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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN ENCUENTRO ORGANIZADO POR
LA FEDERACIÓN EUROPEA DE
ASOCIACIONES FAMILIARES CATÓLICAS (FAFCE)*

Sala Clementina
Jueves 1 de junio de 2017

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Queridos hermanos y hermanas:

Queridas familias que pertenecéis a esta Federación, de la que se cumple el vigésimo aniversario, os saludo con afecto, y agradezco al Presidente Antoine Renard sus amables palabras.

Veinte años son pocos para hacer balance, pero son sin duda un momento propicio para agradecer al Señor la vitalidad y el entusiasmo de la obra que lleváis a cabo con vuestro compromiso diario. Esta realidad asociativa, “joven” en su espíritu y en su historia, está llamada a contagiar a otras en el servicio a las familias, para que Europa continúe teniendo a la familia como su tesoro más preciado. La imagen del “tesoro” estaba presente en la reunión que ayer os ha traído a Roma, familias de muchos países europeos. Es una imagen que refleja muy bien la estima que todos debemos tener a la familia. Efectivamente, las “familias no son piezas de museo, sino que a través de ellas se concreta el don, en el compromiso recíproco y en la apertura generosa a los hijos, así como en el servicio a la sociedad”. De esa manera las familias son como la levadura que ayuda a que crezca un mundo más humano, más fraterno, donde ninguno se sienta rechazado o abandonado.

1. Vuestras múltiples actividades se resumen en el servicio integral a la familia, célula fundamental de la sociedad, como he recordado recientemente también a las autoridades de la Unión Europea, con motivo del 60 aniversario de los Tratados de Roma. Vuestro trabajo, tanto en el campo eclesial como en el sector civil, podría parecer a primera vista que respondiera a necesidades diferentes y dispares. Pero en realidad responde al servicio de esa buena noticia que es la familia. En Amoris laetitia he querido poner de relieve cómo a partir de la familia podemos hacer concreto el don a través de la belleza y la alegría del amor mutuo. Desde esta perspectiva, vuestra actividad debe ser para todos el recordatorio de que no hay mejor aliado para el progreso integral de la sociedad que favorecer la presencia de las familias en el tejido social. De hecho, sigue siendo actual que la familia es la base de la sociedad y la estructura más adecuada para garantizar a las personas el bien integral necesario para su desarrollo permanente. He querido subrayar cómo la unidad de todos los miembros de la familia y el compromiso solidario de ésta con toda la sociedad son aliados del bien común y de la paz, también en Europa.

La familia es la relación interpersonal por excelencia porque es una comunión de personas. Conyugalidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad hacen posible que cada persona entre en la familia humana. El modo de vivir estas relaciones está dictado por la comunión, verdadero motor de humanización y evangelización. Por lo tanto, hoy más que nunca es necesaria una cultura de encuentro, que valorice la unidad en la diferencia, la reciprocidad, la solidaridad entre generaciones. Este “capital familiar” está llamado a impregnar la vida económica, social y política del continente europeo. El estilo familiar que vosotros os proponéis difundir no está sujeto a ninguna ideología contingente, sino que se basa en la dignidad inviolable de la persona. Y en razón de esa dignidad Europa podrá ser realmente una familia de pueblos (cf. Discurso al Parlamento Europeo, Estrasburgo 25 de noviembre de 2014).

2. Crisis de diferentes tipos afloran actualmente en Europa, incluida la institución familiar. Pero las crisis son acicates para trabajar más y mejor con confianza y esperanza.

Conozco vuestras iniciativas para promover políticas concretas en favor de la familia en el sector económico y laboral, y en otros sectores, encaminadas a proporcionar un trabajo digno y adecuado para todos, especialmente para los jóvenes que en muchas regiones de Europa están sufriendo la plaga del desempleo. En estas iniciativas como en otras que atañen directamente al campo legislativo, siempre debe prevalecer la atención al respeto y la dignidad de cada persona. En este sentido, en la cultura del encuentro está siempre presente una actitud de diálogo en el que la escucha es siempre necesaria. Que vuestro diálogo se base siempre en hechos, testimonios, experiencias y estilos de vida que hablen mejor que vuestros discursos e iniciativas. Esto es imprescindible para el papel de primer plano que mi predecesor san Juan Pablo II indicaba a las familias (Familiaris consortio, 44).

Cuatro crisis sacuden a Europa en este momento: “la demográfica —el invierno demográfico—, la migratoria, la laboral y la educativa. Estas crisis podrían encontrar horizontes positivos precisamente en la cultura del encuentro, allí y cuando los diversos sectores sociales, económicos y políticos se unan para diseñar políticas en favor de la familia. En estos cuatro campos ya os estáis esforzando para proponer respuestas a medida de las familias, viéndolas como un recurso y un aliado para la persona y su entorno. En este sentido, vuestra tarea será muchas veces la de provocar un diálogo constructivo con los diferentes actores del escenario social, sin ocultar vuestra identidad cristiana; es más, esta identidad hará que siempre veáis más allá de las apariencia y del instante. Como habéis destacado, la cultura del instante requiere una educación para el mañana.

3. Para llevar a cabo esta importante tarea, la familia no puede aislarse como una mónada, tiene que salir de sí misma, necesita dialogar y encontrar a los demás con el fin de crear una unidad que no sea uniformidad y que genere el progreso y el bien común.

Queridas familias, habéis recibido mucho de vuestros antepasados. Son la memoria permanente que nos debe impulsar a poner la sabiduría del corazón, y no sólo la técnica en la creación de iniciativas, sobre la familia y para la familia. Ellos son la memoria, y las generaciones más jóvenes son la responsabilidad que tenemos por delante. Con esta sabiduría , por ejemplo, vuestro servicio a la sacralidad de la vida se concreta en la alianza entre las generaciones; se concreta en el servicio a todos, especialmente a los más necesitados, a las personas con discapacidad y a los huérfanos; se concreta en solidaridad con los migrantes; se expresa en el paciente arte de la educación que ve a cada joven como un sujeto digno de todo el amor familiar; se concreta en el derecho a la vida del niño no nacido que aún no tiene voz; se concreta en condiciones de vida dignas para los ancianos.

El trabajo por hacer es mucho y muy complejo. Por lo tanto, sólo reforzando vuestra asociación e invitando a otras familias a unirse la tarea se hace menos difícil, porque la unión hace la fuerza. Tocará a menudo ser el fermento que enseña a otros a trabajar juntos en el respeto de las diferencias y peculiaridades legítimas

4. Por último, os animo a desarrollar con creatividad nuevos métodos y recursos para que la familia pueda ejercer, tanto en el ámbito eclesial como en el civil, la triple tarea de apoyar a las nuevas generaciones, de acompañar en los caminos, tantas veces accidentados, de la vida, y de guía que muestre las referencias de valores y significados en el camino de cada día. Esta triple misión puede ser una contribución específica que vuestra federación, con su servicio diario, ofrezca a las familias en Europa.

Os bendigo y os acompaño con mi oración, a través de la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret. Y vosotros también, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.


* Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede

 



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