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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LAS CONFERENCIAS DE SAN VICENTE DE PAÚL


Lunes 9 de noviembre de 1964

 

Queridos hijos de las Conferencias de San Vicente Paúl,
y sobre todo vosotros los de nuestra diócesis de Roma:

Os saludamos con especial consideración y particular afecto, y con vosotros saludamos a cuantos están asociados en el espíritu y en la acción a vuestra benéfica y ejemplar actividad, vuestros asesores eclesiásticos, vuestros bienhechores, vuestros mantenedores, y no podemos separar vuestras personas de las de vuestros pobres, vuestros asistidos, nuestros beneficiados; saludamos, pues, paternalmente y bendecimos afectuosamente en estos momentos a toda esa varia y numerosa escuadra de hermanos, a los que os une vuestro propósito de caridad cristiana.

Queremos así destacar el título que nos da a nosotros y a vosotros la razón de esta audiencia: os recibimos como “amigos de los pobres”. ¡Qué título para nuestra benevolencia y admiración! Digamos más: ¡Qué título para nuestra solidaridad, aliento y apoyo cordial y real! Amigos de los pobres. Vosotros os apropiáis una calificación que Nos mismos desearíamos llevar y que siempre quisiéramos demostrar con la expresión de nuestros sentimientos y el ejercicio de nuestro ministerio: la amistad con nuestros semejantes necesitados es, precisamente, una característica que podríamos llamar obligación, instancia, virtud, estilo, confirmación del oficio pastoral; y el verla asumida en vosotros como propósito y programa de vuestra vida, nos proporciona un inmenso placer; y esto os acerca, a cuantos sois fieles al espíritu vicentino en corazón y en obras, a nuestro oficio apostólico, a nuestra persona y os inserta magníficamente en la circulación vital de la Santa Iglesia.

Sabéis que hoy se habla mucho de la “Iglesia de los pobres”; es ésta una consideración sobre la sociedad religiosa fundada por Cristo, plena de significado; bien entendida, nos lleva a los orígenes evangélicos de la Iglesia misma, al designio de Dios en orden a la salvación del mundo, al ejemplo inolvidable e inexpugnable de Cristo, pobre Él mismo, y mensajero para los pobres de su buena nueva, cuando recuerda y hace suyo el vaticinio de Isaías: “Se me envió a evangelizar a los pobres” (Lc 4, 18); y también cuando llama en primer término bienaventurados y destinados al reino de los cielos a los pobres de espíritu (cf. Mt 5,3); y cuando hace del hacer bien con toda suerte de desgraciados y desheredados la razón fundamental de nuestra salvación en el último juicio (Mt 25, 34 y sigs.).

Más aún, esta apología de la pobreza en la Iglesia, esta reivindicación de la pobreza como tesoro suyo, nos abre la fuente de una copiosa y vital espiritualidad que parece destinada a difundirse en la conciencia de los cristianos de nuestro tiempo: nos recuerda que el reino de Dios, esto es el don que Cristo trae al mundo para su salvación, no es un don de este mundo, no entra en la esfera de las cosas apetecibles de esta tierra, no es una riqueza temporal. Por tanto, desvía el centro de los deseos y esperanzas humanas, proyecta un destino humano superior y distinto del temporal, infunde en el hombre una esperanza “escatológica”, con esta triple consecuencia: primera, determina la verdadera escala de valores de la vida, y los valores económicos, que son tenidos como supremos por la gran mayoría de la humanidad, dejan de ser supremos y quedan subordinados a los valores superiores del espíritu y de la vida futura, reconquistan su dignidad y funcionalidad en el esfuerzo por su logro, y en el cálculo, para su empleo; de esta forma el espíritu de pobreza los desposee de su fatal poder de ilusión y los atempera en su trágica capacidad de hacer a los hombres enemigos mortales entre sí. La pobreza evangélica es humildad, paz, y también renuncia, que, sin embargo, en realidad, no empobrece el orden temporal y económico, ni debilita el trabajo y su prodigiosa organización, sino que lo humaniza y le infunde esa sabiduría que hace posible la inserción de las virtudes morales en el juego de los intereses materiales, sin paralizarlo; antes bien, haciéndolo más funcional y beneficioso.

Segunda consecuencia: el corazón humano se libera de la demasiado fácil esclavitud que los bienes de este mundo ejercen sobre él, desviando su noble y generoso curso de mil maneras; la pobreza evangélica es libertad interior de elevadísimo precio; se podría investigar en este sentido la fuente de la poesía franciscana, voz dedicada a las criaturas por estar liberada de las criaturas.

Y, finalmente, el discípulo de Cristo descubre en su severa escuela de pobreza una relación maravillosa entre la pobreza y la caridad; se podría decir de complementariedad, y no sólo porque la primera, la pobreza, necesite de ese gratuito, espontáneo y gentil socorro que llamamos caridad (es decir, la virtud de la caridad en su ejercicio externo y benéfico), sino también porque quien ama está a la búsqueda de quien pueda recibir los signos externos de su amor; es decir, la caridad necesita la pobreza para desarrollar la energía de bien que le es propia,

