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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE BÉLGICA ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 17 de octubre de 1988

 

Señor Embajador:

Acogerle por primera vez a causa de la noble misión que Su Majestad Balduino I le ha confiado recientemente ante la Sede Apostólica de Roma me ofrece una particular alegría. Agradeceré a Su Excelencia que exprese mi satisfacción y mi gratitud a Su Majestad por la designación de su persona, y que presente mi respetuoso saludo a la Reina Fabiola. Su común adhesión a la Sede de Pedro es muy profunda: en varias ocasiones, he sido testigo impresionado y dichoso de ello.

Hoy, Señor Embajador, comienza usted a ocupar un lugar entre las distinguidas personalidades – y pienso naturalmente en su predecesor inmediato, el Barón Paternotte de La Vaillée – que se une a la serie de los Embajadores de Bélgica ante la Santa Sede. Acepte mis fervientes cumplidos y mis más cordiales deseos. En su persona, tengo la impresión de recibir a Su Majestad el Rey de los belgas y a su Gobierno, e igualmente a este buen Pueblo de Bélgica apreciado en diversas ocasiones y más profundamente a lo largo, de mi visita pastoral en mayo de 1985. Mis frecuentes encuentros con los principales grupos de la población belga han dejado un excelente recuerdo en mi memoria y una gran esperanza en los recursos morales y espirituales de su Nación. Le agradezco el haberlo considerado en su amable saludo.

La Bélgica de hoy, nacida a la independencia en 1830, es un pueblo joven dentro del amplio concierto de una Europa a la búsqueda de unidad, de un nuevo espíritu. Los antiquísimos orígenes etnográficos de su País, sus desarrollos socio-económicos destacables en la Edad Media, en la época del Renacimiento, en nuestro tiempo, su patrimonio artístico de gran envergadura y calidad, su cultura general marcada por una evangelización precoz, son otras tantas sólidas raíces que dan hoy a Bélgica una original fisonomía y la hacen capaz de aportar mucho a Europa, al mundo, y, añado: a la Iglesia.

Este es el noble País al que Su Excelencia tendrá desde ahora el honor y la responsabilidad de representar aquí, con el fin de que los lazos sólidamente establecidos entre el Gobierno y la Sede Apostólica perduren para el mayor bien de las dos partes contratantes. Desde el total respeto de las competencias, estas relaciones constantes y cordiales han contribuido al dinamismo manifestado por Bélgica en su vinculación concreta a los valores de una civilización inspirada por el Cristianismo. Lo ha destacado usted en el discurso que me acaba de dirigir. También tengo la convicción de que estos lazos diplomáticos han favorecido la maravillosa epopeya misionera de la Iglesia que está en Bélgica a través del mundo. Esta vitalidad del pueblo belga ha hecho decir que el mundo estaba por todas partes en Bélgica y Bélgica por todas partes en el mundo.

Señor Embajador: la elevada misión que inaugura usted en este día será seguramente diferente de las funciones diplomáticas que ha ejercido hasta ahora. Está usted acreditado ante la Sede Apostólica de Roma, en torno a la cual se articulan todas las diócesis católicas del universo. Será usted el testigo directo de la actividad de una Iglesia que ha recibido la misión de ser «la luz del mundo y la sal de la tierra», si bien formando parte de la comunidad humana, como lo destacaba mi predecesor, el Papa Juan XXIII, particularmente en las Encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris. Por lo tanto —sin sustituir de ningún modo a los Gobiernos responsables— la Iglesia debe aportar fundamentales y originales luces sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre el sentido de la historia. Lejos de vivir aislada, ella quiere contribuir a la creciente humanización de la familia. Esta perspectiva es la de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual. De este documento conciliar se desprende una antropología cristiana que apunta a educar a los cristianos – y más ampliamente a los hombres y mujeres de buena voluntad – para hacerlos hermanos. Sin monopolizar el ordenamiento del mundo, la Iglesia, según los medios de que dispone, se esfuerza por promover sin cesar las bases de una humanidad digna de tal nombre y conforme al plan de Dios. Predica los valores morales que son el respeto de la vida así como la dignidad de toda persona y de todo pueblo, los caminos del diálogo para solucionar las tensiones o los conflictos, la justa distribución de los bienes, la prioridad dada a los más pobres, la libertad religiosa indispensable para la paz social.

En el momento que comienza su misión, me gozo, Señor Embajador, de oírle afirmar que se compromete usted totalmente por el camino de las buenas relaciones diplomáticas entre Bélgica y la Santa Sede. Sepa que encontrará siempre aquí la acogida, las informaciones, el apoyo que tiene el derecho a esperar. Haciéndome eco de las finas felicitaciones que me ha expresado con ocasión del décimo aniversario de mi elección para la Sede de Pedro, le repito mis más fervientes deseos para el fructuoso cumplimiento de su nueva misión. Mis deseos se extienden a su estancia en Roma. Pueda ésta ofrecerle numerosas alegrías en el plano de la vida eclesial, de la cultura, de las relaciones humanas. Invoco sobre su persona y sobre sus colaboradores en la Embajada de Bélgica, así como sobre su hogar y sobre su querido País, las más abundantes bendiciones del Señor.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.48, p.23.



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