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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS FIELES DE VENEZUELA EN LA SOLEMNE CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE COROMOTO
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Viernes 12 de septiembre de 1952

 

Venerables Hermanos y amados hijos, católicos venezolanos, que en la linda Guanare asistís conmovidos a la solemne coronación de vuestra Excelsa Patrona, Nuestra Señora de Coromoto:

Si siempre fue un espectáculo altamente atrayente y conmovedor el ver a una madre circundada por el amor y la devoción de sus hijos; ¿cuánto más lo será cuando, como en las circunstancias presentes, se trata de todo un gran pueblo que, no contento con haberse colocado hace diez años bajo el poderoso patrocinio de su Madre del cielo, anhela ahora exteriorizarle su acendrada piedad y su auténtica sumisión, colocándole en las sienes una preciosa corona y aclamándola como a su Reina y natural Señora?

Y es que este pueblo ha comprendido lo que significa la Virgen Santísima en la historia de las naciones!

Imposible sería ni pergeñar siquiera, prescindiendo de su dulcísimo Nombre, la de vuestro inmenso continente cuya ruta encontró con gesto audaz la ruda proa de una nao que se llamaba precisamente «Santa María» y en un día consagrado a la Virgen del Pilar; cuyo primer nombre, en la piadosa e ingenua lengua de sus descubridores, fue «Archipiélago del mar de Nuestra Señora»; y cuyas playas hollaron por primera vez aquellos esforzados campeones que, bajo el hierro de las armas, escondían un corazón ternísimo, amante de su Madre celestial, come lo fue vuestro Alonso de Hojeda, el hombre que llevaba siempre consigo una imagen de la Reina de los Ángeles y que iba dejando su recuerdo —al incorporarlos al mundo— en las denominaciones de los pueblos y ciudades, de las cimas de las montañas y de los puertos de vuestra nación, una nación eminentemente mariana.

Porque ésta es efectivamente, venezolanos queridísimos, una de vuestras más fúlgidas glorias. Canten unos la belleza de vuestras gigantes cimas, de donde se despeñan abundantes y caudalosos ríos que, atravesando ora las interminables llanuras de suaves y sabrosos pastos, ora las tupidas forestas ricas en toda clase de maderas preciosas, van a desembocar en las feraces tierras del próspero litoral o a mezclar sus aguas con las del imponente Orinoco; celebren otros la suavidad perenne de vuestro cielo, lo templado de su clima o la buena y amable condición de vuestra gente; pondérese justamente la riqueza que el Señor ha escondido en vuestro suelo o el alto ingenio de vuestros hijos, que tan ilustres nombres —un Mariano de Talavera, un Andrés Bello— han dado a la Iglesia y a la cultura de toda la América hispánica; para Nos, especialmente en estos momentos, Venezuela será siempre la tierra de la Virgen y, al recorrerla con la imaginación, lo que Nos vendrá al recuerdo será la Maracaibo de Nuestra Señora de Chiquinquirá, más al sur la Tariba de Nuestra Señora de la Consolación, hacia el centro la Valencia de la Virgen del Socorro, todavía más allá Nueva Barcelona con su Virgen del Tocumo, y como capital, Caracas con sus santuarios de la Merced, de Altagracia y de la Soledad, para citar solamente los primeros que se nos vienen a las mientes. Y todavía, si del continente quisiéramos saltar a las islas nos saldrían a esperar, en la isla Margarita, las torres del templo de Nuestra Señora del Valle.

Pero hay un rincón escogido, al borde de los Llanos y a la sombra de la imponente sierra de Mérida, que la Madre de Dios prefirió entre todos. Estamos en los primeros capítulos de la colonización, segunda mitad del siglo dieciséis. Juan Fernández de León —una recia personalidad donde una vez más se hermanan las ansias expansivas y apostólicas de España y Portugal— funda la «Ciudad del Espíritu Santo del valle de S. Juan de Guanare». El Evangelio parece que penetra con buenos auspicios en nuevos e inmensos territorios; pero hay un alma rebelde y es precisamente la que más interesa conquistar. Es ahora la mitad del siglo diecisiete cuando, para acabar de vencer todos los obstáculos, florece el prodigio. Sobre las aguas tranquilas que corren hacia el fondo de la quebrada —según narra la tradición— una hermosa Señora invita repetidamente a la sumisión y al bautismo. Y cuando tras la rebeldía estalla la violencia entre las manos airadas del que no quería rendirse a la gracia queda esa imagen —vencedora al fin— de Aquella que sabe siempre ganar para gloria suya y provecho nuestro.

El resto de la historia, hasta llegar al gran Santuario Nacional de principios del siglo pasado y hasta ese precioso relicario de hoy, lo sabéis perfectamente, aprendido acaso en el regazo de quien os dio la vida, y conservado entre los más amables recuerdos de una infancia lejana, cuando apenas erais capaces de retener más que la idea central, la misma que esa preciosa joya simboliza: una Venezuela idólatra. transformada en un país cristiano por la intervención maternal de María Santísima; cosa que, como muy bien ha dicho vuestro Episcopado, es «gloria que enaltece y anima vuestra piedad y prenda de maternal amor que empeña la gratitud nacional».

¡Aclamadla, sí, aclamadla, amadísimos venezolanos como medio principal de que la divina providencia se valió para llevaros el beneficio inestimable de la fe! Pero quienes va la poseéis, los que os decís hijos de una nación católica, corred ante su trono de amor y de gracia pidiéndole que os la conserve y os la consolide, libre de las influencias malsanas que buscan ponerla en peligro. Pedidle que la Iglesia, fundada por su Divino Hijo para salvación de vuestras almas, pueda hacer llegar a todas partes el beneficio inestimable de la educación cristiana sin trabas de ninguna clase; que la familia, célula fundamental de toda sociedad, se salve de la carcoma que la corroe, manteniendo intactas su santidad y unidad; que la caridad de Cristo triunfe en las relaciones sociales haciendo llegar a todos los beneficios del justo progreso y del razonable bienestar; que no arraiguen jamás en el pródigo terruño venezolano doctrinas extrañas, especialmente aquellas que ofenden a Ella y a su precioso Hijo negándoles las más excelsas de sus prerrogativas; y que, reconociendo todos su verdadera maternidad, todos se sientan hermanos en Jesucristo, hijos de un mismo Padre que está en los cielos, que pueden y quieren vivir en paz, para dar al mundo, agitado por el odio y por la violencia, el ejemplo de una nación que sabe gozar de los beneficios de la fraternidad cristiana.

¡Hazlo así Tú, Madre amorosísima de Coromoto, Reina del pueblo venezolano, que te dignaste honrar con tu presencia, salvaguardia invencible de su fe! Y escúchalos cuando te cantan : «No permitas que sucumba / nuestra patria en la tormenta ; / la fe de nuestros mayores / en sus ámbitos renueva».

Con estos sentimientos y estos deseos, encomendándoos a vuestra Madre y Reina, os bendecimos, amados hijos: a Nuestro dignísimo Legado, a Nuestros hermanos en el Episcopado, a todo el pueblo venezolano y a cuantos, de una manera o de otra, oyen Nuestra voz, que quiere ser siempre pregonera de Nuestro amor de Padre y testimonio de Nuestra devoción filial a la augusta Reina de los cielos.


* AAS 44 (1952) 739-742.

   



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