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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DE UNA JORNADA DE ESTUDIO
SOBRE EL DIÁLOGO ENTRE CULTURAS Y RELIGIONES

 

Al señor cardenal
Jean-Louis Tauran
Presidente del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso
y al arzobispo
Gianfranco Ravasi
Presidente del Consejo pontificio para la cultura

Ante todo deseo expresar viva satisfacción por la iniciativa conjunta del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso y del Consejo pontificio para la cultura, que han querido organizar una Jornada de estudio dedicada al tema:  "Culturas y religiones en diálogo", como participación de la Santa Sede en la iniciativa de la Unión europea, aprobada en diciembre de 2006, de declarar el año 2008 como "Año europeo del diálogo intercultural".

Saludo cordialmente, junto con los presidentes de los Consejos pontificios mencionados, a los señores cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado, a los excelentísimos miembros del Cuerpo diplomático acreditados ante la Santa Sede, así como a los representantes de las distintas religiones y a todos los participantes en este significativo encuentro.

Ya desde hace muchos años Europa ha tomado conciencia de su sustancial unidad cultural, no obstante la constelación de culturas nacionales que han modelado su rostro. Conviene subrayarlo:  la Europa contemporánea, que se asoma al tercer milenio, es fruto de dos milenios de civilización. Hunde sus raíces tanto en el ingente y antiguo patrimonio de Atenas y de Roma, como, sobre todo, en el fecundo terreno del cristianismo, que se ha revelado capaz de crear nuevos patrimonios culturales, aun recibiendo la contribución original de cada civilización.

El nuevo humanismo, surgido de la difusión del mensaje evangélico, exalta todos los elementos dignos de la persona humana y de su vocación trascendente, purificándolos de las escorias que ofuscan el auténtico rostro del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Así, Europa se nos presenta hoy como un precioso tejido, cuya trama está formada por los principios y los valores surgidos del Evangelio, mientras que las culturas nacionales han sabido bordar una inmensa variedad de perspectivas que manifiestan las capacidades religiosas, intelectuales, técnicas, científicas y artísticas del Homo europeus. En este sentido, podemos afirmar que Europa ha ejercido y sigue ejerciendo todavía una influencia cultural sobre la totalidad del género humano, y no puede menos de sentirse particularmente responsable no sólo de su propio futuro, sino también del de la humanidad entera.

En el contexto actual, en el que cada vez con mayor frecuencia nuestros contemporáneos se plantean los interrogantes esenciales sobre el sentido de la vida y sobre su valor, es más importante que nunca reflexionar sobre las antiguas raíces de las que ha fluido una savia abundante a lo largo de los siglos. Por eso, el tema del diálogo intercultural e interreligioso se presenta como una prioridad para la Unión europea e interesa de modo transversal a los sectores de la cultura y la comunicación, la educación y la ciencia, las migraciones y las minorías, hasta llegar a los sectores de la juventud y el trabajo.

Una vez acogida la diversidad como dato positivo, es necesario hacer que las personas no sólo acepten la existencia de la cultura del otro, sino que también deseen enriquecerse gracias a ella. Mi predecesor el siervo de Dios Pablo VI, dirigiéndose a los católicos, enunció su profunda convicción con estas palabras:  "La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio" (Ecclesiam suam, 67). Vivimos en lo que se suele llamar un "mundo pluralista", caracterizado por la rapidez de las comunicaciones, por la movilidad de los pueblos y por su interdependencia económica, política y cultural. Precisamente en esta hora, a veces dramática, aunque por desgracia muchos europeos parecen ignorar las raíces cristianas de Europa, estas están vivas y deberían trazar el camino y alimentar la esperanza de millones de ciudadanos que comparten los mismos valores.

Por consiguiente, los creyentes deben estar siempre dispuestos a promover iniciativas de diálogo intercultural e interreligioso, para estimular la colaboración en temas de interés recíproco, como la dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común, la construcción de la paz y el desarrollo. A este propósito, la Santa Sede ha querido dar un relieve particular a su participación en el diálogo de alto nivel sobre el entendimiento entre las religiones y las culturas, y sobre la cooperación para la paz, en el marco de la 62ª Asamblea general de las Naciones Unidas (4-5 de octubre de 2007). Ese diálogo, para ser auténtico, no debe ceder al relativismo y al sincretismo, y debe estar animado por el respeto sincero a los demás y por un generoso espíritu de reconciliación y fraternidad.

Animo a cuantos se dedican a la construcción de una Europa acogedora, solidaria y cada vez más fiel a sus raíces; y, en particular, exhorto a los creyentes no sólo a que contribuyan a conservar celosamente la herencia cultural y espiritual que los caracteriza y que forma parte integrante de su historia, sino también a que se comprometan aún más a buscar nuevos caminos para afrontar de forma adecuada los grandes desafíos que marcan la época posmoderna. Entre estas, me limito a citar la defensa de la vida del hombre en todas sus fases, la tutela de todos los derechos de la persona y de la familia, la construcción de un mundo justo y solidario, el respeto de la creación y el diálogo intercultural e interreligioso. En esta perspectiva, hago votos por el éxito de la Jornada de estudio programada e invoco sobre todos los participantes la abundancia de las bendiciones de Dios.

Vaticano, 3 de diciembre de 2008

  



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