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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL III SIMPOSIO INTERNACIONAL
SOBRE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
"AMORIS LAETITIA"

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Os saludo cordialmente a todos vosotros que participáis en el tercer Simposio internacional sobre la Exhortación apostólica Amoris laetitia, convocado por la Oficina para la pastoral familiar de la Conferencia episcopal italiana.

El tema que os habéis propuesto: «El Evangelio del amor entre conciencia y norma», es de gran relevancia y puede iluminar el recorrido que las iglesias en Italia están realizando, también para responder al deseo de familia que emerge en el ámbito de las jóvenes generaciones. El amor entre hombre y mujer es evidente entre las experiencias humanas más generativas, es fermento de la cultura del encuentro y lleva al mundo actual una inyección de sociabilidad: realmente «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia»[1]. Precisamente la propia familia nacida del matrimonio genera uniones fecundas, que resultan el antídoto más eficaz al individualismo difuso; aun así, en el camino del amor conyugal y de la vida familiar hay situaciones que requieren elecciones arduas, para realizar con rectitud. En la realidad doméstica a veces se presentan problemas concretos para afrontar con conciencia prudente por parte de cada uno. Es importante que los esposos, los padres no sean dejados solos, sino acompañados en el compromiso de aplicar el Evangelio en la concreción de la vida. Por otra parte, sabemos bien que «estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas»[2].

El mundo contemporáneo corre el riesgo de confundir el primado de la conciencia, que hay que respetar siempre, con la autonomía exclusiva del individuo respecto a las relaciones que vive.

Como decía recientemente a la Pontificia Academia para la Vida, «hay quienes incluso hablan de egolatría, es decir, de una verdadera adoración del ego, en cuyas aras se sacrifica todo, incluyendo los afectos más queridos. Esta perspectiva no es inofensiva: dibuja un sujeto que se mira constantemente en el espejo, hasta que llega a ser incapaz de volver sus ojos a los demás y al mundo. La propagación de esta actitud tiene repercusiones gravísimas en todos los afectos y vínculos de la vida»[3]. Esto es una «contaminación» que corroe las almas y confunde las mentes y los corazones, produciendo falsas ilusiones.

Romano Guardini, en un texto suyo sobre el tema de la conciencia, indica el camino para la investigación del verdadero bien. Escribe: «De esta prisión en mí mismo yo me libero solamente si encuentro un punto, que no sea mi yo; una altura encima de mí. Algo sólido y operante que se afirma en mi interior. Y así llegamos al punto central […] es decir a la realidad religiosa. Ese bien […] es algo vivo. […] Es la plenitud de valor del mismo Dios vivente»[4].

En lo íntimo de cada uno hay un lugar donde el Misterio se revela e ilumina a la persona haciéndola protagonista de su historia. La conciencia —recuerda el Concilio Vaticano II— es este «núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla»[5]. Al cristiano le corresponde vigilar para que en esta especie de tabernáculo no falte la gracia divina, que ilumina y fortifica el amor conyugal y la misión paternal. La gracia llena las «ánforas» de los corazones humanos de una extraordinaria capacidad de don, renovando para las familias de hoy el milagro de las bodas de Caná. Comentando ese episodio evangélico, he podido decir que «convirtiendo en vino el agua de las tinajas utilizadas “para las purificaciones de los judíos” (v. 6), Jesús realiza un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría»[6]. Jesús indica en particular la medicina de la misericordia, que sana la dureza del corazón, resanando las relaciones entre marido y mujer y entre padres e hijos.

Queridos hermanos y hermanas, os deseo todo bien para vuestro trabajo en este Simposio. Que pueda ayudar a la Iglesia en Italia a asimilar y desarrollar los contenidos y el estilo de Amoris laetitia; que pueda contribuir a la formación de los animadores de los grupos familiares en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos; que pueda sostener el camino de tantas familias, ayudándoles a vivir la alegría del Evangelio y a ser células activas en la comunidad. Os bendigo de corazón, y os pido por favor que recéis por mí.


[1] Exort. ap. postsin. Amoris laetitia, 31.

[2] Ibíd., 37.

[3] Discurso a los participantes de la Asamblea General de la Academia Pontifica para la Vida, 5 de octubre de 2017.

[4] La concienza, Brescia 1933, 32-33.

[5] Cost. past. Gaudium et spes, 16.

[6] Catequesis en la Audiencia general del 8 de junio 2016.



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