Index   Back Top Print

[ DE  - EN  - ES  - FR  - IT  - PT ]

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL DE LOS HERMANOS DE SAN GABRIEL
Y MIEMBROS DE LA FAMILIA MONFORTIANA

Sala Clementina
Viernes, 27 de abril de 2018

[Multimedia]


 

Queridos hermanos y hermanas:

Me complace recibiros con motivo del 32º Capítulo General de los Hermanos de San Gabriel. Agradezco al Superior General sus amables palabras. También saludo a los Misioneros Monfortianos y a las Hijas de la Sabiduría, así como a las Hermanas de San José de Kottayam, con mis mejores deseos en su aniversario.

Esta es la ocasión para recordar, para agradecer y para regresar a los fundamentos sentados, hace más de trescientos años, por San Luis María Grignion de Montfort ―de quien mañana recordaréis el aniversario de la muerte― fundamentos a los que el Padre Gabriel Deshayes dio un nuevo impulso. Uno de estos fundamentos es la Palabra de Dios para meditar constantemente, para que se encarne en la vida y modele poco a poco los pensamientos y gestos sobre los de Cristo. El otro es la Sabiduría, cuyo amor e incansable investigación inspiraron a San Luis María páginas luminosas. Para obtenerla, él nos invita a «escuchar a Dios con humilde aceptación; obrar en él y por él con perseverante fidelidad; adquirir la luz y unción necesarias para inflamar a los demás en el amor a la Sabiduría y conducirlos a la vida eterna» (El amor de la Sabiduría Eterna, n. 30). Poniendo en práctica estos consejos, podréis discernir los desafíos particulares que siempre son oportunidades para “recomenzar juntos desde Cristo y desde Monfort”.

El tema: Vida fraterna y dimensión comunitaria de la misión monfortiana, se propone situar vuestra misión en nuestro mundo marcado por el individualismo y la globalización, por el consumismo, la eficiencia y la apariencia, para tratar de estar presente en él como almas “de fuego”, animadas por el Espíritu y viviendo en la Sabiduría. Según san Luis María, esta es la única riqueza capaz de “enseñarnos a ser”. Es un llamamiento para cada uno de vosotros y para vuestra misión como educadores. Se asienta en una certeza, la de la belleza de la vida, don gratuito de Dios, y en una esperanza: la de la posibilidad de su desarrollo hasta la plenitud a través del crecimiento del amor, que unifica todas las dimensiones de la persona. Esta síntesis se construye todos los días con la oración, con la docilidad al Espíritu Santo, con la fidelidad a su Regla de vida y con la caridad vivida. El ejemplo perfecto para imitar es la Virgen María: como subrayan vuestras constituciones, la consagración total a Jesús a través de María es el recorrido fundamental de la vida mariana de los miembros del Instituto.

Además, la vida fraterna, así como la describen los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47), da testimonio por sí misma. Atrae y evangeliza todos los días, y es contagiosa. Los que nos ven vivir son sensibles a nuestra forma de ser, de aceptar la diversidad de puntos de vista, de hacer frente a las tensiones y resolverlas con delicadeza, caridad y humildad (cf. Evangelii gaudium, 227; Gaudete et Exsultate, 89). En vuestra comunidades o en los grupos de trabajo apostólico, la fraternidad debe estimular a cada uno a ser disponibles al Espíritu olvidándose de sí mismo. Pasar de una vida en común a una vida fraterna puede hacer que el camino diario sea más fácil y más alegre. La atención al hermano que está a mi lado, así como el diálogo, favorecen la comunión en la diversidad. En la crisis espiritual actual, que genera angustia y tristeza debido a la pérdida del sentido de la vida, os invito a formar comunidades acogedoras, donde sea agradable vivir, manifestando especialmente a los jóvenes la alegría de seguir a Cristo y de responder a su llamada. ¡Que se sientan escuchados sin prejuicios, reconocidos y valorados, para que puedan ofrecer con su entusiasmo los dones que Dios les ha otorgado para el bien de todos!

«Amad con el corazón y con las manos» resume lo que aspiráis a vivir y a transmitir. Solo la “civilización del amor” puede dar un alma a nuestro mundo globalizado, presa de cambios constantes. Gracias a vuestro carisma vivido con dedicación y sabiduría, podéis ser faros, destacando el carácter evangélico de la misión educativa. El Evangelio atañe a la vida y a la acción en todos los ámbitos. Meditándolo desde esta perspectiva, impregnará la vida de vuestras comunidades, así como vuestra misión colectiva como educadores. Aprendamos de Jesús, la Sabiduría encarnada, cómo acoger al otro y tejer lazos con él, especialmente si es diferente, de otra cultura, de otra generación, yendo al corazón de su espera y expresando nuestro amor con gestos concretos, de compasión, de compartir, a cuesta de arriesgar, como recordé en Evangelii gaudium (cf. n.º 88). Así, a los desafíos de la transmisión de la fe y de la convivencia se podrá responder con creatividad a través de la pedagogía, del proyecto educativo y social de los institutos. En el centro de vuestra misión, siempre ha estado la atención a los pobres y marginados. Continuad ayudándolos a ser protagonistas de su futuro para ocupar su puesto en la sociedad.

Al mismo tiempo que doy gracias por el tesoro de vuestra vocación en la Iglesia, os invito a “navegar” con confianza y renovado entusiasmo misionero. Que en este tiempo de Pascua, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo esté en el centro de vuestra fe y vuestra consagración, para iluminar vuestro camino en la verdad.

Encomiendo el futuro de vuestra misión a la intercesión materna de la Virgen María, Sede de la Sabiduría, y os bendigo a todos de corazón, junto con vuestros colaboradores. Y os pido que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 27 de abril de 2018.

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana