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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
A UN GRUPO DE FAMILIAS DEL MOVIMIENTO
«EQUIPOS DE MATRIMONIO POR UN MUNDO MEJOR»
*

Palacio Pontificio de Castelgandolfo
Martes
12 de agosto de 1958

 

Rompiendo con las exigencias del tiempo y del lugar, hemos querido recibiros separadamente —hijos amadísimos— y dirigiros un breve saludo, no sólo para manifestaros Nuestro afecto paternal, sino también para mostraros el interés con que seguimos vuestro movimiento de « Equipos de matrimonios por un Mundo Mejor ».

Formidable labor ésta de rehacer todo un mundo desde sus cimientos; pero si quiere acometerse esta empresa con probabilidades de éxito, es cosa cierta que el primer elemento orgánico que habrá que fortificar será siempre la familia, repetidamente llamada célula fundamental de la sociedad. Lo que ella sea, será todo el cuerpo; y bien demuestran haberlo comprendido los que la asaltan por todas partes, con la complicidad de las fuerzas del mal y de las pasiones desencadenadas.

Haced, pues, de vuestras familias verdaderos centros de santidad donde el Señor esté siempre presente con su gracia, donde se ore en común, para asistir luego también en común al culto divino y a la recepción de los Sacramentos, donde la ley de Dios sea observada exactamente, donde cada uno de sus elementos aspire seriamente a la perfección con los medios que la misma vida de familia le procura y dentro del cumplimiento de sus deberes propios, donde se forjen los espíritus de los futuros hijos dignos de la iglesia, donde haya calor y fuego suficientes para irradiarlos en beneficio de todos los que os rodean, donde reposen tranquilamente los ojos de un Dios que sabe que allí se hace continuamente su santísima y adorable voluntad.

¡Adelante, pues, familias aquí presentes, escogidas entre las mejores y por eso mismo más obligadas a ello; adelante familias españolas, que fuisteis siempre espejo de todas las virtudes cristianas; adelante, familias de todo el mundo! ¡A convertir toda la tierra en una nueva casa de Nazaret, donde la presencia del Niño Dios sea vuestro ejemplo, vuestra fuerza y vuestro perpetuo consuelo! Y estad seguros de que sólo así encontrará finalmente la humanidad, y con ella todas y cada una de las almas, esa paz y ese consuelo que, pisando otras sendas, tan vanamente ansía.

Nuestra Bendición, que de todo corazón os otorgamos, quiere ser prenda de las mejores gracias del cielo para que tan alto ideal se vea prontamente realizado.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol XX, págs. 281-282.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 



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