¿No son éstos vuestros pensamientos, carísimos hijos? ¿No se nutre de esta sabiduría vuestra benéfica actividad? Sabemos que es el objeto continuo de vuestras meditaciones, reuniones y “conferencias”. Son estos pensamientos los que os hacen amigos de los pobres; traéis a la vida cristiana su idea original, esencial y perennemente fecunda: trabajáis para dar al Evangelio actualización, para honrarlo con el testimonio que lo hace socialmente vivo, ejemplar, insustituible. Recordáis, más con el ejemplo que con las palabras, esa eminente dignidad del pobre, que afirma en él el sentido de su indestructible personalidad, y de esta forma establecéis uno de los principios de la sociología cristiana, podríamos decir, de la política moderna; y esto sin demagogia, sin retórica, sin diletantismo filantrópico, sino con un humilde y auténtico realismo, con animoso acercamiento al semejante convertido en tan desemejante por su propia indigencia. Instauráis una pedagogía de primer orden: la educación de apertura a la escena social, a las desgracias persistentes, corrientes y renacientes de nuestra sociedad; la educación en la solidaridad con quien sufre y está falto de muchas cosas, con frecuencia necesarias; la educación en el ejercicio personal, directo, no delegado, ni tampoco puramente pensado y declamado, del hacer bien; la educación en el sacrificio del bolsillo, del tiempo, de los gustos, para dar expresión, con alguna forma concreta y eficaz, a los sentimientos y a las promesas; en una palabra, la educación verdaderamente cristiana. Este es un mérito pedagógico de vuestra actividad, que si no tuviere otro, la justificaría y ennoblecería, y nos haría sin más desear que se conserve y se extienda especialmente en nuestras escuelas, en nuestras asociaciones, en las filas, en suma, de nuestra juventud.

¿Se podrá decir que la eficacia bienhechora de las Conferencias de San Vicente Paúl es muy limitada? Sí; pero las estadísticas están ahí para decir también que sus límites son gloriosos, como los de la beneficencia humilde y privada, y como aquellos que las cifras atestiguan como justamente notables y en continua ampliación, ¿Se podrá decir que el método de esta beneficencia es anticuado y ya superado por otros métodos fundados en vastas, complejas y públicas organizaciones, sostenidas por experiencias científicas de todo género? Nos lo llamaríamos antiguo más que anticuado, viendo en su ya secular perseverancia no un signo de vejez, sino más bien un título de honor y una prueba que convalida su bondad; y no quisiéramos comparar vuestro método, con propósito de antagonismo, con el magno y meritorio esfuerzo de la asistencia pública, que nuestra sociedad lleva a cabo en beneficio de toda clase de necesitados. Nos es suficiente destacar que este método fue la vanguardia y el estímulo para el desarrollo de los programas modernos asistenciales y que conserva su valor original de primer orden: el de hacer el bien cumplida, espontáneamente, directamente, personalmente, cordialmente por amor a Dios, por amor al prójimo; cosa humilde vuestra actividad, pero incomparablemente preciosa.

No podemos silenciar otro mérito de las Conferencias de San Vicente, un mérito al que su valeroso fundador, Federico Ozanam, tendía expresamente: el de la apología de la fe católica. Este gran estudioso —porque así lo fue— se había prefijado al comienzo de su carrera científica dar “una demostración de la religión católica por medio de la antigüedad de las creencias históricas, religiosas y morales”; y verdaderamente algunos estudios suyos históricos y literarios dejan transparentar, en su rigor científico, un cálido amor a la verdad católica; pero su obra quedó incompleta (Ozanam murió a los cuarenta años), y aunque dejó una gloriosa memoria de sí, no sobrepasó los confines académicos; otra obra suya, no escolar, sino caritativa, vosotros lo sabéis, permaneció, sin embargo, demostrando esa verdad, y se dilató y convirtió en la que nosotros hoy contemplamos y celebramos, en un gran testimonio del catolicismo viviente: son vuestras Conferencias de San Vicente. La caridad fue prueba de la verdad. Y es lo que todavía seguimos viendo. El ejercicio del amor al prójimo, realizado con las formas y el espíritu de las Conferencias de San Vicente, es hoy todavía un argumento convincente de la verdad del Evangelio, actuada en el catolicismo, tanto para el crítico, que mira desde fuera, y que para comprender el fenómeno que vosotros representáis ha de atribuir su razón íntima a la misteriosa vitalidad religiosa que anima vuestra obra silenciosa y amorosa, como para aquel al que se dirigen vuestros pasos, y al que no le dais el calificativo de pobre, sino de amigo y de hermano. Bajo este último aspecto las cosas cambian hoy mucho, y la psicología de quien realiza y recibe la asistencia caritativa es muy distinta de la de otros tiempos; de igual manera que las formas de esta asistencia requieren las adaptaciones conforme a las condiciones presentes sociales. Pero el espíritu sigue en pie, como sigue en pie el interés fraterno, el gesto que da sin humillar permanece, el acercamiento a las familias indigentes y a las personas necesitadas permanece, la amistad entre individuos socialmente distintas permanece, el propósito de poner remedio a tantos sufrimientos humanos permanece, la esperanza en la justicia y en la bondad permanece, y permanece la caridad.

He aquí, queridos hijos, por qué estamos muy consolados y admiramos vuestra actividad vicentina; por qué de corazón os alentamos a perseverar y a crecer en número y fervor, a inventar nuevas providencias para las nuevas necesidades; he aquí por qué, invocando sobre vosotros el Espíritu del Señor, que hace sensibles a las necesidades de los hermanos e idóneos para prestarles ayuda, os bendecimos a todos con gran afecto.

 



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