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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
AL CUERPO DIPLOMÁTICO EN EL JUEVES SANTO*

Jueves 11 de abril de 1963

 

Excelencias y estimados Señores:

La ceremonia del Jueves Santo, en su sencillez, es una de las más emotivas de toda la liturgia de la Iglesia. La hora misma en que tiene lugar le da mayor sugestión: al atardecer, nos dicen los evangelistas –«vespere autem facto»–, Cristo «se sentó a la mesa con los doce discípulos» (Mat. 26, 20).

Momento solemne del culto católico este aniversario del primer Jueves Santo, celebrado todos los años con fervor por los cristianos de todo el mundo, con repercusiones siempre benéficas para el conjunto de los pueblos de la tierra.

De todas las enseñanzas encerradas en el misterio de esta celebración, quisiéramos señalar principalmente tres.

El Jueves Santo, en primer lugar, es el día en que se cumplió la más perfecta adoración a Dios, gracias a la institución del sacrificio definitivo por parte de Cristo. Los holocaustos de la antigua alianza se cumplen ahora en la víctima sin mancha que mañana se ofrecerá en la Cruz y que a partir de esta noche se reconoce en los símbolos del pan y del vino, predichos desde tiempos antiguos: «Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abraham... sacando pan y vino» (cfr. Heb. 7, 1 y Gen. 14, 18). El pan y el vino, según el orden de Melquisedec (cfr. Sal. 109, 4), dan al Sumo Sacerdote la materia para el maravilloso Sacramento que El instituye en este día: la Eucaristía, el verdadero sacrificio, en el cual todos los demás se cumplen. En la persona de Cristo, el primer deber del hombre, que es la adoración, se realiza de la manera más eminente: es el Verbo encarnado, el Hombre-Dios, Quien rinde el homenaje más perfecto al Rey todopoderoso e inmortal de los siglos.

El Jueves Santo es también el día en que Cristo, a punto de morir, deja a su iglesia sus consignas supremas. La cena ha terminado; los Apóstoles han comulgado con el nuevo Sacramento instituido por su Maestro. Este, en ese momento, les abre su corazón y con un emotivo discurso, del cual el Evangelista San Juan nos ha transmitido los conceptos esenciales, los prepara para su futura misión (cfr. Juan, 13, 16). Tres ideas les da principalmente, tres rayos de luz, que iluminarán su camino cuando El los deje: caridad, unidad, prontitud para el sacrificio. De ello, se originará un nuevo método de difusión de la verdad: método particular de la Iglesia, que no tendrá otro igual en ninguna sociedad terrenal.

En efecto, sólo con medios puramente espirituales los Apóstoles arrostrarán todos los peligros y difundirán por el mundo entero, a precio de su sangre, el mensaje de verdad y de vida, de que son depositarios.

Este mensaje la Iglesia continúa difundiéndolo a través de las edades y con los mismos métodos. En la actualidad como en el pasado, Ella invita sin descanso a los hombres a la unidad en la caridad. Y esto es lo que ha querido repetir – con un lenguaje que esperamos sea escuchado y comprendido por todo el mundo – la Encíclica Pacem in terris. Nos alegra que aparezca en este día en el cual brotaron de los labios de Cristo las palabras divinas: «Amaos los unos a los otros» (Juan 13, 34). Efectivamente, es en primer lugar, una gran invitación al amor lo que Nos hemos querido lanzar a los hombres de esta época, ¡Reconozcan ellos de buen grado su origen común, que los hermana a todos, y únanse! Que, gracias a la caridad que penetrará los corazones, todos los hombres de Gobierno sientan que una nueva energía los anima; que la caridad los ayude a creer en la presencia de Dios en la historia a aceptar su ley hasta las consecuencias lógicas y las aplicaciones concretas que implica. Que se sientan así inclinados a hacerlo todo, absolutamente todo, obedeciendo a un deber que los supera, que trasciende la vida de los individuos. Y que con este espíritu, no descuiden nada de lo que puede favorecer el desarrollo de la persona humana y asegurar en la tierra una vida de sociedad cuyos sólidos fundamentos sean la verdad, la justicia, la paz y la libertad. En ese documento solemne de Nuestro magisterio Nos hemos tenido sólo el deseo y el propósito de ser el humilde eco del testamento de Cristo, el intérprete de las divinas y emotivas confidencias del Jueves Santo.

Tercera lección: El ejemplo dado por Cristo. La liturgia a la que habéis asistido, cuando es celebrada solemnemente por el Obispo en su catedral, implica una ceremonia suplementaria particularmente sugestiva y también cargada de altísimas enseñanzas: es la del lavatorio de los pies, la aplicación práctica del ejemplo dado por el Maestro divino – «os di el ejemplo» – y referido por el Evangelista San Juan con términos de sencillez y belleza incomparables.

«Y comenzada la cena, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que El había salido de Dios y a El se volvía, se levantó de la mesa, se quitó la túnica y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego, echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjuagárselos con la toalla que tenía ceñida». (Juan 1.3, 3-5).

¡Que espectáculo, estimados Señores, y qué ejemplo! ¡Cristo arrodillado a los pies de sus discípulos, prestándoles el más humilde de los servicios!

La Iglesia ha aprovechado esta valiosa lección, que se repite en la actualidad en todas las catedrales del mundo, donde puede verse a los Sucesores de los Apóstoles, revestidos con los ornamentos litúrgicos, repetir el gesto de su Maestro.

Pero más que el gesto, es el espíritu del mismo lo que cuenta y la lección no interesa sólo a los jefes religiosos. Toda orden, todo ejercicio de la autoridad, es un servicio. El Papa gusta llamarse a sí mismo. «Siervo de los Siervos de Dios». El siente y se esfuerza por ser el servidor de todos. Quiera Dios, que aquellos sobre los cuales recae la responsabilidad de la comunidad humana comprendan ellos también de buen grado esta última y gran lección del Jueves Santo y sepan reconocer que su autoridad será aceptada con mayor buena voluntad por sus pueblos si la ejercen con el espíritu de un humilde servicio y de absoluta dedicación al bien de todos.

Estos son, Excelencias y estimados Señores, los conceptos que Nos sugiere esta reunión. Si Nos es siempre grato ver reunidos a nuestro alrededor a los distinguidos Representantes de las naciones extranjeras, esta reunión, iluminada por la celebración litúrgica del Jueves Santo, parece adquirir un carácter de intimidad y de confianza más emotivo que de costumbre. Vuestra presencia Nos acerca a las innumerables multitudes de hombres a los que Cristo, por Nuestro intermedio, repite en este día su invitación a amar y a servir humildemente a sus hermanos. Y Nuestro deseo más hondo, lo sabéis, es el de ver a toda la gran familia humana responder dócilmente a Nuestra invitación, finalmente reunida y en paz.

A vosotros, Excelencias y estimados Señores, Nuestros mejores votos de felices y santas Pascuas, enriquecidas con las gracias que Nos pedimos con toda Nuestra alma que recaigan en vuestros seres queridos y en todos los pueblos que representáis tan dignamente ante Nos.

Así sea.


*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°558, p.3, 4.

 



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