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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ISLÁMICA DE IRÁN
ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 16 de octubre de 1986

 

Excelencia:

1. Bienvenido hoy al Vaticano para la presentación de las Cartas Credenciales por las que habéis sido designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Irán ante la Santa Sede. Os agradezco los saludos que me habéis expresado de parte de vuestro Presidente, Su Excelencia el ayatolá Seyyed Alí Hoseini Jamenei, y desearía que le transmitierais la seguridad de mis oraciones al Dios Altísimo por toda la gente de vuestro País.

2. Habéis señalado justamente que en diversas áreas del mundo existen conflictos armados que están causando una miseria incalculable, sufrimiento y pérdida de la vida humana. Algunos de estos conflictos tienen un origen reciente, mientras que otros son el resultado de un largo proceso y de continuas divisiones tradicionales, entre pueblos. Os aseguro que estoy profundamente afligido por los sufrimientos del pueblo de Irán a causa del presente estado de guerra en vuestra región

En el mundo en el que vivimos, cada vez más interdependiente, el conflicto armado no es un asunto puramente local. Inevitablemente tiene repercusiones internacionales y acrecienta las tensiones y divergencias entre grupos de naciones y entre bloques. Por esto los ojos del mundo se dirigen con sumo interés al triste conflicto que se está desarrollando en vuestra región desde hace casi una década. Indudablemente es verdad que los disturbios que tan frecuentemente suceden en el orden social y entre las naciones proceden en parte de las tensiones económicas, políticas y sociales. Pero es claro que –según la visión religiosa que caracteriza nuestra perspectiva– a un nivel más profundo ellos dimanan de la soberbia y del egoísmo del hombre, que contaminan también las esferas social y política. Esto constituye un motivo de gran dolor para los que entienden que la voluntad de Dios, en relación con el hombre, es que éste viva en paz y fraternidad con los demás, construyendo un mundo en el que puedan florecer la justicia y la misericordia y en el que el más apreciado tesoro, la vida humana, sea siempre respetado y defendido.

Realmente la verdadera convicción religiosa conduce a un gran respeto por el hombre, por todo el ser humano. Ella enseña que el bien común de los hombres está en su base determinado por la ley eterna de Dios. En este sentido, la fe religiosa descubre los males que acompañan al estallido y a la continuación de los conflictos armados entre los pueblos. Al mismo tiempo, la fe en la universal providencia de Dios Todopoderoso abre nuestros corazones a la esperanza bien fundada de que la paz arraigará al fin en todos los pueblos del mundo. Mi oración ardiente es que la verdadera paz junto con la justicia sean pronto restauradas en vuestra región.

3. En relación con uno de los temas a los que Su Excelencia se ha referido, desearía recordar la posición de la Iglesia Católica tal como fue formulada autoritariamente por el Concilio Vaticano II en relación al problema de la guerra. «Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, suscritos por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuencias sean menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los combatientes heridos o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos tratados; es más, están obligados todos, especialmente las autoridades públicas y los técnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para que así se consiga mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las guerras» (Gaudium et spes, 79). Como Vuestra Excelencia sabe, en muchas ocasiones yo no he cesado de llamar la atención sobre estos principios y de recalcarlos y he expresado un juicio severo cuando se ha visto que no han sido respetados.

La Santa Sede espera que la conciencia de toda la familia humana apoye más decisivamente los instrumentos para responder, con medios pacíficos, a las causas del conflicto. Diálogo y negociación continúan siendo las mejores vías para resolver las disputas entre las naciones y los pueblos. Donde existen o se han registrado injusticias, éstas sólo pueden ser superadas si los sentimientos de paz se aceptan de todo corazón.

Su Excelencia ha expresado la esperanza de que vuestra misión como destacado Representante diplomático de vuestro País ante la Santa Sede os dé una gran satisfacción personal y contribuya a establecer entre la República Islámica de Irán y la Santa Sede relaciones fructíferas y provechosas para la paz.

Confío también en la comprensión y colaboración de Su Excelencia y de las autoridades de la República Islámica en relación con la situación de las comunidades cristianas de vuestro País.

Usted comprenderá fácilmente que la vida religiosa de estas comunidades requiere la presencia y el trabajo de un número suficiente de sacerdotes y personas consagradas, muchos de ellos generosamente enviados por las iglesias de otros países.

Estoy seguro de que la feliz solución de algunos episodios perturbadores de fecha reciente, no sólo contribuirá al buen desarrollo de las relaciones entre la República Islámica de Irán y la Santa Sede, sino que conducirá también a un aumento de la proximidad y cooperación entre los musulmanes y los católicos de todo el mundo.

Invoco las abundantes bendiciones del Dios Todopoderoso sobre vosotros y sobre vuestros conciudadanos. 


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 46, p.6.



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