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SANTA MISA CON ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. FABIO FABENE,
SUBSECRETARIO DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Viernes 30 de mayo de 2014

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Hermanos e hijos amadísimos:

Vamos a considerar atentamente a qué ministerio en la Iglesia asciende hoy nuestro hermano.

Jesucristo, Señor nuestro, enviado por el Padre para redimir al hombre, envió, a su vez, por el mundo a los doce apóstoles, para que, llenos del poder del Espíritu Santo, anunciaran el Evangelio a todos los pueblos, agrupándolos bajo el único Pastor, y los guiasen a la salvación.

Para que este ministerio apostólico se perpetuara de generación en generación, los Doce eligieron colaboradores, a quienes comunicaron el don del Espíritu que habían recibido de Cristo, por la imposición de las manos que confiere la plenitud del sacramento del Orden. De esta manera, a través de la sucesión continua de los obispos, en la tradición viva de la Iglesia se ha ido transmitiendo este tan importante ministerio, y permanece y se acrecienta hasta nuestros días la obra del Salvador.

En la persona del obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente entre vosotros el mismo Jesucristo, Señor y Pontífice eterno. Él es quien, en el ministerio del obispo, sigue predicando el Evangelio de salvación y santificando a los creyentes mediante los sacramentos de la fe; es Cristo quien, por medio del ministerio paternal del obispo, agrega nuevos miembros a la Iglesia, su Cuerpo; es Cristo quien, valiéndose de la sabiduría y prudencia del obispo, guía al pueblo de Dios, a través de su peregrinar terreno, hasta la felicidad eterna.

Recibid, pues, con alegría y acción de gracias a nuestro hermano que, nosotros obispos, con la imposición de las manos, hoy agregamos al colegio episcopal. Debéis honrarlo como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, a él se ha confiado dar testimonio del Evangelio y administrar la vida del espíritu y la santidad. Recordad las palabras de Jesús a los Apóstoles: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16).

Y tú, Fabio, hermano amadísimo, elegido por el Señor, recuerda que has sido elegido entre los hombres y puesto al servicio de ellos en las cosas de Dios. Has sido elegido de la grey: que nunca la vanidad, el orgullo y la soberbia te dominen. Y has sido constituido para los hombres: que tu actitud sea siempre de servicio. Como Jesús, así. Episcopado es el nombre de un servicio, no de un honor, porque al obispo compete más servir que dominar, según el mandamiento del Maestro: «El mayor entre vosotros sea como el más pequeño y el que gobierna como el que sirve». Te recomiendo que tengas presentes las palabras de Pablo que hemos escuchado hoy: vigila sobre ti mismo y vigila sobre el pueblo de Dios. Este vigilar significa estar en vela, estar atento, para defenderse a sí mismo de tantos pecados y de tantas actitudes mundanas, y para defender al pueblo de Dios de los lobos que Pablo decía que vendrían.

Proclama la Palabra de Dios en toda ocasión, a tiempo y a destiempo; amonesta, reprende, exhorta con toda paciencia y deseo de enseñar. En la oración y en el sacrificio eucarístico pide abundancia y diversidad de gracias, para que el pueblo a ti encomendado participe de la plenitud de Cristo. Y velar sobre su pueblo también significa rezar, rezar por el pueblo, como hacía Moisés: con las manos levantadas, aquella oración de intercesión, aquella oración valiente, cara a cara con el Señor, por el pueblo.

Cuida y dirige la Iglesia que se te confía, y sé fiel dispensador de los misterios de Cristo. Elegido por el Padre para el cuidado de su familia, ten siempre ante tus ojos al buen Pastor, que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas, y no dudó en dar su vida por el rebaño.

Ama con amor de padre y de hermano a cuantos Dios pone bajo tu cuidado, especialmente a los presbíteros y diáconos —colaboradores tuyos en el ministerio sagrado—; pero también a los pobres, a los débiles, a los que tienen necesidad de acogida y ayuda. Exhorta a los fieles a trabajar contigo en la obra apostólica, y procura siempre atenderlos y escucharlos.

De aquellos que aún no están incorporados al rebaño de Cristo, cuida sin desmayo, porque ellos también te han sido encomendados en el Señor. Y reza por ellos.

No olvides que formas parte del Colegio episcopal en el seno de la Iglesia católica, que es una por el vínculo del amor. Por tanto, tu solicitud pastoral debe extenderse a todas las comunidades cristianas, dispuesto siempre a acudir en ayuda de las más necesitadas. Creo que esto te será fácil en la tarea que te he encomendado en la Secretaría del Sínodo de los obispos.

Vela, vela con amor sobre la grey universal, a cuyo servicio te pone el Espíritu Santo para regir a la Iglesia de Dios. Vela, no te adormezcas, vigila, permanece en vela, y que el Señor te acompañe, te acompañe en este velar que hoy te confío en el nombre del Padre, cuya imagen representas en la asamblea; en el nombre del Hijo, cuyo oficio de maestro, sacerdote y pastor ejerces; y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad.



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