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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LA UNIVERSIDAD GREGORIANA


Jueves 12 de marzo de 1964

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Con satisfacción hemos accedido a vuestro intenso deseo de manifestarnos en esta Universidad Gregoriana de estudios el testimonio de vuestra fidelidad y devoción; especialmente porque este encuentro solemne nos proporciona la ocasión, que hace tiempo ansiábamos, de recibiros, de veros y de hablaros.

Con consuelo paternal contemplamos ante nuestros ojos a nuestro venerable hermano José Pizzardo, gran canciller de esta Universidad Pontificia, y a quien agradecemos las nobles palabras que acaba de pronunciar, y así mismo podemos contemplar a un gran número de purpurados y al venerado Consejo de Profesores, que sabemos se dedican con diligentes esfuerzos a la sagrada instrucción de la juventud eclesiástica. Contemplamos también a los ilustres doctores de esta Universidad, insignes por su virtud y doctrina, a quienes nos es grato hacerles patente nuestro aprecio por su esfuerzo en provecho del cultivo y estudio de la sagrada doctrina. Más gratamente recreamos nuestra vista con esta alegre escuadra de la juventud estudiosa, formada no sólo por clérigos de la Urbe o de Italia, sino de Europa y de todo el orbe de la tierra. Al contemplarlos afanosos en el estudio, unidos íntimamente por la caridad, y con ardientes deseos de hacerse idóneos administradores de la gracia y de la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, se llena de gozo nuestro corazón por la maravillosa fecundidad de vida, con que florece la Universidad Gregoriana de estudios. Pues, en verdad, esta casa madre del estudio, desde su fundación, saliendo al paso con afán a las crecientes necesidades de la Iglesia, no ha dejado de ser en esta urbe el faro de la sabiduría cristiana.

Todo esto lo aprobamos, lo reconocemos y lo alabamos; y nos es grato poder dar por todo ello gracias a Dios Omnipotente.

Sin embargo, no pretendemos solamente ensalzar con alabanza vuestros méritos y virtudes, sino que también queremos manifestaros algunas cosas útiles para haceros patentes con qué ánimo mira el Vicario de Cristo a vuestra Universidad, y lo que de ella espera la Iglesia en nuestros tiempos.

En primer lugar nuestra principal preocupación es que tengáis presente la ley sagrada de mirar por la incolumidad de la doctrina en la educación del clero joven. Pues los Ateneos eclesiásticos Romanos, de los que el vuestro es el más antiguo, han sido fundados en esta alma urbe, para que, cerca de la Cátedra de Pedro, puedan percibir su voz y sus consejos más fielmente. Que permanezca intacto en vosotros el antiguo honor, por el que creemos muy dignos de premio vuestros trabajos, que de aquí partan vuestros alumnos plenamente empapados de esa fe romana que et Apóstol alabó (cf. Rm 1, 8) y de la que es preciso extraer las normas del actuar y del sentir católico.

¿Y cuándo hay que tener una doctrina como segura? En primer lugar, si consta, cuando sea plenamente concorde con la verdad. Confesamos, sin embargo, que esto no es siempre fácil de conseguir. Pues los investigadores, tratando de buscar la verdad, llegan a un punto de la investigación en el que se presenta la alternativa, más grave cuanto mayor es el ingenio que en ello emplean, cuanto más grave es el asunto que se investiga, y cuanto mayor importancia tiene la decisión que tomen, tanto en lo que se refiere al juicio sobre la verdad del problema como al método a seguir en ulteriores investigaciones, método que por esta razón habrá de tenerse como científico. Entonces puede suceder que el sabio declare verdadero lo que en realidad no lo es, pero que responde a su opinión, a su privada interpretación o a su habitual modo de entender; o puede declarar verdadero lo que en realidad concuerda con la verdad, pero que puede superar la luz y la fuerza de la inteligencia humana, y que de hecho las supere. Cuándo se trate de la palabra de Dios, ¿cómo se debe comportar el que se dedica a su estudio? ¿Debe conceder a la palabra de Dios inconmensurable amplitud y suprema verdad, o le es lícito forzar la palabra de Dios dentro de los límites de la mente humana para hacerla viable a su propia interpretación? El sabio que confiese que la palabra de Dios supera la naturaleza humana, y le reconozca la suprema autoridad y virtud, sin duda hay que tenerlo como católico. No sabemos si se puede decir lo mismo del hombre que actúe de otra forma; ciertamente no puede atribuírsele el nombre de sabio, ni tampoco el de fiel cristiano.

