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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LAS NIÑAS, ASPIRANTES Y JOVENCITAS
DE ACCIÓN CATÓLICA ESPAÑOLA
*

Domingo 27 de noviembre de 1955

 

¡Amadísimas hijas —niñas, aspirantes y jovencitas de Acción Católica Española— que, llenas de alborozo, celebráis los veinticinco años de vuestras secciones de menores! Aquí está vuestro Padre, el Papa, que os habla.

Y qué pena que estas ondas, así como os llevan Nuestra palabra y Nuestro afecto, sean tan perezosas que no quieran volver trayéndonos vuestra imagen y haciéndonos veros agrupadas en las ciudades y en las aldeas, en las calles y en las plazas, en las Iglesias y en vuestros domicilios sociales. Nos, sin embargo, Nos lo imaginamos, y entonces España Nos parece como un jardín, sembrado de flores, que sois vosotras, flores agitadas por una brisa suave.

¡Cuántas sois: más de ciento veinte mil! Pero hace veinticinco años, cuando aún no habíais abierto los ojos a la luz, vuestras hermanas eran poquitas, tan poquitas que bien las podríamos comparar a una semilla pequeña —la semilla insignificante del Evangelio (cf. Mt 13, 32)— que una mano confiada echaba en un surco generoso. ¿Habéis visto vosotras cómo crece una plantita y se va haciendo grande? Así germinó la semillita aquella; primero una hierbecita, luego un tallo y finalmente un tronco débil. Entonces, precisamente entonces, se desató el huracán y el arbolito tuvo que sufrir tremendas sacudidas y se vio arrancar algunas ramas y hubo sangre; ya sabéis dónde hubo sangre; en Toledo, en Hornachuelos y en Játiva, en Mora y en Pedroches, en esos sitios, que cuando Vosotras los recordáis, os relucen los ojos y os salta el corazón.

Hoy el árbol es grande y a su sombra vivís confiadas. No os olvidéis todos los días de dar gracias por beneficio tan grande, por honra tan singular.

Pero Nos parece oíros, que Nos preguntáis: y ¿qué hemos de hacer nosotras para corresponder a semejantes gracias y a un tal honor?

Oídnos, hijas amadísimas, oídnos bien, que os lo queremos decir con palabras sencillas, al alcance hasta de la más pequeñita de todas.

Sois la esperanza de vuestras familias, sois la esperanza de la Patria, pero sois también la esperanza de ese ejército predilecto al servicio de la Iglesia y de la almas, que se llama la Acción Católica.

Para no decepcionar a los que tanto esperan de vosotras, lo primero formaos muy bien, sobre todo espiritualmente. Los medios no os faltan, y de vosotras dependerá el modelar vuestras almas de modo que salgáis esas cristianas perfectas y completas, de las que el mundo tiene tanta necesidad.

Al mismo tiempo, no olvidéis el apostolado que en vuestro ambiente podéis ejercer, ya desde ahora, en la escuela, entre vuestras amiguitas y acaso en vuestra propia familia. Y nadie sonría, si os hablamos de apostolado a vosotras —niñas y jovencitas—, porque no sería la primera vez que el grande, el sabio o el poderoso han vuelto al buen sendero guiados por una manecita débil, o arrastrados por una súplica inocente o una lagrimita ingenua.

Y por fin, ahí, en vuestras asociaciones actuales, sentíos hermanas de verdad, sin prejuicios sociales, con amor sincero, con esa sencilla fraternidad, que hoy puede comenzar en juegos de nuños, y mañana ser la base de una inteligencia mayor, de una comprensión más completa.

¡Niñas de Acción Católica Española! Que, como decís en vuestra oración, el Sagrado Corazón de Jesús os meta tan dentro de sí que nunca más podáis salir de El, obrando ya desde ahora tan sólo por su amor y siempre por su amor.

