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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de enero de 1989

 

1. Nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros” (Rm 12, 5).

Estas palabras de San Pablo describen, del modo más eficaz, la misteriosa y vital comunión orgánica que hay entre los bautizados en Cristo.

Por ello el texto ha sido propuesto como tema para la oración y reflexión en esta “Semana de Oración por la Unidad de todos los Cristianos”, que comienza hoy y se prolongará, como es sabido, hasta el próximo 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo Apóstol.

Esta “semana” verá unidos en la oración a los católicos con los ortodoxos, los anglicanos y los protestantes. Esto corresponde al espíritu del Concilio Vaticano II que ha definido bien la oración misma, junto con la conversión del corazón y la santidad de vida, “como el alma de todo el movimiento ecuménico” (Unitatis redintegratio, 8).

En el contexto general de la oración por la unidad, cada año se propone un tema particular. Ya desde hace veinte años, el Secretariado para la Unión de los Cristianos y el Consejo Ecuménico de las Iglesias, deciden conjuntamente cuál ha de ser, confirmando la voluntad compartida de recorrer juntos el camino que conduce a la plena unidad por la que rezó el Señor.

La escucha de la Palabra de Dios y la unánime invocación al Padre celestial ponen a los cristianos en la mejor disposición para recibir y comprender el don de la unidad.

2. San Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma, describe lo que él considera como una situación normal en la vida de comunidad: “Siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo” (Rm, 12, 5). La comunidad es considerada como un conjunto orgánico de personas animadas por la misma fe, por una sola esperanza y, sobre todo, por la caridad recíproca. Participan en la misma vida que San Pablo, en la Carta a los Romanos, como en otros lugares, sintetiza con la imagen del “cuerpo”, expresando la naturaleza orgánica de la comunidad cristiana.

No obstante la variedad de miembros, la diversidad y la complementariedad de las funciones, el cuerpo sano es uno, tanto en su ser como en su obrar.

Así es sobre todo también la Iglesia que es llamada precisamente “Cuerpo de Cristo”.

El Hijo de Dios, que ha redimido al hombre y lo ha transformado en una nueva criatura (cf. Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), al comunicar su Espíritu “a sus hermanos, congregados de todos los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo” (Lumen gentium, 7). La fe y los sacramentos dan forma a esta misteriosa comunión: “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un solo cuerpo” (1 Co 12, 13). El bautismo realiza una verdadera y propia incorporación a Cristo, que llega a su plenitud con la participación en la Eucaristía.

La división, desgraciadamente, ha hecho mella profunda en la vida de los cristianos que, precisamente por que están desunidos entre sí, no pueden celebrar juntos la Eucaristía, signo de comunión perfecta. La división es contraria a la voluntad del Señor sobre sus discípulos y genera un malestar profundo en los cristianos sensibles. Sin embargo, no ha podido destruir totalmente la comunión generada por la fe en Cristo y por el único bautismo.

El Concilio Vaticano II, al definir el empeño de la Iglesia católica en el movimiento ecuménico, ha subrayado claramente este hecho, poniéndolo en la base de la búsqueda, paciente y sufrida, de la recomposición de la plena unidad. El Decreto sobre el ecumenismo declara: “Estos que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo, están en una cierta comunión con la Iglesia católica, aunque no sea perfecta” (Unitatis redintegratio, 3). En efecto, los demás cristianos, hermanos nuestros en el Señor, “justificados en el bautismo por la fe, están incorporados a Cristo” (Unitatis redintegratio, 3). Por ello el bautismo “constituye el vínculo sacramental de la unidad” del Cuerpo de Cristo, y por su naturaleza se ordena a la comunión plena en la profesión de la fe, en la participación en la institución de la salvación y en la celebración de la Eucaristía (cf. Unitatis redintegratio, 22).

El bautismo común exige la plenitud de la comunión.

3. San Pablo desarrolla la imagen del cuerpo y especifica: “Nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos la misma función” (Rm 12, 4).

Aplica esta imagen al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. A la idea de la multiplicidad y de la variedad de miembros, añade la de la recíproca solidaridad y complementariedad, afirmando que somos “cada uno por su parte los unos miembros de los otros” (Rm 12, 5) y tenemos “dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada” (Rm 12, 6).

