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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL X CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL CHILENO
*

Domingo 14 de octubre de 1951

 

Venerables Hermanos y amados hijos que, en la hermosa ciudad de Valparaíso, clausuráis el décimo Congreso Eucarístico nacional chileno, convocado, como habéis repetido tantas veces, para rendir un homenaje público y solemne al Rey inmortal de los siglos y Soberano de las naciones, en nombre de la Iglesia y de la Patria [1].

«Date Deo gloriam nomini eius, levate sacrificium et venite in conspectu eius, et adorate Dominum in decore sanct ». Tributad al Señor la gloria debida a su santo nombre, presentadle sacrificios y venid a su presencia y adorad al Señor en su magnífico santuario (1Cr 16, 29); ¡Gloria, honor, y adoración al Soberano Señor Sacramentado: amor y reparación al Santísimo Sacramento del altar!

No hace un año todavía, congresistas amadísimos, que Nuestra voz, sirviéndose de estas mismas ondas etéreas —vehículo una vez más de Nuestra devoción y Nuestro afecto—, llegaba a vuestros oídos para cerrar las solemnidades de aquel inolvidable primer Congreso Mariano nacional chileno, que Nos complacíamos en describir como remate digno de un Año Santo eminentemente mariano. Con tan providencial preparación, quedaba abierto el camino para esta magna Asamblea, perfumada también con esa unción inefable que la Santísima Madre de Dios pone en cuanto toca —puesto que ayer mismo habéis coronado a vuestra Virgen Purísima de Lo Vásquez, objeto de singular ternura para todo digno hijo de Valparaíso—, y también en coincidencia con las grandiosas ceremonias de Fátima, inicio de la clausura del Gran Jubileo extendido a todo el mundo. ¡Concomitancias providenciales y caminos de Dios!; pero ¿no querrá todo esto decir que, a pesar de tantas nubes como cierran los horizontes, de tanta inseguridad en el futuro, de tanto temor y de tanto odio en las almas, podemos todavía esperar, por intercesión de la Reina de los cielos, el triunfo de la caridad y del amor?

«Dios es caridad» (1Jn 4, 8), y así como dio al hombre al crearle, y renovó al redimirle, una participación de su inteligencia y de su verdad infinita, así también encendió en su pecho una chispita de su vida, que es vida de amor. Y, ¿cómo se ha de realizar esto mejor, sino por medio de la Eucaristía, por medio de aquel Sacramento que es a su vez expresión de la caridad de Cristo para con nosotros y forjador de nuestro amor a Cristo?[2]

Quien no ama no vive; y vosotros ahora, correspondiendo acaso como nunca al amor excesivo de un Dios hecho Hostia para ser redención y alimento vuestro, perfeccionáis vuestra vida sobrenatural, que en la mis­ma caridad tiene su raíz : «In caritate radicati» (Ef 3, 17).

Pero esta perfección no será ni plena ni completa si, contentándose con un afecto momentáneo, no sigue bebiendo en la Eucaristía las preciosas lecciones aprendidas en estos días de cielo:

que la Eucaristía es «sacramentum pietatis», el sacramento de la piedad, la cristalización de la piedad da todo un Dios para con nosotros y, por eso mismo, el despertador y conservador más eficaz de una, auténtica vida cristiana íntegra en la fe, pura en las costumbres, incontaminada en los hogares, de una vida de piedad cuya consecuencia natural habría de ser esa abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas, que tanto necesitáis; que la Eucaristía es «vinculum caritatis», el vínculo de la caridad, el lazo que, incorporándonos a Cristo y consumando nuestra unión con El y con nuestros hermanos, debe ser el principio de la fusión de las inteligencias y, sobre todo, de los corazones, entre los miembros de la gran familia humana, entre las diversas categorías de la sociedad; que la Eucaristía, finalmente, es «signum unitatis», el signo de la unidad[3], una especie de expresión visible de aquel gran mandamiento nuevo de Jesús, promulgado precisamente después de instituir el Sacramento de su Cuerpo y Sangre y teniendo a la vista la traición negra del apóstol infiel, triste precursor de cuantos en el futuro hubieran de olvidar el amor fraternal.

¡Católicos chilenos, hijos queridísimos que llevamos siempre en el corazón! ¿Sabéis quiénes son los enemigos de vuestra fe? Los que, como las aves nocturnas, no pueden resistir los fulgores de la luz y por eso cierran los ojos y niegan los esplendores eucarísticos. ¿Queréis reconocer a los adversarios de vuestra caridad? Son los que se alejan de la fuente del amor para poder más a mansalva azuzar los odios de clase y fomentar un fuego que solamente puede ser apagado con las linfas que manan de este torrente de aguas vivas. ¿Deseáis identificar a los verdugos de vuestra unidad? Considerad como tales a los que desertan de la mesa eucarística y se olvidan de sus hermanos, para irse a buscar goces aparentes en los festines de sus mismos adversarios, haciendo —esperamos que inconscientemente— el juego a los enemigos de Dios y de la Iglesia.

No; lo que la Iglesia, necesita, lo que necesita la Patria son almas llenas de fervor eucarístico, esas almas que estos días han cantado hasta enronquecer: «Esta Iglesia de Chile que te aclama — por único Pastor de sus destinos— te implora aquí que guardes nuestra patria cristiana, libre y próspera en tu paz»[4].

La «Perla del Pacífico», la joya preciosa de la antigua bahía de Quintil, la histórica sede que honraron un día la caridad de aquellos insignes prelados que se llamaron Izquierdo y Gimpert, no menos que la arrebatadora elocuencia de un Salvador Donoso o de un Ramón Ángel Jara, la ciudad que se distingue por su devoción al Sacramento del altar, al Corazón Sacratísimo de Jesús y a la Virgen Santísima, os ha prestado un digno marco para vuestro fervor.

Pero Nuestro pensamiento, siguiendo los impulsos de un corazón donde la paternidad universal ensancha los espacios para que pueda caber en él todo el mundo, vuela muy lejos y une lo que la Providencia evidentemente ha querido unir también. En Fátima, junto a las riberas del Atlántico, la Hostia Santa se ha levantado tres días sin interrupción, pidiendo por los pobres pecadores y por la paz del mundo; ahora en Valparaíso, balcón florido sobre el dilatado Pacífico, queremos pedir también por las almas descarriadas, esas almas que con su ausencia son para Nuestro espíritu una de sus mayores aflicciones, esas almas que con los brazos abiertos esperamos todos los días ; queremos pedir también por la paz: paz de las conciencias, paz en el interior de las naciones, paz en la vida internacional.

Que la Virgen del Carmen, patrona del Congreso y protectora especial de vuestro país, quiera, en este Centenario de su escapulario, escuchar Nuestras ardientes plegarias; es lo que, de todo corazón, le pedimos, mientras que, con afecto paternal, a vosotros, Venerables Hermanos, con vuestro clero, a todos los presentes en Valparaíso; a la amadísima nación chilena y a cuantos oyen Nuestra voz, afectuosamente bendecimos.


* AAS 43 (1951) 802-805

[1] Cf. Oración del Congreso.

[2] Cfr. Santo Tomás, Summa Theol. 3 p. q. 73, art. 3, ad 3; q. 78, art. 3, ad 6.

[3] S. Agustín, In Io. 26, 13.

[4] Himno del Congreso.

 



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