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VIAJE APOSTÓLICO A BRASIL
(12-21 DE OCTUBRE DE 1991)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE EL GOBIERNO DE BRASILIA*

Lunes, 14 de octubre de 1991

 

Excelencias; señoras y señores:

1. Con gran satisfacción me dirijo a todos vosotros, miembros de !as misiones diplomáticas acreditadas ante el Gobierno brasileño, pues veo en vosotros a los artífices de la noble y compleja tarea de lograr una comprensión cada vez mayor entre las naciones. La Santa Sede acompaña con verdadera simpatía esa misión y desea apoyarla, compartiendo los anhelos de paz y diálogo, núcleo de toda la acción diplomática.

Agradezco a vuestro decano, su excelencia Mons. Carlo Furno, sus cordiales palabras de bienvenida; pienso que puedo interpretarlas como la manifestación de apoyo de todos vosotros, y por tanto de vuestros Gobiernos, a la tarea de estrechar cada vez más las relaciones diplomáticas con la Sede Apostólica, y de lograr una mayor comprensión amistosa de la acción desplegada por la Iglesia católica en sus relaciones internacionales, constantemente inspiradas en los valores supremos del bien, la verdad y la justicia.

En este sentido, quiero deciros en primer lugar que la Santa Sede aprecia mucho vuestra función, que es la de contribuir a la salvaguardia de la paz, procurando la colaboración de los diferentes países en la consecución del bien común y de la promoción social. Me produjeron mucha satisfacción los acuerdos logrados en el ámbito de América Latina y del Norte, así como los que tienden hacia una perspectiva de horizontes más amplia, a saber, los contactos de diversa índole con la Comunidad económica europea, con miras a favorecer el desarrollo de las relaciones económicas mundiales. La Iglesia ve con interés ese acercamiento, porque puede abrir el camino para una contribución significativa, tanto para la paz entre los pueblos, como para un nueva dimensión efectiva de los proyectos políticos y económicos en los países en los que son evidentes los desequilibrios sociales. Así, pues, reviste particular interés el esfuerzo de todas las naciones sudamericanas en la tarea de estrechar sus lazos de amistad y unión. Todos los países de ese continente están llamados a dar testimonio de amor cristiano y de colaboración entre las naciones.

La Iglesia ve y verá siempre el diálogo entre los hombres como un instrumento indispensable para que puedan reconocer la Verdad que, iluminada por el Mensaje de Cristo, los ha hecho capaces de descubrir en el prójimo no sólo un hermano, sino también un hijo de Dios. Por eso, no dejará nunca de exhortar a las naciones más desarrolladas a una mayor comprensión, para que no se eximan de su responsabilidad de ayudar a los países que, por sí mismos, no "alcanzarían un grado de desarrollo justo y razonable, conforme a niveles que estén de acuerdo con la dignidad humana.

Los recientes acontecimientos del Este europeo, con el derrumbamiento cada vez más acentuado del marxismo y, al mismo tiempo, la concentración de esfuerzos tendentes a la recuperación de las economías de esos países, no permiten desviar la atención de las situaciones dolorosas que afligen a tantas naciones. Eso fue lo que afirmé en la reciente encíclica Centesimus annus: «Será necesario un esfuerzo extraordinario para movilizar los recursos, de los que el mundo en su conjunto no carece, hacia objetivos de crecimiento económico y de desarrollo común, fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores, sobre cuya base se deciden las opciones económicas y políticas» (n. 28).

Por esta razón, dirigiéndome a comienzos de este año al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, destacaba el hecho de que «si 1990 ha sido el año de la libertad, 1991 debería ser el año de la solidaridad» (n. 3; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de enero de 1991, pag. 6).

3. La Santa Sede, imbuida por este espíritu de colaboración y con el objetivo de participar en esa obra benéfica y urgente de la que los pueblos esperan una era de tranquilidad y bienestar, envía sus representantes a los diversos países para colaborar no sólo en el desarrollo de las Iglesias locales, sino también en el bien civil y humano de las poblaciones. La Iglesia, que es depositaria de un humanismo nuevo, -un humanismo cristiano-, es capaz de realizar una tarea humanizadora en sintonía con su misión primaria, que es evangelizadora. Tanto más influyente y eficaz será su función humanizadora -de fermento cultural, promoción humana, alfabetización y educación de base, asistencia social y toma de conciencia popular- cuanto más fiel sea a su misión primaria, que es y seguirá siendo religiosa.

En esta perspectiva, la Iglesia se hace presente en todas las naciones en las que tiene representaciones diplomáticas, a la vez que aspira a establecerlas donde aún no ha sido posible.

La Santa Sede está convencida de la buena acogida que muchos países dan a su obra. Por eso, manifiesta su confianza en las actividades de quienes tienen responsabilidades públicas en cada nación, con el objeto de que se mejoren las condiciones de vida, no sólo en el ámbito nacional, sino también en el de toda la familia humana.

4. Siguiendo esa línea de ideas, me dirijo a los responsables de las naciones y, par tanto, a sus representantes, con el fin de que no dejen de promover el verdadero bien de las personas y de los pueblos en el seno de la comunidad internacional. Sed siempre mensajeros de la paz y del diálogo, con vistas a una convivencia internacional armoniosa para la construcción de un mundo más humano y pacífico. Empeñaos en la aplicación de la ética política, mucho más necesaria hoy por cuanto se dispone de una gran gama de medios técnicos que ofrecen grandes recursos, ya sea para el progreso del individuo, ya para su destrucción. Están en juego los derechos individuales y sociales del hombre. La vida humana no puede ser manipulada a través de la coerción física o moral, que deriva de intereses políticos y financieros. «Que sea total el respeto hacia el hombre, en el que brilla la imagen de Dios» (Mensaje «Urbi et orbi», cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de abril de 1991, pag 8).

Por último, renuevo mi «apremiante llamada a cuantos ocupan puestos de responsabilidad -ya sean jefes de Estado o de Gobierno, legisladores, magistrados y otros-, para que aseguren con los medios necesarios la auténtica libertad de conciencia a todos los que residen en el ámbito de su jurisdicción, con particular atención a los derechos de las minorías» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1991; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de diciembre de 1990, pag. 22). La libertad religiosa, que en este Brasil que nos hospeda encuentra un ejemplo digno, es un impulso para el despertar de los pueblos en la búsqueda de la libertad verdadera.

Poniéndonos constantemente ante esa misión mundial de paz, en la justicia y en la libertad, hallaremos las palabras y los gestos que, gradualmente, construirán un mundo digno de los seres humanos, el mundo que Dios quiere para los hombres y cuya responsabilidad les confía, iluminándoles la conciencia.

Estos son los deseos y los anhelos que el Papa manifiesta a los ilustres representantes de los diversos países que se encuentran aquí. ¡Que Dios os inspire! ¡Que bendiga vuestras patrias y proteja vuestras familias! ¡Que guíe a la comunidad internacional por los caminos de la paz y la fraternidad!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.43 p.6.



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