La comunidad cristiana unida se expresa en una sinfonía y sinergia real, es decir, en una cooperación armónica de voces diversas y de acciones múltiples, unidas con el intento de vivir y anunciar el único Evangelio de Jesucristo. La pluriformidad en la unidad es una característica de la comunidad cristiana, diversificada en sus ministerios y carismas de sus miembros y, al mismo tiempo, siempre abierta a todo el mundo en la diversidad de sus culturas.

El Concilio Vaticano II ha recordado la tradicional experiencia histórica de la Iglesia, afirmando que “la tradición transmitida por los Apóstoles fue recibida de diversas formas y maneras. Por esto, desde los mismos comienzos de la Iglesia se explicó diversamente en cada sitio debido a la distinta manera de ser y a la diferente forma de vida” (Unitatis redintegratio, 14). El Concilio ha recordado al mismo tiempo que, a pesar de la división, también entre los demás cristianos todavía “la fe con la que se cree en Cristo produce frutos de alabanza y de acción de gracias” por los beneficios recibidos de Dios y obra en favor de la caridad hacia el prójimo y de la justicia en el mundo. En efecto, “la vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe en Cristo y se robustece con la gracia del bautismo y con la Palabra de Dios oída” (Unitatis redintegratio, 23).

La variedad de auténticas experiencias de vida según el Evangelio no puede, también entre los demás cristianos, dejar de provenir del Espíritu Santo, “ya que Él ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias, y a algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión de la sangre” (Lumen gentium, 15).

4. Nada de todo esto se podrá perder con la unidad. La unidad no mortifica la auténtica variedad, más aún, obra de tal forma que la vida en Cristo sea cada vez más intensa, reflorezca y se exprese en formas cada vez más completas.

El fin de todo el movimiento ecuménico, que gracias a Dios penetra cada vez más profundamente, es precisamente la Unitatis redintegratio, es decir, el restablecimiento de la plena unidad visible y orgánica de todos los cristianos “en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios” (Unitatis redintegratio, 2). Esto podrá suceder en el respeto riguroso de las legítimas diversidades de expresiones espirituales, disciplinares, litúrgicas y teológicas.

Esta visión fue afirmada por el Concilio Vaticano II (Unitatis redintegratio, 14-18) y con alegría la hemos confirmado en la declaración común, que concluyó la visita a Roma de Su Santidad Dimitrios I, Patriarca Ecuménico. Hemos dicho juntos: “Cuando la unidad de la fe es asegurada, una cierta diversidad de expresiones -a menudo complementarias- y de usos propios, no obstaculiza, sino que enriquece la vida de la Iglesia y el conocimiento, siempre imperfecto, del misterio revelado (cf. 1 Co 13, 12)”.

En el espíritu de esta Semana, que acaba de comenzar, terminemos ahora orando juntos, para que Dios, que en Jesucristo quiso unir a todos los hombres en una sola comunidad de salvación, conceda a sus discípulos dar testimonio de unidad en nuestro tiempo.

Repitamos, pues:

“Bendito eres, Señor”.

Santo Padre: Señor, tú enviaste a tu Hijo unigénito para redimir y salvar a la humanidad entera:

Todos: Bendito eres, Señor.

Santo Padre: Tú nos has dado tu Espíritu, Tú nos reúnes en nuestras comunidades:

Todos: Bendito eres, Señor.

Santo Padre: Tú quieres hacer de todos los hombres tu pueblo santo; Tú dispensas dones y talentos y llamas a todos a la unidad de un solo cuerpo:

Todos: Bendito eres, Señor.

Santo Padre: Concede, Señor, que con confianza podamos dirigirnos a Ti como Padre, y decir con un solo corazón: Padre nuestro...


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Mi afectuoso saludo se dirige ahora a todas las personas de América Latina y España presentes en esta Audiencia. Doy mi más cordial saludo a los alumnos de la Asociación Educacional “Antonio Raimondi”, de Lima, y a la peregrinación de jóvenes argentinos.

Asimismo me es grato saludar al grupo de Carmelitas Misioneras Teresianas, así como a las Junioras de la Congregación “Religiosas de María Inmaculada”. Os invito a un fiel y constante seguimiento de Cristo, según el camino de vida trazado por vuestros respectivos Fundadores. Así podréis servir generosamente a la Iglesia y a los hermanos.

A vosotras y a los demás peregrinos de lengua española imparto mi bendición apostólica.



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