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MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA 60ª ASAMBLEA GENERAL
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA

 

Al venerado hermano
Señor cardenal
Angelo Bagnasco
Presidente de la Conferencia episcopal italiana

Con ocasión de los trabajos de la 60ª asamblea general de la Conferencia episcopal italiana, me es particularmente grato enviarle mi afectuoso saludo a usted, al secretario de la Conferencia y a todos los pastores de la Iglesia que está en Italia, reunidos en Asís, cuidad símbolo de la vida cristiana vivida "según la forma" del Evangelio, encarnada en la existencia de san Francisco y santa Clara, que siguen ejerciendo en Italia y en el mundo una irresistible fascinación espiritual. Idealmente presente, expreso a todos mi cercanía espiritual, conociendo bien el celo con que vosotros, venerados y queridos hermanos, actuáis diariamente al servicio de las comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral. En los viajes apostólicos que voy realizando a las diócesis italianas, como también en otras ocasiones que me ponen en contacto con la amada Iglesia que está en Italia, encuentro comunidades vivas, firmes en su unión con el Sucesor de Pedro y en la comunión recíproca.

Por esto, "continuamente doy gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones" (Ef 1, 16), junto con los presbíteros, vuestros primeros colaboradores en los trabajos apostólicos, así como con los diáconos, los religiosos y las religiosas, y los fieles laicos que comparten vuestra alegría y vuestra responsabilidad de testigos de Cristo en cada ámbito de la sociedad italiana. Estoy seguro de que estos encuentros periódicos alimentan vuestra recíproca cooperación, indispensable para realizar el mandato, que caracteriza vuestra acción apostólica, de incrementar en el pueblo cristiano la fe, la esperanza y la caridad; de alimentar las relaciones con las demás comunidades religiosas y las autoridades civiles; de fomentar la presencia de la levadura del Evangelio en la cultura y en el tejido de la sociedad italiana; de proteger la vida humana; de promover la paz y la justicia; y de defender la creación. El intercambio y la fraternidad que caracterizan los trabajos de vuestra asamblea dan fuerza y vivacidad al compromiso común por la única Iglesia de Cristo y por el crecimiento del tejido humano de la sociedad.

Han transcurrido pocos meses desde nuestro encuentro con ocasión de la asamblea general celebrada en mayo, durante la cual se señaló que la educación ha de constituir la perspectiva de fondo de las orientaciones pastorales para la próxima década. La emergencia educativa es un signo de los tiempos que impulsa a toda Italia a poner la formación de las nuevas generaciones en el centro de la atención y del compromiso de cada uno, según las respectivas responsabilidades y en el marco de una amplia convergencia de propósitos.

Como recordé en mi intervención del pasado 28 de mayo, la educación es "una exigencia constitutiva y permanente de la vida de la Iglesia" y se sitúa en el corazón de su misión, orientada a lograr que cada persona pueda encontrar y seguir al Señor Jesús, Camino que conduce a la autenticidad del amor, Verdad que nos sale al encuentro y Vida del mundo. El desafío educativo afecta a todos los sectores de la Iglesia y exige que se afronten con decisión las grandes cuestiones de nuestro tiempo:  la relativa a la naturaleza del hombre y a su dignidad —elemento decisivo para una formación completa de la persona— y la "cuestión de Dios", que parece muy urgente en nuestra época.

Quiero recordar, al respecto, lo que dije el pasado 24 de julio durante la celebración de las Vísperas en la catedral de Aosta:  "Si la relación fundamental —la relación con Dios— no está viva, si no se vive, tampoco las demás relaciones pueden encontrar su justa forma. Pero esto vale también para la sociedad, para la humanidad como tal. También aquí, si falta Dios, si se prescinde de Dios, si Dios está ausente, falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones a fin de hallar el camino, la orientación que conviene seguir. ¡Dios! Debemos llevar de nuevo a este mundo nuestro la realidad de Dios, darlo a conocer y hacerlo presente" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de julio de 2009, p. 3).

Para que esto se realice, queridos hermanos obispos, es necesario que nosotros en primer lugar, con todo nuestro ser, seamos adoración viviente, don que transforma el mundo y lo restituye a Dios. Este es el mensaje profundo del Año sacerdotal, que constituye una ocasión extraordinaria para ir al corazón del ministerio ordenado, reconduciendo a la unidad, en cada sacerdote, la identidad y la misión. Me alegra constatar que en vuestras diócesis esta propuesta especial está generando numerosas iniciativas, sobre todo de carácter espiritual y vocacional, y contribuye a iluminar el camino de santidad trazado en el tiempo por tantos obispos y presbíteros italianos. La historia de Italia es también la historia de una innumerable multitud de sacerdotes, que se inclinaron sobre las heridas de una humanidad extraviada y sufriente, haciendo de sí mismos una ofrenda de salvación. Espero que recojáis abundantes frutos de esta oración y meditación común sobre el don del sacerdocio, que ha brotado del corazón de Cristo para la salvación del mundo.

Otro tema al que se dedicará amplio espacio en los trabajos de vuestra asamblea es la "cuestión meridional". Veinte años después de la publicación del documento "Sviluppo nella solidarietà. Chiesa italiana e Mezzogiorno", sentís la necesidad de dar voz y haceros cargo de las exigencias de un país que sólo crecerá con la colaboración de todos. En las tierras del sur la presencia de la Iglesia es germen de renovación personal y social, y de desarrollo integral. Que el Señor bendiga los esfuerzos de quienes trabajan, con la tenaz fuerza del bien, para la transformación de las conciencias y la defensa de la verdad del hombre y de la sociedad.

En el curso de vuestra asamblea se examinará, además, la nueva edición italiana del Rito de exequias, que responde a la necesidad de conjugar la fidelidad al original latino con las oportunas adaptaciones a la situación nacional, aprovechando la experiencia madurada tras el concilio Vaticano II, teniendo muy presente el nuevo contexto sociocultural y las exigencias de la nueva evangelización. El momento de las exequias constituye una ocasión importante para anunciar el Evangelio de la esperanza y manifestar la maternidad de la Iglesia. El Dios que "vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos", es quien "enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto ni gritos ni fatigas" (Ap 21, 4). En una cultura que tiende a eliminar el pensamiento de la muerte, cuando incluso no deja de exorcizarla reduciéndola a espectáculo o transformándola en un derecho, es deber de los creyentes proyectar sobre este misterio la luz de la revelación cristiana, seguros de que "el amor puede llegar hasta el más allá, que es posible un recíproco dar y recibir, en el que permanecemos unidos unos a otros con vínculos de afecto" (cf. Spe salvi, 48).

Señor cardenal y venerados hermanos en el episcopado, hace cincuenta años, al término del XVI Congreso eucarístico nacional y tras una extraordinaria Peregrinatio Mariae, los obispos italianos quisieron consagrar a Italia al Corazón Inmaculado de María. Vais a renovar la memoria de ese acto tan significativo y fecundo, confirmando el particularísimo vínculo de afecto y devoción que une al pueblo italiano a la celestial Madre del Señor. De buen grado me uno a este recuerdo, encomendando los trabajos de vuestra asamblea, la Iglesia que está en Italia y la nación entera, a la materna protección de la Virgen María, Reina de los ángeles e imagen purísima de la Iglesia. Invoco su intercesión, con las de san Francisco y santa Clara de Asís, y de todos los santos y santas de la tierra italiana. Con estos sentimientos imparto de corazón a usted, a los obispos, a sus colaboradores y a todos los presentes la bendición apostólica.

Vaticano, 4 de noviembre de 2009

 

BENEDICTO PP. XVI

  



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