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  DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL RECIBIR EL PREMIO BALZAN PARA LA PAZ*

Sala Regia
Viernes 10 de mayo de 1963

Excelentísimos Señores:

Regi saeculorum immortali et invisibili, soli Deo honor et gloria! ¡Al rey de los siglos, inmortal e invisible, al único Dios, honor y gloria! (1 Tim. 1, 17). Esta oración que todos los días sube a Nuestros labios, confiere su tono a 1a ceremonia de hoy.

A Dios, en efecto, va en primer lugar Nuestra gratitud, en el momento en que Nos es entregado el Premio de la Paz la Fundación internacional Balzan. A El plugo difundir la paz en los corazones y suscitar esta iniciativa que, en Nuestra persona, quiere ser un homenaje a la Iglesia y a su misión de paz entre los hombres.

Nuestro agradecimiento va después a vosotros, Excelencias, que habéis sabido acompañar la entrega de este don con palabras tan nobles y elevadas, y se extiende a los miembros de los diversos Comités de la Fundación y a todas las altas personalidades que con su presencia han querido dar singular solemnidad a esta ceremonia.

Hemos querido recibiros en el recinto del Palacio Apostólico, cuya monumental construcción trae hasta nosotros el eco de los siglos pasados. Precisamente aquí, a la Sala Regia, Reyes y Emperadores vinieron para visitar a Nuestros Predecesores, y muchos de los frescos que decoran estas paredes perpetúan el recuerdo del homenaje tributado por los grandes de esta tierra al sucesor del humilde Pescador de Galilea.

Las circunstancias cambian, a lo largo de los siglos, y el encuentro reviste a veces formas diversas, pero no menos conmovedoras. Cuando Nuestro Predecesor el Papa León XIII hizo que se escuchara con claridad en el mundo, con la Encíclica Rerum Novarum, la voz de la Iglesia, amiga de los trabajadores y del progreso social, el Palacio Apostólico fue testigo de un espectáculo verdaderamente sugestivo : la llegada de la «peregrinación del trabajo». En aquella ocasión ya no se trataba simplemente de los representantes del poder temporal, sino que eran humildes hijos del pueblo que habían encontrado de nuevo el camino del Vaticano y subían por sus majestuosas escaleras, a ver al Padre de la Cristiandad.

Nos es grato evocar este recuerdo en esta circunstancia. La aspiración a la justa paz, de la que somos hoy felices testimonios, ha penetrado en los espíritus y en los corazones de todos, sin distinción, con un acento más marcado, al parecer, entre las clases obreras. Permitidnos, además, ver en el acontecimiento que explica vuestra presencia aquí, queridos Señores, el resultado y como la coronación de un largo proceso: traído por la ola de la opinión pública extendida por todas partes, un testimonio de alto significado es entregado hoy por vuestras manos a quien representa aquí en la tierra al «Príncipe de la paz». Vuestro gesto traduce, en la forma más elocuente, la aspiración unánime de los hombres y de los pueblos.

Este amplio asentimiento, del cual sois intérpretes tan calificados, ha querido expresarse directamente en la presente circunstancia, y la ceremonia iniciada aquí tendrá dentro de poco en San Pedro su natural terminación. Nos os invitamos ahora a ir allí juntamente con Nos, para recoger el eco de la adhesión de los corazones que vibran con el sublime ideal de la paz. Será para vosotros motivo de complacencia, estamos seguros de ello, oír a la «vox populi» dar su entusiasta asentimiento al gesto tan noble que habéis venido a realizar.

 


*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°562, p.1.



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