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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 6 de abril de 1983

 

1. Nos encontramos todavía en el clima de la solemnidad pascual, en el que una inefable experiencia espiritual nos ha hecho gustar la profunda verdad de nuestra fe en Cristo resucitado, "nuestra Pascua" (1 Cor 5, 7), que se ha inmolado por nosotros, pero que no fue derrotado por la muerte, no agotó su misterio y su misión cuando, pendiente de la cruz pronunció las palabras: "Todo esta consumado" (Jn 19, 30). Efectivamente, en ese mismo instante el cumplimiento del designio salvífico de Dios abrió una nueva fase en la historia humana, que Cristo mismo habla consagrado con su resurrección de la muerte: el nuevo Kairós de la certeza de la vida, fundada sobre esa demostración de la omnipotencia divina. Cristo resucitó, como había prometido, porque su Yo profundo se identifica con el principio eterno de la vida, Dios, de tal manera que pudo decir de Sí: "Yo soy la vida" (Jn 14, 6), como había proclamado otra vez: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Con Él, pues, la fuerza omnipotente de la vida ha entrado en el mundo y, después del sacrificio de justicia y de amor ofrecido en la cruz, explotó en su humanidad y, a través de su humanidad, en el género humano y, de cierta manera, en todo el universo. Desde ese momento la creación encierra en sí el secreto de una juventud siempre nueva, y nosotros ya no somos más esclavos del "miedo de la muerte" (cf. Heb 2, 15). ¡Cristo nos ha liberado para siempre!

Con el Jubileo nosotros queremos celebrar también esta victoria de la vida y de la libertad, porque ella da plenitud de dimensión al misterio de la redención y revela la potencia de la cruz. Justamente, pues, con la liturgia de la Iglesia, podemos saludar a la cruz como "esperanza única" y fuente de "gracia" y de "perdón", no sólo hoc passionis tempore, como hicimos el Viernes Santo, sino también in hac triumphi gloria, como cantaremos en la fiesta de su Exaltación (14 de septiembre), casi haciendo eco al alleluia pascual.

2. De este misterio de gloria que fulgura en la cruz (fulget crucis mysterium) nos habla San Pedro en su primera Carta a las comunidades cristianas de Asia Menor, documento fundamental de la reflexión sencilla y lineal, pero densa de significado cristológico, de los Apóstoles y de las primeras comunidades cristianas: "Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo —escribe él—, que por su gran misericordia nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible" (1 Pe 1, 3 s.).

Cristo resucitado domina, pues, la escena de la historia y da una fuerza generadora de eterna esperanza a la vida cristiana, en este Kairós, en esta edad escatológica que ha comenzado ya con la victoria sobre la muerte por parte de Aquel que fue "ya conocido antes de la creación del mundo y manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro" (1 Pe 1, 20).

Esta es la certeza que necesitaba el mundo en que los Apóstoles predicaban el Evangelio de Cristo; ésta es la esperanza que necesita la humanidad de nuestro tiempo, a la que queremos comunicar el mensaje y el don del Año Santo: Cristo ha resucitado y, al resucitar, ha interrumpido lo que parecía, y todavía parece a muchos, un inexorable vórtice de decadencia, degradación y corrupción en la historia. Cristo resucitado nos da la garantía de una vida que no acaba, de una "herencia incorruptible", de una "custodia", por parte de Dios, en favor de los justos, quienes, liberados y renovados por el Redentor, pertenecen ya en la fe y en la esperanza al reino de la vida eterna.

3. La historia terrena y el movimiento cósmico continúan sin duda, su curso, que no se identifica con los ritmos de desarrollo del reino de Cristo. De hecho, el dolor, el mal, el pecado, la muerte cobran todavía sus víctimas, a pesar de la resurrección de Cristo. El ciclo de la sucesión y del devenir no se ha detenido en absoluto: ¡Se habría cerrado la historia! Y, más aún, se repiten continuamente hechos y acontecimientos que hacen pensar en un conflicto insanable, aquí en la tierra, entre los dos reinos o, como decía San Agustín, entre las dos "ciudades". Pensad, por ejemplo, en el contraste que este Año Santo presenta entre la celebración de la redención, por una parte, y por otra, las ofensas a Dios, los crímenes contra el hombre y, en el fondo, los desafíos a Cristo que simultáneamente continúan cometiéndose. Se trata del aspecto más impresionante, la dimensión más misteriosa de la dialéctica histórica entre las fuerzas del bien y las del mal: esto es, el hecho de que se interpongan obstáculos y se haga gala de indiferencia ante las fuerzas de la redención introducidas en el mundo por Cristo con su resurrección como principio resolutivo del contraste entre la muerte y la vida.

Pero he aquí otra verdad que San Pedro ofrece a la reflexión de los cristianos y que se deriva del sermón de las bienaventuranzas: en medio de los sufrimientos y dificultades del tiempo que pasa, los cristianos, todos los cristianos, están llamados a ser como él, los justos que sufren manteniéndose en la certeza de la fe y de la esperanza, y precisamente por este camino están en su puesto, cumplen su misión en la gran dialéctica histórica: son, con Cristo y por Cristo, fuerza de regeneración, fermento de vida nueva.

De aquí la exhortación: "No os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia, antes, conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo vuestro proceder, porque escrito está: Sed santos, porque santo soy yo..." (1 Pe 1, 14-16; cf. Mt 10, 17).

Hoy como ayer y más que ayer, entre las vicisitudes, los conflictos, las variaciones de los tiempos que llevan con frecuencia a situaciones tan escabrosas, a veces incluso dramáticas, el mundo tiene necesidad de que permanezca en medio de él el "pueblo nuevo", que con humildad, valentía y perseverancia se dedique al servicio de la redención y concrete en la buena conducta cristiana la fuerza regeneradora de la resurrección de Cristo.

Esta es la función de los cristianos como evangelizadores y testigos de la redención en la historia; ésta es la misión histórica y escatológica, a la que nos llama el Año Santo


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

En esta primera semana de Pascua, saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua española presentes en esta Audiencia.

De modo particular quiero saludar al grupo de Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús y a las Religiosas Reparadoras del Sagrado Corazón. También a los fieles de diversas parroquias y al numeroso grupo de estudiantes de varios colegios de España. Igualmente saludo a los pequeños grupos y familias procedentes de América Latina.

Con Cristo resucitado la fuerza omnipotente de la vida ha entrado en el mundo, y después del sacrificio de justicia y amor ofrecido en la Cruz, ha invadido su humanidad y por medio de él al género humano. Con el Jubileo queremos celebrar también esta victoria de la vida y de la libertad, porque ésta da su plena dimensión al misterio de la Redención y revela la fuerza de la Cruz.

A todos vosotros os invito a ser evangelizadores y testigos de la Redención en medio de la sociedad: así realizaréis la misión a la que nos llama el Año Santo. A todos os doy con afecto mi Bendición.

 



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