Por tanto, es patente la reverencia y obediencia que hay que dispensar al Magisterio de la Iglesia, que por institución divina tiene encomendada la tarea de custodiar fielmente e infaliblemente declarar el depósito de la fe (cfr. Con. Vat. Sess. III, c. 4). Lo cual en nada aminora la dignidad y prestancia de la doctrina sagrada. “Pues aunque la doctrina fundada en la autoridad humana sea muy débil; es muy eficaz la fundada en la autoridad de la revelación divina” (S. Thomas S. T. I., qu. 1, a. 8, ad 2). Por ello procuren con todo su esfuerzo, quienes tienen encomendada la tarea de enseñar, formar el espíritu de sus discípulos en esta reverencia para con el Magisterio de la Iglesia. Asimismo, examinen reverentemente el parecer de los doctores de la Iglesia, entre los que ocupa el primer lugar Santo Tomás de Aquino; pues es tan grande la fuerza de ingenio del Angélico Doctor, tan sincero su amor a la verdad y tan profunda su sabiduría en la investigación de las más altas verdades, en su ilustración y concatenación, que su doctrina es un instrumento muy eficaz no sólo para asegurar los fundamentos de la fe, sino también para experimentar útilmente y con seguridad los frutos de una sana evolución. Procuren también en los problemas actuales que plantea la evolución de la cultura, junto a sus diligentes investigaciones y a sus esfuerzos, equiparar, donde sea posible, la ciencia antigua a los nuevos descubrimientos de las disciplinas, procuren, decimos, volver con acendrado estudio a las fuentes genuinas de la sagrada doctrina, donde están encerrados los tesoros de verdad nunca inagotables.

En lo que se refiere al método de exposición de la sagrada doctrina, conservad diligentemente el método positivo y especulativo, que con la aprobación de la autoridad eclesiástica rige en las escuelas. Ambos tienen su utilidad y su importancia. Pues si el método positivo parece más de acuerdo con la índole de nuestros tiempos y puede proporcionar mucha utilidad, hay que evitar que sea en detrimento del otro método, cultivado con gran provecho de las ciencias sagradas por los teólogos de otros tiempos. Pues al método especulativo se debe la posibilidad de que los alumnos entre la enorme cantidad y diversidad de las disciplinas que hoy han de estudiar, perciban la gran unidad y coherencia de toda la doctrina sagrada, que tanto contribuye a su adecuada formación eclesiástica. Es conveniente, por tanto, que ambos métodos no se contrapongan en cierto sentido, sino que se completen y perfeccionen mutuamente.

Y para que cuente con los más preciosos frutos la educación eclesiástica debe procurar que sus alumnos sean sal de la tierra, luz del mundo y buenos maestros y guías del pueblo cristiano. Por tanto, que siempre encuentren en las enseñanzas doctrinales, que a lo largo del curso reciben, el alimento de su piedad y provecho espiritual. Que no suceda que los estudios teológicos ilustren la mente y no enciendan en cambio la caridad. Por ello nos place proponeros algunos consejos de San Buenaventura: “Nadie crea que le es suficiente lectura sin unción, especulación sin devoción, investigación sin admiración, el examen sin el gozo, el estudio sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el esfuerzo sin la gracia divina, la claridad sin la sabiduría inspirada por Dios... Ejercítate, pues, hombre de Dios, en el remordimiento de conciencia, antes de elevar tus ojos a los rayos que se reflejan en su espejo, no suceda que ofuscado por sus rayos vengas a caer en una fosa mayor de tinieblas” (Itinerarium mentis in Deum, n. 4).