¡Aspirantes de Acción Católica Española! Que, siguiendo vuestra ley, actuéis en todos los momentos como auténticas hijas de Dios, amando valientemente a la Santa Madre Iglesia y manifestando sin rebozo vuestra inquebrantable fidelidad a esta Cátedra de Pedro.

¡Jovencitas de Acción Católica Española! Que cumpláis lo que habéis prometido, amando a Dios y al prójimo; sirviendo a la Iglesia, a la Patria y a la sociedad; viviendo la vida de la gracia. 

Y todas —hijas amadísimas, mayores y menores; hijas que el Papa tanto ama—, sed en todos los momentos obedientes, fieles y generosas; haced de vuestra juventud, a imitación de María Santísima, una flor perfumada y pura; sed la alegría y el consuelo de todos; no os dejéis seducir por los cantos de sirena de un mundo corruptor, cayos primeros ecos puede que os empiecen a llegar ya; formaos sólidamente en la oración, en el sacrificio y en el cumplimiento de vuestros deberes cotidianos; y haced de modo que no seáis jamás indignas de las que, en horas mocho más difíciles, os han precedido.

A éstas, a las que van delante señalando el camino, a las que hoy cumplen con la delicadísima misión de formar vuestras almas, una palabra de aliento y otra de gratitud. Si miraseis solamente vuestras fuerzas, la misión que os ha sido confiada os podría espantar; pero no sois vosotras sino la gracia de Dios la que por medio de vosotras lo hace todo (cf. 1Cor 15, 10). Pues solamente, como vuestro decálogo os dice, orando obedeciendo, sacrificándoos y dándoos al Señor, yendo siempre delante con el ejemplo y sintiendo la sublimidad de vuestra misión, podréis alcanzar el ideal altísimo de hacer otros tantos Cristos vivos las almas de esas niñas y de esas jovencitas.

«España es hermosa, hagámosla santa», dice la consigna de vuestras bodas de plata. España es hermosa, sí, en los mil dones con que la mano generosa del Creador la enriqueció, en sus cimas coronadas de nieve, en sus llanuras rubias de mieses, en sus vegas fecundas y sonrientes, en sus playas interminables, donde dos mares acuden a prestarle riqueza y frescura; hermosa en los frutos dorados y dulces de su suelo, en su cielo azul, en sus ríos plateados y caudalosos, en los corazones ardientes y fuertes de sus hijos; hermosa en sus sufrimientos, hermosa en sus empresas, hermosa en su historia. Pero España es mucho más hermosa en las virtudes cristianas que al distinguen, en la pureza de sus costumbres, en la integridad de su familia, en su fidelidad a la Iglesia, en su firme adhesión a una fe, por la que ha demostrado que sabe morir; España es mucho más hermosa en sus santos. Que nunca se apague esta llama en los pechos españoles, que viva y crezca este anhelo de santidad y para conseguirlo haceos santas hoy vosotras y santificad luego todo lo que os rodea.

Nuestras palabras, hijas amadísimas, están para terminar. Dentro de unos momentos las ondas misteriosas dejarán de ir y venir. Pero Nos Nos imaginamos que en los espacios quedará un algo impalpable, porque el amor, aunque no se vea, deja siempre huella; y si miráis a lo alto, os parecerá que mañana y todos los días, desde lo más recóndito de los espacios, desciende continuamente sobre vuestras cabezas la mirada, la voz y la Bendición de vuestro Padre.

Bendición para cada una de vosotras, con vuestras familias, vuestros ideales y deseos, vuestra vida futura y todo lo que en estos momentos llevéis en la mente y en el corazón; Bendición para vuestras Asociaciones y para toda la gran familia de la Acción Católica Española; Bendición para todas las niñas y jóvenes de vuestra patria; Bendición para toda esa España. tan querida, a la que el Vicario de Cristo desea siempre toda suerte de bienes y prosperidades.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol.XVII, págs, 413-416.

   



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