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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 8 de febrero de 1989

 

1. Hoy, Miércoles de Ceniza, comienza la “Cuaresma”, que paso a paso nos llevará hasta la Santa Pascua. Este día toma su nombre del rito austero y significativo de la “imposición de la ceniza”.

Ya en la historia del antiguo pueblo de Israel, el cubrirse la cabeza de ceniza quería significar la conciencia de la propia fragilidad y la consiguiente confianza en la poderosa ayuda que viene de Dios (cf. Jdt 4, 11; 1 M 3, 47). La Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, heredera del Pueblo de la Antigua Alianza, se ha inspirado en este rito como símbolo exterior de nuestra voluntad de reconocernos débiles y pecadores y necesitados del perdón y de la misericordia del Padre celestial.

La liturgia nos recuerda hoy, con una expresión severa tomada del libro del Génesis (cf. 3, 19), que nosotros, criaturas humanas, “somos polvo y al polvo volveremos”, al . tiempo que Abraham, hablando con Dios, reconoce que es “polvo y ceniza” (Gn 18, 27). ¿Qué quiere decir esto? ¿No sabemos quizá, por la misma Sagrada Escritura, que el hombre es creado “a imagen de Dios” (Gn 1, 27), el cual le hizo “poco inferior a los ángeles” (Sal 8, 6)?

2. Aquí está precisamente la aparente paradoja de nuestra condición humana: ¡la del hombre que cristianamente Pascal ha llamado “grandeza y miseria”! ¡En nosotros está ciertamente la imagen de Dios, pero desgraciadamente está desfigurada por el pecado! Es necesario restaurarla, es necesario restablecerla, es necesario salvarla. Aquí está todo el sentido de la redención de Cristo, todo el deber de nuestra vida cristiana. He aquí el sentido de este “tiempo fuerte” del año litúrgico, que ante todo debe consistir en una purificación interior, en una purificación del “corazón”, como dice Jesús. Purificación de los pensamientos, de las intenciones, de la voluntad, de los sentimientos, de los afectos, de los deseos, de las pasiones, en definitiva de todo nuestro mundo interior, para que nuestra actitud externa sea verdaderamente sincera y no fruto de esa hipocresía y deseo de “gloria humana” contra los cuales Jesús se mostró tan severo.

La tentación sutil, para nosotros cristianos, es la de aparecer como cristianos sin serlo verdaderamente, pactando con las ideologías y con las modas de este mundo, porque a veces queremos agradar más a los hombres que a Dios. Ciertamente, como nos dice el divino Maestro, debemos realizar nuestras buenas obras “delante de los hombres” (Mt 5, 16) y buscar cualquier medio para hacer creíble y atrayente nuestro testimonio, pero siempre con la intención de que los hombres no centren su atención en nosotros, sino que, a través de nosotros, descubran a Dios y lleguen a Él. Para obtener esto es necesario esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos del Señor; cosa imposible sin un empeño constante ―no importa que sea fatigoso― por una auténtica purificación interior, la única que puede dar a nuestras obras externas el sentido que Dios les quiere dar, es decir, el de ser signos de su bondad y de su misericordia.

3. La Cuaresma es, además, una llamada especial a reconocer en nuestra vida el primado de Dios, de lo sobrenatural, de la vida de la gracia. La criatura, por más que sea noble y preciosa, no puede, no debe nunca ponerse a la par con el Creador, ocupar su puesto o incluso ser preferida a Él. En efecto, Él es, como dice la Escritura, un Dios “celoso”. Sólo Él debe estar en el vértice de todos nuestros intereses, y tiene todo el derecho de exigirlo precisamente porque es nuestro Creador y Salvador.

Para nosotros cristianos, el peligro no es tanto el del rechazo explícito de Dios ―cosa que estaría en contraste demasiado claro con nuestra fe―, sino el de no reconocerle siempre el absoluto primado que le corresponde, el vértice de todos los valores, como fin y fundamento trascendente de todo lo demás. El riesgo, para nosotros cristianos, es el de “servir a dos señores” (Mt 6, 24): adorar, sí, al Señor, pero absolutizar al mismo tiempo, también la criatura. Este dualismo es evidentemente ofensivo para el Señor y crea en nuestra vida incoherencias e hipocresías. Crea una profunda laceración interior. Quizá creamos tener, con tal modo de obrar, mayor éxito, pero en realidad terminamos cayendo en contradicciones enrevesadas.

4. La Cuaresma es, por fin, una llamada a la rectitud, a la coherencia, al orden interior. Dios debe estar en su puesto, es decir, en el primero. Y la criatura ―aunque sea nobilísima, como la criatura humana― debe estar en el segundo. Sólo así, por lo demás, se tiene la verdadera exaltación del hombre. El hombre sólo es grande cuando sirve a Dios. Si se quiere poner a la par con Él o incluso eliminarlo del horizonte de su pensamiento, precisamente en ese momento es cuando el hombre se niega a sí mismo, porque se aleja del Principio trascendente de su perfección y de su misma existencia. ¿Podrá vivir un sarmiento fuera de la vid? De igual forma el hombre no sujeto a Dios o que excluye a Dios de la propia vida creerá afirmarse a sí mismo, pero en realidad está condenado a la muerte del espíritu. Esto se ve por los mismos resultados prácticos de aquellas ideologías que exaltan al hombre ofendiendo a Dios y negándole el primado absoluto sobre todas las cosas y sobre el hombre mismo.

5. Que el período litúrgico penitencial que hoy comienza sea para nosotros la ocasión para un examen de conciencia: ¿Estoy demasiado ocupado por recibir gloria de los hombres y descuido en cambio la que viene de Dios? ¿Estoy demasiado apegado a las criaturas, olvidando el primado de Dios en mi vida y en mi existencia? ¿Escucho más las ideologías de este mundo, a menudo fascinadoras, más que las enseñanzas, austeras pero salvíficas, del Evangelio y de la Iglesia? ¿Soy un cristiano coherente o, por el contrario, junto a Dios hay en mi vida “otros dioses”? ¿Es Dios verdaderamente el vértice de todos mis valores, o en mi vida hay cosas o actividades que se sustraen a su dominio, que no están ordenadas hacia Él?

He aquí, queridos hermanos y hermanas, algunas preguntas que pueden servirnos para nuestro examen de conciencia al principio de la Cuaresma, para que el camino que comienza sea fructuoso y no se reduzca a una mera celebración exterior. Renovemos nuestro empeño por una profunda vida cristiana, realizada con todo nuestro fervor y entregada sinceramente al Señor. No quedaremos defraudados.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora afectuosamente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En esta mañana son particularmente numerosos los jóvenes, en especial de Chile y Argentina, a quienes doy mi más cordial bienvenida. Saludo y aliento en sus trabajos ministeriales al grupo de sacerdotes mexicanos aquí presentes, así como a los demás peregrinos de México.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto la bendición apostólica.



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