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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Sábado 3 de agosto de 1963

 

Queridísimos hijos presentes en esta audiencia general, a todos nuestro saludo y bendición. Queremos con este saludo y bendición manifestaros el placer que nos procura vuestra visita, alegrar vuestras almas, honrar a los países, las diócesis, las instituciones a que pertenecéis, invocar sobre vosotros la abundancia de las divinas gracias y dar a este hermoso y singular momento la plenitud de sentido católico que le conviene.

En efecto, en este momento celebramos nuestra vocación de hijos de Dios, de hermanos en Jesucristo, de miembros de su Iglesia en la única fe y en la común caridad que Cristo nos ha dejado y enseñado.

Para dar más expresión espiritual a este instante, os exhortamos a orar por toda la Iglesia, por sus esperanzas y sufrimientos, y a orar por todo el mundo para que el Señor le dirija por los caminos de la justicia, de la paz y de la salvación.

Nos impartiremos al final de la audiencia nuestra bendición apostólica para corroborar estos deseos y oraciones.


(A un grupo de estudiantes universitarios de Vietnam)

Sed bienvenidos, queridos estudiantes del Vietnam, que nos traéis con vuestra visita el eco vivo de un país que mucho amamos y cuyos méritos y necesidades conocemos lo suficiente, así como el alto grado de civilización y los sufrimientos, para aseguraros la estima, simpatía, la esperanza con que contemplamos vuestra historia y vuestro futuro.

Vuestra presencia nos invita a proponer a vuestra consideración un pensamiento, que ciertamente no es nuevo para vuestra alma, pero que siempre es fecundo y que, a nuestro parecer, no debe olvidarse en un encuentro como el presente, Y es éste.

Estáis en Roma, estáis en casa del Papa. Pues bien, no sois extraños aquí. Sois como amigos, como ciudadanos y, si tenéis la gran dicha de ser católicos, lo estáis como hijos y hermanos. Quisiéramos daros la impresión de esta amistad y de este parentesco espiritual recordándoos el carácter universal de la Iglesia que tiene su centro en esta ciudad, cuya misión es irradiar por todo el mundo su mensaje evangélico de fraternidad. Pensad en ello. Os percataréis de que estáis aquí en uno de los puntos más interesantes de la tierra y de su historia, porque el secreto de este lugar es la unidad. Y, si poseéis la f e, podemos deciros que aquí es donde hay que descubrir el misterio de la unidad.

Y el descubrimiento será tanto más maravilloso cuanto que os demostrará cómo esta vocación espiritual a la unidad se dirige tanto a vuestra noble nación cuanto a las demás, con esta propiedad esencial, que no ignora los derechos, méritos, aspectos, características de la nación mencionada, que no extingue el genio del pueblo al que se dirige, al contrario, lo honra, lo despierta, lo santifica, le da también conciencia de su misión y la fuerza interior para desarrollarse en formas culturales, sociales, artísticas, nuevas y siempre profundamente humanas y benéficas.

Cuanto os estamos diciendo con tan sencillas palabras no siempre se comprende sin algunos esfuerzos de reflexión y sin ayuda de algunas buenas inspiraciones de lo alto. Pero vosotros sois estudiantes, es decir, espíritus despiertos, siempre abiertos a la investigación de la verdad, por oculta y difícil que sea. Por esto esperamos que acogeréis con gusto nuestras palabras como una señal de consideración paternal y como un deseo de que progreséis en esta vida que es la vuestra, vida del pensamiento y del espíritu.

Con esta intención imploramos sobre todos vosotros la luz del Espíritu Santo y os impartimos a todos nuestra bendición apostólica.

 



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