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CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
AL PRIMER MINISTRO DEL REINO UNIDO, GORDON BROWN*

 

A su excelencia
Honorable Gordon Brown
Primer ministro del Reino Unido

Señor primer ministro:

Durante su reciente visita al Vaticano, usted me informó amablemente sobre la cumbre que tendrá lugar en Londres los días 2 y 3 de abril de 2009, con la participación de representantes de las veinte economías más fuertes del mundo. Como usted me explicó, ese encuentro tiene como finalidad coordinar, con urgencia, las medidas necesarias para estabilizar los mercados financieros y permitir a las empresas y a las familias superar este período de profunda recesión, así como relanzar un crecimiento sostenible en la economía mundial, y reformar y reforzar sustancialmente los sistemas de gobierno global, para garantizar que dicha crisis no se repita en el futuro.

Con esta carta quiero expresarle a usted y a los jefes de Estado y de Gobierno que participarán en la cumbre el aprecio de la Iglesia católica, así como el mío personal, por los nobles objetivos de ese encuentro, que surgen de la convicción, compartida por todos los Gobiernos y las organizaciones internacionales participantes, de que la salida de la actual crisis global sólo puede lograrse juntos, evitando soluciones marcadas por el egoísmo nacionalista o el proteccionismo.

Escribo este mensaje tras volver de África, donde tuve la oportunidad de palpar la realidad de una pobreza y una marginación extremas, que la crisis podría agravar dramáticamente. También fui testigo de los extraordinarios recursos humanos con los que ese continente ha sido bendecido y que puede ofrecer a todo el mundo.

La cumbre de Londres, como la de Washington en 2008, por razones prácticas y urgentes, se ha limitado a convocar a los Estados que representan el 90% del producto interno bruto y el 80% del comercio mundial. En este marco, el África subsahariana está representada por un solo Estado y algunas organizaciones regionales. Esta situación debe suscitar una profunda reflexión entre los participantes en la cumbre, puesto que aquellos cuya voz tiene menos fuerza en el escenario político son precisamente los que más sufren los efectos perjudiciales de una crisis de la que no son en absoluto responsables. Además, a largo plazo, son los que tienen mayor potencial para contribuir al progreso de todos.

Por tanto, es necesario volver a los mecanismos y las estructuras multinacionales que forman parte de las Naciones Unidas y sus organizaciones asociadas, para escuchar la voz de todos los países y para garantizar que las medidas y las decisiones adoptadas en los encuentros del G-20 sean compartidas por todos.

Al mismo tiempo, quiero añadir otro motivo de la necesidad de la reflexión de la cumbre. Las crisis financieras estallan cuando —en parte por la falta de una conducta ética correcta— los que trabajan en el sector económico pierden la confianza en los instrumentos y en los sistemas financieros. Sin embargo, las finanzas, el comercio y los sistemas de producción son creaciones humanas contingentes que, si se convierten en objeto de fe ciega, llevan consigo las raíces de su propio fracaso. Su único fundamento verdadero y sólido es la fe en la persona humana. Por esta razón, todas las medidas propuestas para frenar la crisis, en definitiva, deben tratar de ofrecer seguridad a las familias y estabilidad a los trabajadores y, a través de reglas y controles apropiados, restablecer la ética en el mundo de las finanzas.

La crisis actual ha suscitado el espectro de la cancelación o la reducción drástica de los programas de ayuda exterior, especialmente para África y para los países menos desarrollados en otras partes. La ayuda al desarrollo, incluidas las condiciones comerciales y financieras favorables para los países menos desarrollados y la cancelación de la deuda externa de los países más pobres y más endeudados, no ha sido la causa de la crisis y, por una razón de justicia fundamental, no debe ser su víctima.

Si un elemento clave de la crisis es un déficit de ética en las estructuras económicas, esta misma crisis nos enseña que la ética no es "externa" a la economía, sino "interna", y que la economía no puede funcionar si no lleva en sí un componente ético.

Por tanto, la confianza renovada en la persona humana, que debe animar todos los pasos para resolver la crisis, se aplicará mejor a través del fortalecimiento valiente y generoso de una cooperación internacional capaz de promover un desarrollo verdaderamente humano e integral. La confianza positiva en la persona humana, sobre todo en los hombres y las mujeres más pobres —de África y de otras regiones del mundo afectadas por la pobreza extrema—, es lo que se necesita si verdaderamente se quiere salir de la crisis de una vez para siempre, sin excluir a ninguna región, y si se quiere evitar definitivamente que se repita una situación análoga a la situación en la que nos encontramos hoy.

También quiero unir mi voz a la de los miembros de diversas religiones y culturas que comparten la convicción de que la eliminación de la pobreza extrema a más tardar en el año 2015, a lo cual se han comprometido los líderes de la cumbre del milenio de la ONU, siga siendo una de las tareas más importantes de nuestro tiempo.

Honorable primer ministro, invoco abundantes bendiciones de Dios todopoderoso sobre la cumbre de Londres y sobre todos los encuentros multilaterales que buscan actualmente los modos de resolver la crisis financiera, y aprovecho esta oportunidad para dirigirle una vez más mi saludo afectuoso y expresarle mis sentimientos de estima.

Vaticano, 30 de marzo de 2009


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°17 p.8.

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 



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