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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL PRIMER CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE GUATEMALA
*

Domingo 22 de abril de 1951

 

Venerables Hermanos y amados hijos que, reunidos en la ciudad de Guatemala, clausuráis en este momento las solemnes jornadas de vuestro primer Congreso Eucarístico Nacional.

Cuando, a fines de la pasada centuria, y con la intención peculiar de promover y consolidar el reinado social de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, comenzaba, casi tímidamente y entre no escasas dificultades, el movimiento de los Congresos Eucarísticos Internacionales, ¿quién hubiera podido pensar que aquella Asamblea de Lila —junio de 1881—, con toda su modestia, estaba llamada a ser el primer eslabón de una cadena gloriosa, que habría de enlazar a no tardar todos los continentes y todas las naciones en una sola explosión de amor, de gloria y de exaltación triunfal, como la que estamos viendo en nuestros días? Tua est, Domine,... potentia et gloria... et tibi laus; Tuyo es, Señor,... el poder y la gloria... y a ti se debe alabanza (1Cr 29, 11).

Pero de los grandes Congresos Internacionales, y como natural preparación y complemento, surgiría enseguida la idea de los Congresos Nacionales, que precisamente en vuestra América española, como correspondía a la robusta fe y a la sólida piedad de la católica comunidad hispánica, ha mostrado una asombrosa fecundidad: Chile, San Salvador, Argentina, Cuba, Bolivia, Ecuador y Perú —para no salirnos de los principales en estos últimos diez años— han sido los dignos escenarios de tan estupendos triunfos.

Ahora bien ; para quien conociese, aun someramente, la naturaleza y la historia de las naciones que integran el Mundo Nuevo, era cosa clara que, en tan gloriosa relación, el nombre de Guatemala no podía ni debía faltar.

No es Nuestra intención, al expresarnos así, referirnos tan sólo a vuestro privilegiado país en cuanto fondo apropiado para cualquier magnífico acontecimiento, con sus volcanes humeantes, sus ruidosas cataratas, sus bíblicas planicies del interior, sus risueños y prósperos vergeles del litoral y todos aquellos encantos y abundancias, que hacen de él como un resumen de toda belleza y riqueza natural. Nuestro pensamiento más bien volaba a aquellas viejas civilizaciones precolombinas, de exquisita cultura y de profunda y limpia religiosidad, con que se inicia el libro de vuestra historia; recordaba aquel 25 de julio de 1524, cuando vuestro país entraba en los tiempos nuevos, ante un altar de la Virgen Santísima y del Señor Santiago, ignorando el hierro del vencedor o el gesto duro de la conquista, y solamente gracias a la labor pacífica y apostólica de los misioneros de Jesucristo y de su Iglesia —¡una nación fundada por un puñado de frailes inermes!—; evocaba las figuras señeras de vuestra vida nacional: un obispo Marroquín, a quien os reconocéis deudores de todo lo bueno que tenéis; un Hermano Pedro de Betancourt, en cuyo espíritu inflamado de celo y de caridad habrían de fundirse las mejores esencias del alma nacional; rememoraba que, si en vuestras letras ha sonado un nombre eminente, si ha habido entre vosotros un hombre de ciencia singular, han sido siempre, casi sin excepción, hombres y nombres que la Iglesia de Jesucristo reivindica también como suyos.

No; Guatemala, sobre todo la Guatemala eucarística, cuya devoción al Santísimo Sacramento del altar es la más firmemente arraigada en los pechos de sus hijos auténticos; la Guatemala que había llenado las Iglesias de media América con los sagrarios, las custodias, los cálices y los copones salidos de las maravillosas manos de sus prodigiosos orfebres; la Guatemala que, en su capital, goza del insigne privilegio de la Adoración continua y sucesiva del Señor Sacramentado expuesto en sus Iglesias, no podía faltar y no ha faltado. Y ahí estáis vosotros ahora mismo dando testimonio al cielo y a la tierra de que Guatemala está donde debía estar.

Y en estos momentos inefables, hijos amadísimos, cuando hasta el mismo Señor eucarístico escuchará más propicio nuestras plegarias, ¿qué es lo que le vamos a pedir?

Las maravillas de la ciencia llevan en estos momentos hasta vuestros oídos las cálidas vibraciones de Nuestra voz paternal. Pero por los mismos espacios insondables los ángeles de paz se diría que Nos traen el eco callado de las oraciones que susurran vuestros labios. Y Nos parece que decís:

«¡Víctima divina, perpetuamente inmolada por nosotros; danos muchos y santos sacerdotes, porque nuestras iglesias son como una lámpara apagada, cuando les falta la mano ungida que encienda en ellas la luz de la Eucaristía e ilumine después con esta nuestras cansadas pupilas!

»¡Pan celestial, "pan de vida" (Jn 6, 48) que santificas nuestras almas, santifica sobre todo nuestras familias y reúnelas en torno a Ti, para hacerlas tuyas, para purificarlas y para darles aquella cohesión y estabilidad que solamente en Ti, roca viva, podrán encontrar!

»¡Dios eucarístico, imán de los corazones; encadena los nuestros con los dulces hierros de tu amor; de ese amor que nosotros, los hijos de esta "Guatemala de la Asunción" queremos aprender en el regazo de nuestra Madre, tres veces coronada!»

Que El, hijos amadísimos, os escuche como merecéis y como Nos se lo pedimos; que El obtenga para las instituciones católicas de un pueblo, que tanto debe a la Iglesia, aquella libertad, aquel respeto y hasta aquella protección, que con razón creen merecerse; que El os otorgue la serenidad en la vida pública y el justo equilibrio en la vida social, por el único camino seguro y aceptable, que es el que enseña la Iglesia; que El os defienda de los falaces engaños de los enemigos, descubiertos y solapados, de vuestra fe; que El os haga tales que con vuestra conducta vayáis pregonando que la Iglesia católica no es ni puede ser nunca, —ni en sus fieles, ni en sus ministros de cualquier grado y procedencia— un peligro para nada ni para nadie, ofreciendo en cambio la más desinteresada y más eficaz colaboración para la verdadera felicidad y progreso de los pueblos.

Vuestra nación, camino entre dos continentes y puente entre dos océanos, está llamada sin duda ninguna a los más altos destinos; pero no habrá de olvidarse nunca de que para cumplir debidamente este llamamiento providencial ha de ser fiel ante todo a su vocación cristiana. Vuestro país suele simbolizarse con el hermosísimo quetzal, de plumaje esmeralda, oro y rubí, que tras las rejas de la jaula pronto languidece y muere; que el Dador de todo bien no permita que nadie le despoje de su mejor ornamento, que es su fe, aherrojándole con las prisiones del engaño y del error, poniendo en peligro hasta su vida.

Así se lo pedimos a Nuestra Señora de la Asunción, vuestra y Nuestra Madre amorosísima; así lo imploramos ante el altar del Señor de Esquipulas, que sabe las ansias y los deseos de todo buen corazón guatemalteco; así lo esperamos del Dios encarnado y escondido, que en este solemnísimo momento adoráis ; mientras que a todos los presentes, a cuantos han colaborado en el Congreso y a toda la amadísima Guatemala, con la plena efusión de Nuestro corazón, paternalmente bendecimos.


* AAS 43 (1951) 443-445

   



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