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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA POPULAR DE POLONIA
ANTE LA SANTA SEDE
*


Jueves 5 de octubre de 1989

 

Señor Embajador:

1. Este es un momento importante, un momento histórico. Se restablecen las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Polonia, lo cual significa una plena normalización de las relaciones recíprocas entre el Estado y la Iglesia en nuestro país. Lo demuestra, por lo demás, la ley del 17 de mayo de 1989 sobre la actitud del Estado hacia la Iglesia en la República Popular de Polonia, así como la voluntad recíproca de establecer en un próximo futuro una convención, y por tanto un importante documento de carácter internacional. A aumentar mi gozo, el de la Santa Sede, el de la Iglesia, y, supongo, el de toda la nación polaca, contribuye el hecho de que este acto solemne y oficial confirma y en cierto modo sella el principio de un gran bien que apareció en el horizonte de nuestra historia: un bien que desde hace decenas de años no ha cesado de ser objeto de las aspiraciones de los hijos y de las hijas de nuestra tierra natal, la mayoría de los cuales son, desde hace más de un milenio, hijos e hijas de la Iglesia.

El bien del que hablo es la creación de unas condiciones en que el hombre, los grupos sociales, los diversos ambientes, y toda la nación, puedan realizarse a sí mismos y realizar el bien común conforme a la propia vocación, a la propia conciencia y a la propia sensibilidad, en la libertad y en el respeto recíproco de la dignidad humana. Es un verdadero don de Dios, proyectado, según la fe de la Iglesia, en el acto de la creación, y llevado a su plenitud en el misterio de la Redención.

2. Precisamente por esto, el día inaugural de mi pontificado exclamé en la plaza de San Pedro: «¡Ayudad... a todos aquellos que quieren servir a Cristo..., al hombre y a toda la humanidad! ¡No tengáis miedo! Abrid... las fronteras, los sistemas económicos, los sistemas políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del progreso» (22 de octubre de 1978).

Y al despedirme de mi país, tras mi primer viaje pontificio, dije: «Este viaje ha sido con seguridad un acto de valentía por ambas partes. Pero nuestros temores ante tal acto lo hacían necesario. A veces ocurre correr el riesgo de dar un paso incluso adonde nadie hasta entonces había osado llegar» (Palabras pronunciadas en el aeropuerto Balice de Cracovia, el 10 de junio de 1979).

3. Hoy Polonia es nuevamente el país de la valentía y de los acontecimientos que tienen fuerza profética sobre todo para aquellas partes del mundo donde el hombre sufre aún; donde sufren grupos sociales o grupos que confiesan la misma religión; donde falta una opinión unánime acerca de ese bien que es la misma persona humana, su dignidad, y las cosas que ella ha producido y que son indispensables para que el hombre pueda ser imagen y semejanza de Dios.

No han faltado en nuestra patria momentos de retroceso y de fracaso. No se le han ahorrado a la nación los sufrimientos, las humillaciones y las lágrimas que en la Iglesia completan lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col 1, 24) y que, con la fuerza de su Resurrección, se han convertido en fuente de la victoria y de la alegría.

Y no han faltado por ambas partes hombres que, a veces contra toda esperanza, se han esforzado con paciencia por conferir a la patria y a la sociedad una nueva forma. Por esto doy gracias a la Providencia divina. Doy las gracias también a todos los que han tenido el valor de pensar y de actuar a la medida de los peligros y de los deberes históricos. La sociedad polaca ha recorrido mucho camino a lo largo de los últimos decenios. La Iglesia ha desempeñado en ello un papel importante.

El camino que falta por recorrer es aún muy largo y difícil. Graves tareas quedan todavía por realizar. Harán falta aún muchos sacrificios, mucha prudencia, mucha paciencia y mucho valor.

