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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA CÁRITAS DE ROMA

Martes 28 de abril de 2015

 

Hermanos y hermanas ¡buenas tardes!

Alguien me hizo saber que esta tarde, en el importante teatro de Brancaccio, vosotros, huéspedes de los centros de acogida de Cáritas de nuestra Iglesia de Roma, actuaréis en la representación titulada «Si no fuera por ti», que relata experiencias auténticas, difíciles, de abandono y marginación vividas por vosotros mismos. Esta iniciativa teatral habla de vuestro amor por los hijos, los padres, la vida y Dios.

Me alegra estar de este modo entre vosotros, para complacerme de vuestra valentía, para deciros que no perdáis la confianza y la esperanza. ¡Dios nos ama, nos quiere a todos!

La modalidad con la que habláis a la ciudad la considero una ocasión de diálogo e intercambio significativo. Vosotros en escena —al mostrar capacidades escondidas, ayudados por profesionales expertos que supieron guiaros a vosotros actores a aflorar los recursos y las potencialidades de cada uno de vosotros— y los demás escuchando, y —estoy seguro de ello— maravillados por las riquezas que se ofrecen. ¿Quién piensa que un sin techo es una persona de la cual aprender? ¿Quién piensa que pueda ser un santo?

Sin embargo, esta tarde vosotros seréis los que hagáis del escenario un lugar desde donde nos transmitiréis enseñanzas valiosas sobre el amor, sobre la necesidad del otro, sobre la solidaridad, sobre cómo en las dificultades se encuentra el amor del Padre.

La pobreza es la gran enseñanza que nos dio Jesús cuando bajó en las aguas del Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista. No lo hizo por necesidad de penitencia, de conversión, lo hizo para ponerse en medio de la gente, la gente necesitada de perdón, en medio de nosotros pecadores, y cargar el peso de nuestros pecados. Este es el camino que eligió para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor de compasión, de ternura y de compartir. El Buen Samaritano que nos recoge golpeados por los salteadores.

Escribía san Gregorio de Nisa, un gran teólogo de la antigüedad: «Considerad bien quiénes son los pobres en el Evangelio y descubriréis su dignidad: Ellos han revestido el rostro del Señor. En su misericordia Él les dio su propio rostro».

Y san Agustín decía: «En la tierra Cristo es indigente en la persona de sus pobres. Es necesario, entonces, temer al Cristo del cielo y reconocerlo en la tierra: en la tierra Él es pobre, en el cielo es rico. En su humanidad misma subió al cielo en cuanto rico, pero permanece aún aquí entre nosotros en el pobre que sufre».

También yo deseo hacer mías estas palabras. Vosotros no sois un peso para nosotros. Sois la riqueza sin la cual vanos son nuestros intentos de descubrir el rostro del Señor.

Pocos días después de mi elección, recibí de vosotros una carta de felicitaciones y ofrecimiento de oraciones. Recuerdo que os respondí inmediatamente diciéndoos que os llevo en el corazón y que estoy a vuestra disposición. Confirmo esas palabras. En esa ocasión os había pedido que rezarais por mí. Renuevo la petición. Lo necesito realmente.

Doy las gracias también a todos los agentes de nuestra Cáritas. Los siento como mis manos, las manos del obispo, al tocar el cuerpo de Cristo. Agradezco también a los numerosos voluntarios, provenientes de las parroquias de Roma y de otras partes de Italia. Así, descubren un mundo que pide atención y solidaridad: hombres y mujeres que buscan afecto, relación, dignidad, y junto a quienes todos podemos experimentar la caridad aprendiendo a acoger, a escuchar y a donarse.

Cuánto quisiera que esta ciudad, repleta en todos los tiempos de personas impregnadas del amor de Dios —pensemos en san Lorenzo (sus tesoros eran los pobres), san Pamaquio (senador romano, convertido, y dedicado completamente al servicio de los últimos), santa Fabiola (la primera que construyó en Porto un albergue para los pobres), san Felipe Neri, el beato Ángel Paoli, san José Labre (hombre de la calle), hasta don Luigi di Liegro (el fundador de nuestra Cáritas de Roma)— decía, cuánto quisiera que Roma pudiera brillar de «pietas» para los que sufren, de acogida para quien huye de la guerra y la muerte, de disponibilidad, de sonrisa y magnanimidad para quien perdió la esperanza. Cuánto quisiera que la Iglesia de Roma se manifestara cada vez más como madre atenta y amable con los débiles. Todos tenemos debilidades, todos las tenemos, cada uno las propias. Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor. Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados de esta ciudad.

Con vuestro trabajo, el teatro de esta tarde, estoy seguro que contribuiréis a acrecentar tales sentimientos. ¡Gracias!

Esperando que os pueda encontrar personalmente, así como sucedió recientemente en la Capilla Sixtina, os envío mi paternal bendición.

Que el Señor nos ayude a reconocerlo en el rostro del pobre. Que la Virgen María nos acompañe en este camino. Y a todos vosotros os pido por favor: no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

 



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