Nos resta deciros algo sobre las relaciones que quisiéramos se dieran entre los Ateneos Romanos. Es ciertamente conveniente que conserve cada uno sus notas peculiares; sin embargo, aunque estén reglamentados magníficamente por una sabia y ordenada disciplina de estudios y múltiples instituciones, no podrán mirar por ellas mismas, como conviene, si se dedican a sus cosas, excluyendo en demasía todo lo demás, no atendiendo con la debida diligencia al curso de la vida eclesiástica, según se desarrolla aquí en Roma precisamente. Es nuestro deseo que estas casas de estudios sigan con diligente cuidado los acontecimientos de la Iglesia, especialmente, en la actualidad el Concilio Ecuménico; para que de esta forma los alumnos, ya en la flor de su edad, se acostumbren a participar activamente en la vida de la Iglesia. También deseamos ardientemente que entre los diversos Ateneos Romanos se anuden vínculos cada día más íntimos de concordia fraterna, y que se presten cada vez mayores ayudas y mutuas colaboraciones. Lo pide el bien de la Iglesia y el progreso de estos Institutos, pues la unión de fuerzas es más válida y eficaz para conseguir un propósito común.

Pero antes de concluir nuestras palabras queremos abriros de una forma especial nuestro corazón, queridos jóvenes. Emplead sabiamente el ansiado y singular beneficio de vuestra estancia en Roma. Habéis sido llamados por Dios para proporcionar a los hombres el camino del amor a Cristo. Procurad, por tanto, buscar en vuestros duros estudios el genuino espíritu de Cristo, que siempre brille en vuestra mente, en vuestra palabra y en vuestras actividades. Procedentes de las más diversas y apartadas regiones del orbe, todos con la misma fe, con la misma vocación, partícipes del mismo derecho en la Iglesia, aprended en esta urbe, cabeza de la cristiandad, a amar con todas vuestras fuerza a la Iglesia, madre nuestra amantísima, y a poner en ella una plena confianza. Y si queréis crecer en el amor a la Iglesia es conveniente que fomentéis la obediencia, el amor y la confianza hacia el Vicario de Cristo, aunque tengáis que contemplar tan excelsa autoridad en nuestra humilde persona, demostraréis reverencia y obediencia a Cristo a través de El; pues en El está presente Cristo. Por tanto, que reine entre Nos y vosotros el sentimiento que en la familia verdaderamente cristiana une al padre con los hijos y a los hijos con el padre, para que todos seáis una sola cosa unidos en la caridad de Cristo con el Sumo Pontífice. En esta hora gravísima en que la Iglesia católica, en período de Concilio Ecuménico, busca nuevos métodos y nuevos caminos para llevar de una forma más apta a todos el mensaje de Cristo, Nos, hijos queridos, contemplamos con acendrada esperanza y paternal consuelo vuestras apretadas escuadras. Pues vosotros, educados hoy bajo nuestra mirada, testigos de este magno acontecimiento de la Iglesia, seréis también nuestros diligentes colaboradores en vuestra patria para la puesta en práctica de los decretos del Sínodo Ecuménico. Continuad, pues, guiados por la sabia dirección de esta Universidad, recibiendo diligentemente la abundancia de sana doctrina y el cultivo espiritual digno de los sagrados ministros, que tanto exigen nuestros tiempos. Habéis tenido la suerte de educaros en el tiempo del Concilio Ecuménico; responded, pues, con piadoso fervor, a este preclaro don.

Fundados en esta esperanza invocamos copiosas gracias del Divino Redentor para esta casa madre de estudios, para que viva, crezca y florezca, para mayor gloria de Dios y honor y progreso de la Santa Madre Iglesia. Invocamos especialmente la luz sobrenatural para los que la gobiernan, para los que enseñan y para los que aprenden; y sea prenda de las gracias celestiales la bendición apostólica que a todos vosotros de corazón os impartimos en el Señor.



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