Comparto con toda la nación el gozo por aquello que es nuevo, grande y deseado. Comparto con vosotros los temores, y pongo en las manos del Dios Todopoderoso y misericordioso, por intercesión materna de la Reina de Polonia, todo el futuro tan prometedor. Confío en los insondables recursos espirituales y en las universales capacidades de mis compatriotas, en su sabiduría experimentada1 a lo largo de la historia, en la fidelidad a la propia tradición, y en sus facultades creativas que le permiten no sólo sobrevivir, sino también renacer siempre de nuevo. No existe otro camino fuera de la renovación. Cada paso atrás sería un mal augurio para el mundo de hoy. Por tanto, repito hoy a mis compatriotas 1as palabras del Apóstol: lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que... si voy a veros..., oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu... buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás» (Flp 1, 27; 2, 4)

4.Señor Embajador, por mandato del Presidente de Polonia usted está realizando el acto histórico de entregarme las Cartas Credenciales.

Dentro de poco realizará el mismo acto el representante de la Sede Apostólica en Varsovia. Todo esto tiene lugar casi exactamente cincuenta años después de la partida del último Nuncio y el fin de su misión en Polonia causado por la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias.

En el 50° aniversario de la Segunda Guerra Mundial, que debe seguir siendo siempre una advertencia para el mundo, precisamente de Varsovia se elevó la voz de la gente de buena voluntad y la oración de los que creen en Dios para que Él proteja a la humanidad de semejantes pruebas, y para que impida que la conciencia de los hombres tome decisiones locas e inhumanas. ¿Cómo no ver también en esto la mano de la Providencia divina?

Por lo tanto, en la Carta al Episcopado Polaco con ocasión del 50º aniversario de la Segunda Guerra Mundial, escribí: «Se puede decir que Europa, a pesar de las apariencias, no está aún curada de las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Hacen falta enormes esfuerzos y mucha buena voluntad tanto en el Este como en el Oeste; hace falta una verdadera solidaridad para que esto suceda» (n. 6).

5. Para concluir, quisiera una vez más expresar la esperanza de que las decisiones, y los actos solemnes que las sancionan, respondan tanto a las razones y a las tradiciones milenarias de Polonia, como a las aspiraciones actuales de toda la sociedad polaca; que, según cuanto declaró la Secretaría del Episcopado polaco, influyan en la realización de los derechos cívicos en nuestro país y abran nuevos horizontes a la actividad de la Iglesia para el bien de la sociedad; y que, favoreciendo el crecimiento del prestigio del Estado polaco en el plano internacional, se conviertan en un elemento importante del orden ético en la convivencia entre las naciones (17 de julio de 1989). En este contexto, permítame repetir una vez más las palabras de mi predecesor Pablo VI, gran amigo de la nación polaca. El dijo que «una Polonia rica y feliz... sirve también para el interés de la paz y de la buena colaboración entre las naciones europeas» (1 de diciembre de 1977).

Recientemente el Presidente del Consejo de Ministros de Polonia dijo: «Queremos vivir dignamente en un país soberano, democrático y donde reine la legalidad, que todos, independientemente de los diversos conceptos del mundo, de las diversas ideas y orientaciones políticas, puedan considerar propio. Queremos vivir en un país que tenga una economía sana, donde valga la pena trabajar y ahorrar, y donde satisfacer las fundamentales necesidades materiales no implique angustia y humillación. Queremos una Polonia abierta a Europa y al mundo. Una Polonia que sin complejos de inferioridad aporte su contribución a la creación de bienes materiales y culturales» (12 de septiembre de 1989). Prosiguió luego, en el mismo espíritu, hablando de la necesidad de la gran reconciliación nacional.

La Iglesia ha servido siempre para la consecución de ese programa en nuestra patria. Pido al Señor que este programa una en torno a sí todo lo que hay de bueno en nuestro país, a fin de que libere y dé la inspiración a nuevas iniciativas, para que Polonia, fiel a Dios y a sí misma, no defraude.

Le deseo, Señor Embajador, que, según las nobles palabras que pronunció en nombre suyo y de las supremas autoridades del Estado polaco, usted sea en Roma portavoz de los verdaderos intereses de la patria y de la nación.


*L'Osservatore Romano, Edición semanal en lengua española, n.46, p.6.



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