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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL COMITÉ PARA LAS RELACIONES PÚBLICAS
DE LA ASAMBLEA PARLAMENTARIA DEL CONSEJO DE EUROPA
*

Jueves 17 de marzo de 1988

 

Señor Presidente,
queridos amigos:

1. Me siento feliz de tener esta oportunidad para dar la bienvenida a los miembros del Comité para las relaciones públicas de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. Entre los demás compromisos vuestros, aquí en Roma, habéis querido incluir este encuentro, y os puedo asegurar que estoy contento de expresar mi interés personal y el respaldo convencido de la Santa Sede a los objetivos y tareas que constituyen el programa del Consejo de Europa. Me agrada evocar que el Papa Pablo VI recibió a los miembros de vuestro Comité, hace trece años, el día 5 de mayo de 1975, y yo mismo me alegro ya de la visita que realizaré a Estrasburgo, el próximo octubre, durante la cual hablaré a la reunión plenaria de la Asamblea Parlamentaria.

2. Una simple relación sumaria de las tareas de vuestro Comité sirve para destacar los elevados, aunque también difíciles, ideales que han marcado las intenciones y procedimientos del Consejo de Europa desde su creación, tras las experiencias dramáticas de la segunda guerra mundial. Una de vuestras principales tareas es iluminar y alentar a la opinión pública en relación a la unidad europea, la defensa de los derechos y el fortalecimiento de principios y prácticas democráticos entre los Estados miembros. También mantenéis contactos con los parlamentarios elegidos para representar a las gentes de los veintidós países pertenecientes al Consejo, tratando de promover una solución concorde de los problemas que afectan al desarrollo social, político y cultural de Europa. También tratáis de salvaguardar las libertades y derechos de individuos y grupos en el contexto de las complejas y cambiantes estructuras y relaciones de los Estados miembros.

Han pasado casi cuarenta años desde que se fundara el Consejo de Europa en 1949. En estos años se han logrado muchas cosas importantes. Un ejemplo representará a todo ello: la firma de la Convención Europea sobre los Derechos humanos, con la consecuente y progresiva atención de la opinión pública a la necesidad de defender y apoyar, en todas partes, la dignidad de todo ser humano, y la conciencia de la dignidad inalienable de la persona, como base sobre la que se debe construir toda sociedad que desee definirse como civilizada y justa. Con el paso del tiempo la necesidad de defender los derechos y dignidad humanos no ha disminuido. Ciertamente, adquiere una mayor urgencia de cara a las nuevas situaciones, y en relación con los avances en los campos científico y tecnológico. En esto, el Consejo de Europa y su Asamblea Parlamentaria han permanecido fieles a la inspiración originaria de la que surgieron. Es un signo de gran esperanza y aliento, que ello sea así en el corazón de Europa, el viejo continente, cuyo destino histórico ha contribuido tanto en el resto del mundo, para bien o para mal.

3. Con sus logros y fracasos, Europa ha dejado una marca indeleble en el curso de la historia, y tiene, por ello, una responsabilidad que los representantes de sus pueblos no pueden sino asumir y proseguir. En el fortalecimiento de una conciencia europea entre todos los pueblos, incluyendo aquellos no representados en vuestra Organización, Europa experimenta un vago, casi inconsciente, sentido de obligación hacia sus gentes y hacia el resto de la familia humana. Para estar a la altura del reto de satisfacer esta obligación, Europa necesita recobrar su más profunda identidad. Necesita superar cualquier repugnancia que haya para reconocer el patrimonio y civilización común de sus gentes y naciones, divididas, como estén, por fronteras físicas, políticas e ideológicas, pero unidas por lazos de una cultura que verdaderamente las abraza a todas.

La anomalía de divisiones estrechas dentro de Europa se hace más patente cuando se olvida que la unidad de Europa es de carácter espiritual mucho más que político. En su mayor parte está fundada en valores cristianos y en el humanismo en ellos contenido. Como dije hace unos años a un grupo de obispos de mi patria: A pesar de las diferentes tradiciones que existen en Europa entre su territorio Este y Oeste, en cada una de ellas vive el mismo cristianismo... Precisamente éste está enraizado en la historia de Europa. Este forma su genealogía espiritual” (Discurso a los obispos polacos en Jasna Góra, 5 de junio, 1979). Tal consideración es un factor extremadamente importante en la comprensión del papel de Europa hoy. Estoy profundamente convencido de que, si Europa desea conseguir de nuevo su unidad fundamental, debe asumir los valores que el cristianismo trajo y que desde el comienzo entraron en la sociedad y cultura europeas.

4. Estoy muy contento en este momento de expresar mi apoyo a la Campaña pública europea sobre la interdependencia y solidaridad Norte-Sur que el Consejo de Europa está llevando a cabo para promover la conciencia pública de la compleja relación entre los pueblos de Europa y del Tercer Mundo. Toda la cuestión de la interdependencia y necesaria solidaridad entre los países desarrollados y subdesarrollados forma una parte substancial de mi reciente Encíclica sobre el compromiso social de la Iglesia. La Iglesia aborda tales cuestiones desde un punto de vista eminentemente moral y religioso, pero cuando se trata de una cuestión de justicia, paz, fraternidad y solidaridad entre los pueblos, hay espacio suficiente para la interacción y colaboración de todas las fuerzas que trabajan por el genuino bienestar de la familia humana.

Quiera Dios ayudarnos a todos a amar y servir a nuestros hermanos siempre más sabia y generosamente. Pido su bendición sobre cada uno de vosotros y vuestros colegas en la Asamblea Parlamentaria. Que Él vele por vosotros y vuestras familias, así como por las naciones que representáis.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 33, p.20.



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