nuestro corazón paternal, la implorada Bendición Apostólica.


* AAS 41 (1949) 422-424.

L’Osservatore Romano 18.8.1949, p.1.

Discorsi e radiomessaggi XI, p.173-175.



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